Ya cerca del Oscar hay que contrastar The Post, una película bien hecha que sin embargo aburre, con La forma del agua. No se trata solo de las nominaciones sino de que ambas son políticas en el sentido aristotélico. The Post: los oscuros secretos del Pentágono está basada en la historia de cierto escándalo que produjo Nixon cuando trató de evitar que la gente se informara de lo que estaba sucediendo realmente con la guerra de Vietnam. Entonces: ¿cuál es la relación? La forma del agua hace política cuando centra su mirada en una mujer a la que nadie ve. Al otro lado del espectro, The Post hace política en el sentido más evidente: contando la historia de un fracasado tiranuelo (Nixon) que recuerda mucho a Donald Trump cuando, con su voz de niñato infame, grita ¡fake news! Aun así (y se quiera o no), Nixon era un político más preparado que este hombre que lejos de informarse en el Washington Post tuitea frente a la tele mientras mira esa basura llamada Fox & Friends. Al otro lado del espectro, la película de Guillermo del Toro no pretende ser realista, mientras que The Post fue dirigida en tono documental. Es la segunda vez que Spielberg escoge este estilo. La primera fue con Munich en 2005 y, aunque creo que cuando el director más brilla es porque se permite tirar el realismo a la basura para permitir que sus espectadores se pongan a soñar, The Post es una suerte de clase de cómo hacer cine en el viejo estilo hollywoodense; ese que surge de Hitchcock y de Welles y que hoy, como casi todo en Estados Unidos, está cambiando. Para hacer cine en el estilo de continuidad son necesarios los dioses del espectáculo. Streep es Katharine Graham, editora del Washington Post, y no nos permite olvidar quién es. Hanks sí que lo logra. Un triunfo teniendo en cuenta que está tan sobre–expuesto. Hanks interpreta a Benjamin Bradlee, un periodista que hace malabares entre lo legal y lo ilegal para informar de los engaños de este hombre que aspira a ser dictador.
The Post es cine importante pero aburrido. Creo que ganará Del Toro pues su desdén por los tiranos es menos grandilocuente y la grandilocuencia siempre ha sido el gran problema de Spielberg, un autor que resulta mucho mejor cuando está del lado de Guillermo del Toro: en la ensoñación.