La muerte de la antropologa jalisciense Rossana Reguillo tuvo repercusiones también en Puerto Rico, donde la noticia se dio a conocer la mañana del sábado 25 de abril durante el Congreso Internacional de Escritores de Bellas Artes de Caguas, horas después del deceso de la investigadora que en uno de sus últimos libros advertía que México se había convertido en campo de exterminio como los de los nazis.
“Antes de comenzar, quisiera mencionar que voy a dedicar esta jornada a una amiga entrañable que acaba de fallecer ayer, la antropóloga mexicana Rossana Reguillo, que mucho le dio a Puerto Rico como profesora que fue de la Escuela de Comunicación varias veces”, dijo la narradora, periodista y académica Magali García Ramis, una de las intelectuales más respetadas en la isla, en su conferencia en la cita bianual que encabezan Helena Sampedro e Ivonne L. Class, ante escritores como Luis García Montero, director del Instituto Cervantes, Javier Cercas, Juan Gabriel Vásquez y Claudia Piñeiro.
“(Reguillo) era una de las figuras clave de los estudios sociales en América Latina. Con ella aprendí muchísimo, incluso, o especialmente a abrirme a otra maneras de pensar, sobre todo a la de los jóvenes, porque ella se dedicó toda su vida a hacer estudios sobre la juventud y su lugar en la sociedad”, agregó antes de dictar su conferencia “EstábaNos comiendo rábanos. El español en Puerto Rico”, donde la miembro de la Academia Puertorriqueña de la Lengua trató el caso del habla juvenil y de la música.
Investigadora emérita del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (Iteso) y fundadora de Signa Lab, enfocado en el análisis del entorno socio digital en ese colegio jesuita en Guadalajara, Reguillo falleció el 25 de abril a los 70 años sin que se conozca la razón de su muerte.
“Murió esta madrugada y estamos todos en shock”, compartió en entrevista con MILENIO García Ramis.
Conoció a Reguillo en la década de los noventa cuando el entonces director de la Escuela de Comunicación de la Universidad de Puerto Rico, Eliseo Colón, la llevó como profesora invitada.
“Ella comenzó una serie de visitas a Puerto Rico. En esa primera ocasión estuvo prácticamente un semestre entero con su familia. Y dejó una huella importantísima en los estudios graduados de la Escuela de Comunicación dando seminarios, conferencias, ayudando a dirigir tesis”, indicó la escritora.
Historiadora con doctorado en Estudios Latinoamericanos por la UNAM, García Ramis se hizo amiga de Reguillo, que también se vinculó con eminencias de Puerto Rico, como su colega historiadora Silvia Álvarez Curbelo, que además compartió congresos internacionales con la antropóloga mexicana.
“Los lazos que nos unen son muy fuertes. La presencia de Rossana, con esa lucidez que tenía, sobre lo que eran los medios y las mediaciones sobre todo en los jóvenes, está muy arraigada en muchos estudiantes de la Escuela de Comunicación de la Universidad de Puerto Rico”, destacó García Gamis.
La literatura forjó y selló la amistad entre García Gamis, profesora de Periodismo, y Reguillo Cruz.
“Yo no trabajé con Rossana, porque era del área de Periodismo, no de investigación en Comunicación. Pero como nos unía el amor por la literatura, en alguna ocasión ella me dio algunos textos para que yo, como profesora de redacción los mirara, y eran unos textos prácticamente basados en lo etnográfico que Rossana abajaba. Y yo siempre le dí copias de los cuentos y las novelas que estaba escribiendo. Nuestra relación fue más sobre la escritura y sus espacios y de lo que pueden o no hacer en las sociedades”, añadió la autora de los libros La familia de todos nosotros y La ciudad que me habita.
El Sistema de Universidades Jesuitas también dio a conocer la noticia en su portal y destacó que la académica del Iteso, al que llegó a los 21 años después de formarse en Filosofía, fue referente en las ciencias sociales con investigaciones centradas en las juventudes, cultura urbana, violencia y construcción social del miedo. Incluso cita a la propia Reguillo sobre su impacto en América Latina.
“Me siento muy orgullosa porque he enseñado a trabajar a mucha gente. Formé muchos cuadros que hoy son grandes profesores en el Iteso. Dirigí varias tesis de académicas y académicos que son hoy investigadores muy reconocidos, integrantes del Sistema Nacional de Investigadores, y formé gente en los valores itesianos, con el compromiso, la búsqueda, la curiosidad y el respeto por los demás”, decía la jalisciense, que también trabajó en la formación de investigadores en Colombia.
Por su papel en Acción Global por Ayotzinapa como parte del grupo internacional coordinador, tuvo que ser ingresada en el Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas de la Secretaría de Gobernación, por las amenazas que denunció que estaba recibiendo.
Muy activa en Twitter (X), red social a la que se dio de alta en 2009 en la que era seguida por más de 24 mil personas y en la que con mucha frecuencia criticaba las políticas de seguridad de los gobiernos federales desde Felipe Calderón a Claudia Sheinbaum, Reguillo escribió su último tuit el 13 de abril pasado para condenar el asesinato del activista ambientalista michoacano Roberto Chávez. “Intolerable! Basta!”, escribió la antropóloga al postear la noticia.
“Pensar el presente, documentar el daño, abrir el futuro. Investigadora Nacional Emérita. Violencias y después. #Necromáquina”, así se presentaba en la red social, con una imagen de una protesta en la que se lee la leyenda en inglés: “We are unstoppable (Somos imparables) sobre unos escudos de manifestantes, más una fotografía de ella misma sentada, sonriendo, acompañada de su perro.
Rossana Reguillo comenzó a estudiar la violencia en México a finales de los ochenta del siglo pasado, en particular entre grupos marginales de jóvenes, y después de tres décadas concluyó en uno de sus últimos libros que, con el nivel de violencia actual en el país, “ya no es suficiente morir” y que el fenómeno de asesinatos y desapariciones guarda mucha semejanza con los campos de exterminio nazis.
En Necromáquina. Cuando morir no es suficiente (Ned ediciones 2021), la catedrática del Iteso y de la Unesco fue más allá en sus ensayos del concepto de narcomáquina que desarrolló en textos anteriores y documentó cómo a partir del gobierno de Felipe Calderón y su llamada “guerra contra el narco” la violencia fue transformando al territorio nacional en un gigantesco campo de exterminio de mexicanos.
“Eso fue posterior. Cuando ella vino a Puerto Rico ella estaba estudiando sobre todo a la juventud, sus espacios, las mediaciones en torno a la juventud. Y por eso fue tan importante, porque trajo una óptica distinta sobre los espacios que los jóvenes claman y cómo los medios, a la vez, o los manipulan o se presentan mal. Y sobre cómo las sociedades se van abriendo a espacios que necesitan las juventudes.
“Y ahí enlaza obviamente cuando empiezan muchísimos de los problemas serios del narcotráfico y de las desapariciones de jóvenes en México y Guadalajara, de donde ella oriunda”, apuntó García Gamis.
De acuerdo con un artículo de Óscar Zazueta publicado en el portal del Iteso, entre los últimos proyectos en que la investigadora jalisciense trabajaba estaban un “análisis de los derechos humanos y la libertad de expresión en diversos países de América Latina” para las universidades jesuitas, en especial por el asesinato de jesuitas en El Salvador y Nicaragua, y los ataques de Nayib Bukele contra la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas en San Salvador.
Y el segundo proyecto continuaba dos de sus libros anteriores: Culturas juveniles. Formas políticas del desencanto (Siglo XXI, 2012) y Paisajes insurrectos: jóvenes, redes y revueltas en el otoño civilizatorio (Iteso y NED Ediciones, 2017). En el primero hace un balance de los jóvenes en AL y su situación de precariedad; en el segundo analizaba un ciclo de fenómenos como la Primavera Árabe, la Noche en Pie de Francia, el Yo Soy 132 y Passe Livre en Brasil.
En una entrevista con este reportero para MILENIO a propósito de Necromáquina, Reguillo compartió cómo la investigación y la redacción tuvieron un impacto en ella, debido a la crudeza de los hechos.
“Fue un libro que me costó muchísimo escribir. Hubo noches en que salí del estudio llorando. Es muy difícil contar las cosas que cuento, sobre todo porque en el momento de estar haciendo trabajo de campo, no te puedes quebrar, no te puedes romper. Poner todo este tejido narrativo junto es muy duro, pero de eso se trata: citando a Franz Fanon, quiero que mi voz no sea suave, quiero que mi voz sea brutal; tratar de evitar la huida, decir que esto es cierto y es lo que nos está pasando”, explicó la activista en el caso de desaparición de estudiantes de la Normal Isidro Burgos de Ayotzinapa en 2014.
Durante la charla, Reguillo explicó cómo pasó del concepto de narcomáquinas al de necromáquinas.
“El concepto de narcomáquina me ha servido justamente para tratar de entender y nombrar la articulación entre los poderes político, económico y delincuencial. Me fue abriendo paso alrededor de 2010-2011 cuando el tema de las narcofosas empezó a volverse evidente. En ese momento, la “lógica” que impregnaba el ejercicio de estas violencias estaba más vinculado a las ganancias, a través del control de territorio, del control de actores políticos.
“Pero, como fuimos avanzando, ya en la segunda década del siglo XXI y partir de todos los terribles sucesos de entonces, esta narcomáquina tuvo una continuidad a lo que estamos en este momento: la disolución absoluta de la vida, en un estado de constante urgencia.
“Fuimos transitando poco a poco de una violencia más utilitaria en la que te mato por el control de la plaza a otra violencia donde te mato porque puedo hacerlo, te diluyo porque puedo diluirte, te desmiembro porque puedo desmembrarte... Y con eso se manda un mensaje muy fuerte a la sociedad, en un ejercicio de lo que llamo 'violencia expresiva' o 'violencia simbólica', que vemos con los cadáveres colgados de los puentes o con el levantamiento de personas que estaban en un mal lugar”.
Y la antropóloga también se refirió al lenguaje, al español que ha generado esa situación en México, que bautizó “narcoñol”. Y, dado que la noticia de su deceso se dio en el contexto de un Congreso Internacional de Escritores cuyo tema fue “La libertad de las palabras” y la defensa del idioma ante los embates de Donald Trump y su política, bien vale recordar qué dijo Reguillo entonces en la entrevista.
“Esos guiños, o esos partes que hago en el libro, tienen que ver con un trabajo exhaustivo de análisis, pero también son una suerte de guiño como para el respiro. Es cierto, da risa nerviosa, el tipo de español que hemos ido incorporando a partir de la aceleración de las violencias. A partir de la década pasada empecé a darle un seguimiento muy puntual al ejecutómetro, que era horrible; los grandes periódicos hablaban de una suerte de marcador: “Narco: 43 muertos”, una especie de ejecutómetro que fue normalizando la violencia y convirtiéndola en una cifra. Fui siguiendo estas evoluciones, luego fui viendo cómo nombrábamos los mexicanos a las distintas formas del cuerpo que nos eran devueltas como despojos; empezamos a hablar de los 'encobijados', de los 'encajuelados', de los “decapitados”.
“Fuimos incorporando un lenguaje que, por un lado, aminora, anestesia el efecto de esta violencia brutal, y, por otro, elude el problema de fondo. Para mí sí es muy importante, y es una parte del libro muy dedicada a periodistas y editores, porque a veces no se cuidan estas cosas y alimentamos este vocabulario del horror que lo que hace es reducir la condición de la persona humana y simplificar de manera chistosa, simpática, toda esta sangre que corre por México”, planteó Reguillo, crítica de los gobiernos de Andrés Manuel López Obrador y de Claudia Sheinbaum y de sus estrategias de seguridad.
PCL