Sebastián Acampante, un artista nómada que reivindica el punk y la cultura latina: “Hay una naturaleza pagana que no pudieron sepultar”

Entrevista

El artista y gestor argentino radicado en México habla con MILENIO sobre punk, identidad latinoamericana, arte y resistencia, además de su trabajo como representante y curador en la galería Destello.

Sebastián habla sobre su visión creativa y su historia punk. | Especial
Ciudad de México /
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Cuando era pequeño, Sebastián Acampante se le perdió a su abuela materna en el mercado de San Camilo, en Arequipa, Perú. Medía apenas 80 centímetros por lo que, entre la multitud, solo alcanzaba a distinguir las faldas de las 'cholitas' que iban y venían. 

Quedó absorto por los patrones, geometrías y detalles de ese atuendo. Por eso, cuando finalmente lo encontraron, no habló de miedo o angustia, sino quiso saber qué significaban las formas en las faldas andinas.

No eran dibujos, le contó su abuela, sino, "mensajes, escrituras". Años después, ese recuerdo su volvió una forma de explicar su manera de entender el arte: "Una imagen puede decir algo que las palabras no alcanzan, y cada cultura encuentra sus propias formas de contar el mundo", dice a MILENIO.

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Actualmente, el artista y gestor argentino radicado en la Ciudad de México ha construido una trayectoria loable alrededor de la "curiosidad". 

Del punk adolescente transitó hacia el diseño, la curaduría y distintas escenas del arte contemporáneo; cofundó el encuentro de diseño TRImarchi y ha trabajado con artistas como Luis Alberto Spinetta, Babasónicos, Roger Waters y Shakira. El año pasado fue reconocido por The World Around como Design Champion en el Museo de Arte Moderno de Nueva York por su aporte al diseño latinoamericano.

Pero la mejor manera de entender su trabajo no es a través de 'grandes nombres' o reconocimientos internacionales, sino de esa imagen de un niño perdido en un mercado peruano.

Obra: Sebastián Acampante

Las posibilidades del punk

La curiosidad de Acampante comenzó en un entorno familiar marplatense poco convencional: su madre, vinculada al movimiento llamado Nueva Consciencia Planetaria —"un híbrido entre el new age y el punk"—, lo instaba a practicar telepatía durante el desayuno. Mientras que su padre lo cuestionaba sobre sus sueños.

Por eso, más que asumir una única manera de entender la realidad, desde pequeño aprendió que podía haber muchas. 

A los 15 años tuvo su primera banda y comenzó a organizar conciertos de punk. Pronto descubrió los fanzines: "Textos subjetivos que no pasaban por la validación o filtro de un editor o editorial, simples puntos de vista impresos y compartidos de una manera autogestiva, donde ni siquiera había una expectativa comercial".

En esa etapa se impregnó de otra idea que lo sigue acompañando: la cultura puede construirse desde abajo, desde el under, entre slam y amigos. Sin pedir permiso.

Ahonda en el punk al decir que no se trata solo de estética o música: es poner en duda las cosas, no conformarse y actuar cuando algo resulta injusto o poco ético; puede cambiar de nombre, de sonido o de apariencia —"antes eran los hippies y antes los beatniks"—, pero conserva una "esencia contestataria".

Señala a Fun People, banda argentina donde fue vocalista ese nigromante errante llamado Nekro, como la primera que lo impactó. Y a la fecha se mantiene entre sus favoritas: "Siempre que Boom Boom Kid (actual proyecto de Nekro) viene a México, nos vemos. Me gusta tener un referente que se mantiene inflexible al sometimiento sistemático".

Nómada entre ciudades  

Sebas nunca terminó por quedarse quieto. La inquietud punk se convirtió en una forma de desplazarse: hace casi 18 años que vive fuera de Argentina, cambiando con frecuencia de escena, ciudad o entorno cultural.

Cuando la cultura es muy endogámica, pasa a ser algo que no te permite madurar o crecer —sostiene—. Los diálogos culturales, nutrirte con otros puntos de vista o realidades, termina siendo el intelecto, un tipo de diálogo, una expresión visual o sonora, y ni hablar de gastronómica”.

Su nomadismo también modificó la manera en que entiende la identidad: “Cada vez me cuesta más firmar proyectos como propios”. 

Porque aunque su formación estuvo marcada por el 'hazlo tú mismo', hoy cuestiona tal consigna: “Es la romantización de una individualidad imposible, el ‘hazlo con amigos’ tiene más sentido”.

 “De cada conversación gano un dedo o brazo más”, dice, insertando una imagen que parece salida de sus dibujos: un ser que se expande conforme incorpora nuevas voces.

Partiendo de esa lógica, se entiende que en la Ciudad de México no le interesa mucho lo preparado para ser visto, lo turístico. Prefiere perderse.

Disfruta el Bosque de Chapultepec y los tianguis; encuentra la calma en sobreestimularse: "Me gusta perderme en lugares no turísticos, sino bulliciosos y reales”. Como de niño en el mercado de San Camilo. 

El foco latino

Acampante vuelve constantemente al legado visual y metafísico de las culturas precolombinas porque ahí “hay una información que tanto la academia como las instituciones se encargan de ir tapando para que pierda su gran valor”.

Su arte busca recuperar esa manera de imaginar el universo antes de que la percepción estuviera atravesada por los medios y las narrativas dominantes.

Esa cruzada personal coincide con algo que percibe en el presente: “Hay toda una narrativa global que apoya mucho el foco de lo latino y sus expresiones”.

Piensa en el baile funk de Río de Janeiro, en la cumbia rebajada de Monterrey y en la psicodelia: “Todos son diálogos que se van dando entre movimientos globales y la latinización de esas expresiones”.

Así esclarece la vitalidad latina: en la mezcla, el sincretismo y la capacidad de transformar lo ajeno, lo que llega desde fuera.

Obra: Sebastián Acampante

Arte como resistencia

Acentúa que, irónicamente, la efervescencia latina ocurre mientras avanzan discursos y movimientos políticos que buscan reducir los espacios de expresión: “La derecha siempre va a tratar de que nos expresemos lo menos posible”.

Frente a ello, reivindica el arte como una forma de pensamiento crítico: una obra puede denunciar sin ser pancarta; puede introducir duda donde antes había certeza.

"Hay algo en el inconsciente, la esencia más firme nuestra, que el arte puede interpelar. Por eso la denuncia mediante el arte pasa a ser tan valiosa, tan compleja, tan difícil de censurar".

Su preocupación política se realza cuando habla de Argentina y del avance de la ultraderecha encabezado por Milei; confiesa que sintió miedo al verlo ocupar la presidencia, pero se animó ante la reacción de espacios culturales, sellos y editoriales que comenzaron a formar redes. A resistir.

Ahí encuentra "esperanza": en la capacidad de las personas para organizarse alrededor de lo que aún consideran propio.

Llama vs algoritmo

Si antes los artistas tenían que enfrentarse a instituciones que decidían 'quién sí y quién no', hoy tienen que lidiar con otra clase de filtro: el algoritmo.

Aunque el gestor aclara: no ve las redes como enemigas, al contrario, han permitido que muchos artistas salten intermediarios y construyan carreras autogestivas. El problema aparece cuando la necesidad de encajar empieza a modificar la visión, los ideales.

Recuerda una frase de un amigo: “Nacido para dibujar, obligado a hacer contenido”; en ella encuentra uno de los grandes dilemas modernos: un artista puede comenzar siguiendo una necesidad interna y terminar adaptándose a los códigos de una plataforma.

“El algoritmo nos lleva a donde quiere, y es nuestra labor detectar qué es un rebaño y qué soy yo”.

¿Y él cómo conserva esa voz propia? “El cuaderno de bocetos es mi gran refugio, porque es mi puerta al inconsciente”. Dibujar es escuchar aquello que todavía no tiene palabras, de alimentar una "llama" inmune al exterior.

Obra: Sebastián Acampante

La curiosidad como brújula

Sebastián Acampante no se concede demasiadas certezas: “Muchas veces somos nuestro peor enemigo, y eso está bueno”. Por eso es partidario de poner en duda aquello que parece constituir la propia identidad. “Yo nunca me doy por completo, siempre estoy cuestionándome en cada uno de mis actos”. 

"La inconformidad es parte de avanzar, cambiar de piel y romper cascarones, que son envases de una esencia que va avanzando", comparte.

Esa misma curiosidad incide en su trabajo como representante de artistas: acompaña las carreras de talentos mexicanos como César Canseco, Helena Garza, Raúl Urias, Chavis Mármol y Taquitojocoque con la intención de proteger lo que los hace singulares, pero, al mismo tiempo, empujarlos a salir de sus zonas de confort. 

También está al frente de la dirección curatorial de Destello, la galería de arte ubicada dentro de FBO México, uno de los principales aeropuertos de aviación privada del país. Desde ahí busca llevar el arte contemporáneo a un contexto distinto y acercarlo a nuevas audiencias, en diálogo con la arquitectura y la vida cotidiana.

No parece casual que, después de tantos años, siga moviendose: de ciudades, escenas, entre artistas o tianguis y por las páginas de un cuaderno. No pretende una respuesta definitiva, sino conservar la capacidad de hacerse preguntas.

“Me gusta el dinamismo de la inquietud, eso me mantiene muy atento, vivo, empático; me hace entender a otros pasajeros de este tránsito—reflexiona—. “Siempre que veo un artista con una inquietud o búsqueda activa, que no se estratificó en la propia percepción de su obra, cuanto más está dinámico, más me motiva a ayudarle”.

hc

  • Yair Hernández
  • juan.hernandez@milenio.com
  • Es periodista especializado en temas de cultura y entretenimiento. Actualmente trabaja como reportero para Milenio.

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