Padilla cervantista

El libro 'Los demonios de Cervantes' es un sugerente, polémico y novedoso acercamiento al universo cervantino en tanto la dualidad de demonio y ángel: ¿no es el primero un ángel caído, a final de cuentas?

Ignacio Padilla, 'Los demonios de Cervantes', FCE, México, 2016, 248 pp.
México /

Al flanco de sus creaciones narrativas, destacadamente cuentísticas, Ignacio Padilla (1968-2016) legó a la literatura un corpus ensayístico de alto vuelo que fija su mirada en la obra cumbre de las letras en nuestro idioma, la cervantina.

Su prematura muerte el pasado 20 de agosto en un percance carretero, detuvo al que sería, en unos cuantos años, uno de los más grandes lectores y divulgadores de Cervantes de los últimos tiempos. Perfil de alta consideración si recordamos a otros categóricos cervantistas de diferentes épocas.

Pese a la dolorosa pérdida de un hombre vital, permanecen al alcance del lector tres títulos fundamentales para el entendimiento de obra y autor, y que incorporan estructuras de observaciones y estudios posteriores a ese lejano 1605, cuando se publicó el Quijote.

Estos son El diablo y Cervantes (2005), Cervantes en los Infiernos (2011) y Los demonios de Cervantes, “dolorosamente póstumo” el último, como bien advierte su casa editora, el Fondo de Cultura Económica.

Dividido en cinco tratados, Los demonios… es un sugerente, polémico y novedoso acercamiento al universo cervantino en tanto la dualidad de demonio y ángel: ¿no es el primero un ángel caído, a final de cuentas?

Desde esa perspectiva, Padilla relaciona lo cervantino con el inframundo, el ultramundo, el teatro del mundo, la lengua y el fin del mundo, sobrado de erudición y con misceláneas conexiones a obras que apuntan a un cabal entendimiento en el devenir histórico. Referentes que incluyen sin temor muchas corrientes de pensamiento, incluido Freud. (De fina prosa, habrá que subrayar también).

Padilla amalgama así autor y personaje: Cervantes-Quijote.

“Su alcoholismo, su ludopatía, su misantropía, su ineptitud para el trato amable y la diplomacia, su bifrontismo religioso, su rencor, su estoica preferencia por los perros, en fin, sus trastornos obsesivos compulsivos, sus reincidencias en prisión, don Quijote, que es idéntico y distinto de él.

“Su obra, a fin de cuentas —abunda el ensayista—, son sus demonios, y en ese sentido él es su criatura y al mismo tiempo es sus encantadores; es sus duques, sus clérigos, la sociedad que condena y maltrata a don Quijote y a Sancho; es el protagonista de un mundo condenado en el Quijote y redimido más tarde en Persiles”.

Convencido de que innovaciones y revoluciones surgen de “gestos e instantes mínimos”, Padilla leyó y releyó a Cervantes. Sin descanso y sin cansarse, me parece. Y fue así como descubrió “un ser fieramente humano, tan atormentado por sus demonios y tan contradictorio como la época que le tocó vivir. Una época que, por lo demás, no es muy distinta de la que hoy vivimos”.

En el recuento editorial de un año (cervantista), al empezar uno nuevo, cómo no responder a la invitación de Padilla.

Leer a Cervantes.

Como él.

Durante décadas en que “se han derrumbado muros que se pensaban imbatibles y torres que se creían intocables, y se han levantado otros muros y otras torres mientras se cometían atrocidades de las que nadie quiso hablar y otras de las que no queda más remedio que escribir poesía porque nadie es una isla y la muerte de cada hombre nos disminuye todavía”.

  • Mauricio Flores
  • mauflos@gmail.com
  • Periodista, estudió Ciencia Política y Administración Pública en la UNAM

LAS MÁS VISTAS