Llámese como se llame —Ciudad de México o Distrito Federal— esta vasta planicie en la que nos tocó vivir continúa siendo “un territorio acosado por toda clase de fuerzas oscuras”. Desde el porfiriato y hasta nuestros días, incluso antes, en el recuerdo las grandes novelas de Vicente Riva Palacio.
Es en esta “urbe tan monstruosa” donde Jordi Soler (Veracruz, 1963) ubica al comandante Emiliano Conejero, policía cincuentón —en apariencia un personaje neoyorquino de los años cuarenta— a quien se le asigna la tarea de atrapar a un asesino, prontamente serial, ya conocido como el psicópata de la media azul.
Así es como Soler se abraza al género policiaco, luego de recorrer el camino de la novela recreando los avatares del exilio español en México y temas tan diferentes como los peregrinajes de Antonin Artaud y el mundo de la música.
A ¡Pinches jipis! —que en estos días llega a librerías— habrá que incluirla desde ya en este canon otrora desconsiderado y en permanente desarrollo.
“Cabrón a la medida de la ciudad más caótica del mundo”, el personaje de Soler reproduce de manera exacta —con frescura, buena prosa y algo de hilaridad— el perfil del investigador mexicano contemporáneo. Entidad que se niega a desaparecer de nuestras tristes realidades, y recogida desde novelas como El complot mongol, de Rafael Bernal, hace más de cuatro décadas.
No en balde los guiños de Soler justo a esa novela, en la que Filiberto García recorre esta misma ciudad pincheando a todos y a todo a diestra y siniestra en la caza de otro asesino.
“¡Pinche velorio! ¡Pinche soledad!”, cierra El complot… “¡Pinches jipis. Todo el día en el peace and love mientras yo estoy aquí esperando el siguiente cadáver”, comienza la nueva novela de Soler.
También como Filiberto —alcoholizándose a lingotazos de güisqui Cutty Sark— Conejero recorrerá su ciudad, en un “vetusto Galaxy”, sacando de la guantera un puñado de esos artefactos en desuso llamados casetes, es decir, Jethro Tull, Ten Years After, Santana, Wings, Metallica e Iggy Pop. Hasta que el adolescente Macabeo, hijo del comandante, se incorpora a las pesquisa y caza del estrangulador y le propone escuchar a Bruno Mars.
(“—Hueles a tabaco y a whisky”, le dice su novia Julia Gis al Conejero. “—Huelo a comandante de la policía”, le responde no sin algo de culpa y remordimiento en su gesto, dos cosas que si alguno de sus subalternos hubiera logrado percibir, seguro “le habría perdido inmediatamente el respeto”).
Con la Vacota, el Tapir, el Tucumano, el Espectro y el dilema de su relación sentimental y paternal irresueltas, Conejero emprende una investigación poco científica —Condesa, Plaza Coyoacán, Sanbors— en busca de una escena para satisfacer los deseos de noticias de “una ciudad entera”. Alentados desde la influencia que cualquier empresario con pocos escrúpulos (Tito Brito) puede tener con un micrófono en la mano y una frecuencia radiofónica en su poder.
Soler (también habitante de esta página de Milenio todos los lunes con su Melancolía de la Resistencia) tiene ya una buena policiaca en su haber novelístico, y con un final del tipo del de Bocafloja, la que publicó en el lejano 1994.
ASS