DOMINGA.– En un ecosistema mediático dominado por la inmediatez, la reacción constante y el ruido de la coyuntura, Mar de dudas, el reciente libro del analista político Carlos Bravo Regidor, aparece como una anomalía deliberada. No busca la polémica fácil ni la frase viral, sino algo cada vez más escaso: tiempo para pensar.
A partir de entrevistas extensas con una muy personal selección de autores del pensamiento político, económico y social contemporáneo, Bravo Regidor propone una pausa frente al agotamiento de la conversación pública y una mirada oblicua –no centrada explícitamente en México– para comprender mejor los dilemas del presente.
Bravo Regidor dirigió el Programa de Periodismo del CIDE, egresó de El Colegio de México donde estudió Relaciones Internacionales y en la Universidad de Chicago hizo un posgrado en Historia. Me encuentro con él en un café de la Ciudad de México a finales de 2025, durante la promoción de su libro. Los dos llegamos con una puntualidad milimétrica y cruzamos la puerta del establecimiento juntos.
Conozco a Carlos desde hace muchos años pero no habíamos tenido oportunidad de hablar recientemente. En esta conversación que sostuvimos para DOMINGA, reflexiona sobre el origen del libro –la noche en que ganó Donald Trump en 2017–, su condición de lector antes que de autor, la crisis de las democracias liberales y las izquierdas progresistas, el ascenso de nuevas derechas y la necesidad de reconciliarnos con la incertidumbre como condición de época.
Para lograrlo, entrevistó largo y tendido a pensadores tan influyentes como Francis Fukuyama, politólogo que hace una reflexión crítica de su teoría del fin de la historia; Rebecca Solnit y su método para destronar los relatos opresores; o el economista Branko Milanovic, que hace una historia de cómo ha cambiado nuestro pensamiento sobre la desigualdad.
Destilan también los pensadores latinoamericanos; Pablo Stefanoni habla de cómo ahora las derechas ocupan el papel del rebelde; Rafael Rojas, hace una reflexión sobre el pensamiento de la izquierda en América Latina; y Laura Gamboa, se pregunta por qué algunos países resisten el embate autoritario y otros no.
Coeditado por Grano de Sal y Gatopardo, Bravo Regidor publica un diálogo sobre ideas, derrotas y aprendizajes, escrito desde la perplejidad, pero también desde la convicción de que dudar puede ser una forma productiva de pensar el mundo.
Mar de dudas nació con la llegada de Trump a la Casa Blanca
G.O.: ¿Este libro, Mar de dudas, puede leerse como un antídoto frente a tu trabajo cotidiano como comentarista de la realidad mexicana?
C.B.: Sí, la respuesta corta es sí. Dedicarse a opinar es francamente muy cansado y monotemático. Uno termina agotado no sólo por los temas, sino por su voz propia. El comentario permanente te obliga a reaccionar de inmediato, a decir algo todo el tiempo, y eso genera una sensación de asfixia. Este proyecto me permitió habitar otro espacio dentro del mundo de la opinión pública, uno que no está definido por la refriega cotidiana ni por la obligación de responder a la coyuntura en tiempo real.
G.O.: ¿En qué sentido fue un respiro?
C.B.: En varios. Por un lado, me permitió salir de esa lógica de la comentocracia que siempre está reaccionando de botepronto. Por otro, me dio la oportunidad de darle un uso más consciente a algo que realizo desde hace años: leer. A partir de 2016, con la llegada de Trump, me entró una especie de fiebre de lectura. Empecé a leer compulsivamente sobre política, democracia, populismo, desigualdad. Una cosa se fue juntando con la otra y este libro terminó siendo una manera de canalizar esa experiencia como lector.
G.O.: También hay una crítica implícita al estado actual de la prensa.
C.B.: Yo entiendo por qué la prensa funciona como funciona. Tiene que ocupar el ciclo de 24 horas, producir titulares, dar seguimiento. Eso es inevitable. Pero sí echo en falta espacios donde se pueda pensar con más calma, donde se pueda conversar de otra manera. Hay un agotamiento evidente, incluso en el lenguaje. Este proyecto me permitió hacer algo distinto, que además resultó ser un descanso personal y, afortunadamente, algo que también despertó el interés de otros lectores.
G.O.: Mar de dudas parece también un síntoma de la desaparición de revistas y suplementos culturales donde antes se discutían ideas de forma extensa.
C.B.: Absolutamente. En México prácticamente desaparecieron esos espacios donde se podían debatir ideas a través de ensayos largos, conversaciones intelectuales o intercambios entre autores. Yo tuve mucha suerte de contar con Alejandro Legorreta, el director de Gatopardo, y Sandra Barba, editora, que alentaron esta quijotada de hacer entrevistas largas con autores poco conocidos en México y sobre temas que no tenían una relación directa con la agenda nacional.
G.O.: Y luego viene la decisión de hacer un libro.
C.B.: Sí. El otro Quijote es Tomás Grandados, de la editorial Grano de Sal. Hoy muchos preguntan por qué un libro y no un pódcast o videos. Pero el libro sigue siendo un formato propicio para este tipo de conversaciones. La lectura te coloca en otro ritmo, te da otra respiración. Publicar entrevistas en una revista ya era difícil; hacerlo en un libro abre un compás de atención completamente distinto.
Perdieron las derechas tradicionales y las izquierdas progresistas
G.O.: Una de las virtudes es que Mar de dudas no está centrado en México.
C.B.: Fue una decisión deliberada. No porque México no importe, sino porque muchas veces para entender lo que pasa en tu país tienes que mirar hacia otros lugares. Muchos lectores me dicen que, aunque México no se menciona explícitamente, sienten que está presente todo el tiempo. Me gusta que el lector haga ese trayecto por su cuenta.
G.O.: Hay momentos inesperados, como la influencia del zapatismo en ciertos autores, algo que se desliza en la entrevista con la escritora y editora Rebecca Solnit.
C.B.: Para mí también fue una sorpresa. Ahí aparece una tensión interesante entre la lectura mexicana del zapatismo y su recepción en contextos progresistas del primer mundo. Lo valioso es que la autora reconoce su lugar de enunciación y no pretende hablar desde una falsa neutralidad.
G.O.: Si el libro es un “mar de dudas”, ¿qué certezas tuvimos que abandonar en el siglo XXI?
C.B.: Yo creo que a lo largo de la historia siempre hay momentos donde nos seduce la idea de que la historia tiene una dirección o un sentido. Y este es un momento de mucha incertidumbre, donde todo cambia, incluido el ojo que mira o la mente que concibe el periodo. Vivimos un momento de resaca histórica. Durante años creímos que la historia tenía una dirección clara. Hoy sabemos que no es así. La historia es indeterminada. Nuestra certeza, si se puede decir así, es que no sabemos.
G.O.: ¿Tu voz es la de alguien derrotado por estos cambios?
C.B.: En parte sí. El libro empieza la noche en que gana Donald Trump. Muchos perdimos ahí, pero no fuimos los únicos. Perdieron las derechas tradicionales, las izquierdas progresistas, los neoconservadores. Es una victoria con muchos perdedores. Y la derrota, al menos, te obliga a pensar.
Mar de dudas es un libro de lector más que de autor
G.O.: ¿Cómo se realizó la selección de autores para Mar de dudas?
C.B.: Me encantaría decir que hice un estudio exhaustivo pero no fue así. Fue una elección arbitraria, basada en mis intereses y mi experiencia como lector. Por eso siempre digo que este es un libro de lector más que de autor. Yo firmo el libro, pero no soy el autor de las respuestas. La conversación es una autoría compartida.
G.O.: ¿Te asumes más como lector que como entrevistador?
C.B.: Totalmente. Yo soy un lector muy igualado: subrayo, doblo páginas, lleno los libros de notas. Desde el principio quise trasladar esa conversación silenciosa que uno tiene con los autores a una conversación directa con ellos. Me presenté como lo que soy: un lector atento. Y tuve la fortuna de que los autores aceptaran ese pacto.
G.O.: Eso define el tipo de entrevistas que aparecen en el libro.
C.B.: Sí. No son entrevistas de persecución ni de confrontación. Tampoco son retratos de personalidad ni entrevistas solemnes. Son conversaciones intelectuales. No busco atrapar al entrevistado en una contradicción ni extraer una confesión incómoda. Busco entender cómo piensan.
G.O.: ¿Cómo fue el contacto personal con esos autores? ¿Sufriste las consecuencias de aquel dicho: “no conozcas a tus héroes”?
C.B.: Fue un privilegio enorme. Con algunos establecí relaciones que todavía continúan. Incluso cuando una entrevista no fluyó como lo esperaba, entendí que eso también era información relevante. El humor, la incomodidad, la sorpresa del autor frente a una pregunta: todo eso dice algo. El proceso me dejó muchos aprendizajes y una gratitud profunda.
Las crisis de las democracias liberales y el auge de las nuevas derechas
G.O.: ¿Cuáles dirías que son los grandes ejes del libro?
C.B.: La crisis de las democracias liberales, el deterioro de la conversación pública y el auge de las nuevas derechas junto con la crisis de las izquierdas. Pero también hay pistas para reconstruir un pensamiento progresista sin nostalgia, entendiendo que muchas fórmulas del pasado ya no funcionan.
G.O.: ¿La incertidumbre como tema central?
C.B.: La incertidumbre no es un problema a eliminar, es una condición. El verdadero peligro suele estar en la certeza absoluta. Reconciliarnos con la incertidumbre es otra forma de habitar este tiempo.
G.O.: Si pudieras recomendar este libro a la propia presidenta Sheimbaum, ¿qué te gustaría decirle que debe leer leer con atención?
C.B.: La diversidad histórica de las izquierdas latinoamericanas, la necesidad de tomarse en serio a las nuevas derechas y la importancia de políticas públicas basadas en evidencia. La política sin evaluación independiente termina debilitando incluso sus propios logros.
GSC