Plagio en redes sociales

Ambos mundos.

Plagio en redes sociales.
Santiago Gamboa
Ciudad de México /

Leo en la prensa que una escritora norteamericana, Olga Lexell, ganó una batalla legal a favor del respeto del copyright en Twitter, algo que hasta ahora no existía pero que sin duda hacía falta, como en todos los demás medios. Le ocurrió lo mismo que a muchos twitteros: sus frases ingeniosas o humorísticas, en lugar de ser re–twitteadas por otros respetando el origen o reproducidas con su nombre como en cualquier cita, eran copiadas y devueltas a la red, como si fueran inspiración original del twittero que las copió.

No tengo una cuenta de Twitter por motivos que no vienen al caso, pero lo que sí hago es entrar bajo seudónimo para ver reacciones de lectores a trabajos míos, o para seguir a jóvenes marginales y conocer algo de sus vidas. En estas expediciones encuentro a menudo una frase asociada a mí o como si fuera mía que me hace sentir culpable, aunque yo nunca la haya copiado. La frase en cuestión dice: “Los errores de ortografía son el mal aliento de la escritura”. Los twitteros que la repiten la copian de quien la lanzó y ponen mi nombre abajo, pero sucede que esa frase no es mía sino de Héctor Abad.

La historia de este malentendido es muy sencilla: hace cinco años, en una presentación en Caracas, la dije ante un auditorio al responder a una pregunta. Por supuesto cité a su autor, pero alguien del público, no sé si por espacio o porque no escuchó bien, la reprodujo solo con mi nombre. Tal vez le pareció demasiado largo poner “Santiago Gamboa citando a Héctor Abad”. Lo cierto es que desde ese día circula por Twitter como mía, y como es tan buena se repite una y otra vez, haciéndome sentir que, de modo involuntario, estoy incurriendo en una suerte de plagio. Entre Héctor y yo se ha vuelto una broma, pero es incómodo. Por eso al ver que la escritora Lexell logró que Twitter cancele los trinos que la plagian, pensé que tal vez ya había un medio para cortar de raíz este asunto.

Esta situación me recordó otra, en el año 2006, cuando alguien me acusó de plagio, pues en una columna mía que circulaba de correo en correo —“Las mujeres de mi generación”— alguien tuvo la ocurrencia de agregar unos párrafos de otra. Luego comprobé que mi columna se había publicado dos años antes que la plagiada, pero como circulaba por correos electrónicos cualquiera podía agregar o quitar lo que quisiera. Y de hecho hoy, cada vez que la veo resurgir —es una columna increíblemente exitosa y en Facebook hace furor—, veo que sigue teniendo adherencias que me sonrojan y que, tarde o temprano, volverán a meterme en problemas.

Pero volviendo a Twitter, al menos ya se podrá empezar a poner orden. En mi última novela, Una casa en Bogotá, hay una antología de una entrañable twittera que se presenta como Ginna. Les dejo un par de joyas de esta joven: “El arroz con atún es una de las cosas bacanas de ser pobre”, “Me gustaría morir como mi abuelo, durmiendo pacíficamente y no gritando aterrorizado como los pasajeros de la buseta que manejaba”.

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