Siempre tengo hambre —dice Serafo y toma otra tajada de la rosca del Día de Reyes.
—Se te subirá el azúcar, padre —le digo. Se hace el sordo. De los que no oyen, pero bien que componen:
—Tocan a la puerta, padre.
—¿Quién está muerta?
—Que tocan a la puerta…
—No, aquí no hay huerta. En el rancho sí teníamos, con duraznos, nopales, higos, ciruelas. El naranjo nunca rindió y mi apá lo tumbó, ¿quieres otra rebanadita de rosca? Poco veneno no mata…
—Ya lleva tres rebanadas y dos tazas de chocolate, se le va a subir el azúcar —insisto.
Hará tres meses que Serafo estuvo en coma diabético. La libró. Pero al menor descuido rompe la dieta: se pone a barrer el patio; sale a la calle, barre la banqueta y cuando menos espera uno ya tocan a la puerta.
—¡Don Sera ya les ganooó! Lo vi echándose unos taquitos de carnitas en el mercado, y luego pasó por una bolsa de churros. ¡Don Sera ya les ganooó! —es Carmelita quien avisa, vengativa, como una niña maldosa.
Serafo sabe quién va y viene con el chisme. Pero no dice “esta boca es mía”. Sigue tratando con amabilidad a la vecina, le ayuda con la bolsa cuando retorna del mercado. Sabe que ella se molesta, pero insiste en agarrarle la mano y no soltarla hasta que la anciana se jalonea y amenaza:
—Deje que lo sepa mi marido y verá qué buena zarandeada le da.
—¿Buena zarandeada me da? ¡Nos la damos! ¡Ya estaría de Dios! ¿Para qué aguantarse las ganas? Tiene la piel suavecita, Carmelita. ¿Gusta un churrito? Ándele, con confianza, que uno no es ninguno.
—A ver si dice eso cuando le suba la presión, el azúcar… Póngase a dieta y deje de malorear a las casadas… Y deme la bolsa, que ya llegamos.
—De todos modos de algo se ha de morir uno, ¿a poco no? Hambres pasé de niño, porque mi madrastra me daba tortillas duras que ni los perros se comían, y caldo sin carne; de la olla de frijoles, nomás el agua oscura-oscura, desabrida. Ora que hay, no quieren que coma: ¿pus qué hice en la vida que siempre debo estar con hambre, hombre?
—No hizo nada, nomás que su páncreas no funciona como debiera. Cuídese, no ande de comesolo —dice Carmelita.
Serafo no entiende. Extrae un muñeco de la rebanada de rosca y le da una mordida más. Alrededor, sus nietos juegan, los perros corretean.
—Cuando llegué a la ciudá pasé hambres: no sabía leer, ni escribir. Mi apá nunca consideró que debía mandarme a la escuela, cuantimenos mi madrastra, para quien solo era una bestia de carga o un animal a quien podía dar de garrotazos cada que se le antojara o cuando estuviera de mal humor —repite por enésima vez la historia de su vida al lado de esa mujer—. Era mala, muy mala. Por eso todos los hijos que traía se le morían, y eso la hacía hervir de coraje contra mí: eres el demonio, me decía: cómo es que atiendo a mis chiquitos y Dios me los recoge. Y a ti, que ni de tragar mereces, aquí te tiene; eso no es justo Diosito, decía la jija... ¿Crees que es justo que se le niegue el bocado a un chamaco?
—Pues si come como usted cada que uno se descuida, sí —bromeo—. Cualquier hospicio se iría a la quiebra con usted: siempre está moviendo bigote, no tiene llenadera. Al rato todos estaremos diabéticos, gracias a los sustos que nos hace pasar. Puede comer de todo, de a poquito. Pero no: ahí está duro y dale al pan, a las tostadas, al chocolate, a los churros, a los taquitos de suadero, a los trozotes de chicharrón.
—¿Pus qué no la comida la hicieron para comerla? Eso entiendo yo, no sé tú que eres estudiado: porque te mandé a la escuela, espero hayas aprovechado. Porque para que tuvieran escuela nos rajamos el lomo tu mamá y yo, y también pasamos hambres para que nada le faltara a los que quisieron ir a la escuela. Siempre hubo privaciones, hasta que comenzaron a trabajar y a ayudarme. Eso se agradece, cómo de que no.
—Se agradece —lo remedé en son de broma—. ¿Es de agradecerse que ande por la calle pidiendo que le den un taco, una golosina, diciendo que sus hijos no le dan de comer? ¿Eso es de agradecerse, que le diga a los vecinos que le quitamos el dinero de su pensión y que lo tenemos muerto de hambre? Usted sí que se pasa, padre. Si no lo tomáramos a chanza, lo encerrábamos, porque por sus decires puede traernos problemas con la ley, no hay que ser…
—¿No hay que ser qué? —se encabrita Serafo, e insiste—: ¿A poco no me requisan el dinero de la pensión? ¿A poco no me cuentan las tortillas, todo lo que me como? ¿No hasta la sal me niegan? No se me hace justo, si se quedan con lo de mi pensión. No es que sea fijado, no, pero creo que nada de lo que me dan es de gratis.
—Queremos que se cuide para que nos dure más, padre —intento que no estalle su ira, su malestar por el rigor de la dieta que los médicos le han impuesto a él, que siempre fue de buen comer: aunque fueran frijoles o papas cocidas y tortillas con salsa, nunca nos quedamos sin comer—. Y se agradece, padre. Pero le damos lo que es bueno para el control de su diabetes.
—¿Qué bueno ha de tener que no comas lo que el cuerpo pide? El cuerpo sabe lo que necesita, y exige. Cuando niño pasé hambre gracias a la jija de mi madrastra. Tenía que robarme el queso y comerlo entre los sembradíos, con tortillas frías que me daban los parientes de mi finada madre, quienes me animaron a irme del rancho porque aunque trabajara con mi apá, ni un quinto me daba de las cosechas. Las hermanas de mi difunta madre me regalaron una vaquita ya preñada, y tuvo su becerrito. Ya estando en la ciudá le mandé decir a mi apá que la vendiera y me mandara el dinero para sostenerme mientras hallaba en qué ocuparme, ¿y no me contestó que ya tiempo hacía los había vendido a los animalitos, porque no le dejé nada para mantenerlos? Eso no es darle apoyo al hijo único de su primer mujer. Ya casado y con hijos vienen más limitaciones; porque es fácil traer chamacos al mundo, lo difícil es mantenernos y darles escuela. Y eso lo deja a uno con hambre, hay que apretarse el cincho. En la vejez, ahora que ya todos ustedes tienen para mantenerme, les salgo barato porque el páncreas mío no puede contra los azúcares. Uno se muere y siempre con hambre. No me parece que si ahorita nadie quiere ya rosca, ni chocolate, ni tostadas, nomás se estén mosqueando. ¿Qué: vale que los gusanos se coman lo que es para los humanos? Mucha necesidad hay en el mundo para dejar que eso suceda.
Serafo siempre tiene una respuesta para todo. Y alega, alega y ¡alégale! Lo solapo cuando duerme en mi casa, un fin de semana de cada mes. El viernes en la noche paso por él. Le gusta el ambiente semirrural de las afueras de la ciudad, el verdor del campo, la subida al cerro. Curiosea las plantas, la identifica: este es romero, este es tomillo, cuidado con aquella, que es ortiga y enroña. El sábado nos acompaña al tianguis y le ofrezco ya un mixiote, una nieve de limón, un tepache; le encantan los elotes asados, con sal y limón. El rostro se le desarruga, lleno de contento. Y platica y platica acerca de su vida en el rancho y de por qué nunca le gustó la ciudad. No fuma, pero luego de garnachear le ofrezco un cigarro y repite esa frase con la que siempre acepta:
—Pus nos lo echamos —dice Serafo—. Ora qué ofrecen, porque no siempre hay...
*Escritor. Cronista de "Neza".