Me entregué al sol para poder evadirme del segundo piso… —Petra Mascagni nunca ha querido aclarar si desciende del operista italiano; cuando se lo preguntan, ni niega ni afirma, simplemente comienza a cantar con ronca voz trágica la siciliana (“O Lola, Ch´ai di latti la cammisa”) de amor prohibido que Turiddu entona antes del alba en “Cavalleria Rusticana”—… y aquí tienes mi templo.
En la terraza de su penthouse, Petra construyó una estructura de gruesísimos vidrios polarizados con forma de paralelogramo, equipada con siete bocinas y un techo corredizo. En el centro instaló una tumbona de teca y abultado colchón color plata (ella la llama “chaise longue”). Afuera del templo, el segundo piso del Periférico está tan cerca que al estirar el brazo es posible rozar los barrotes que protegen los carriles. Rugen los coches. Sudan gasolina. Y Petra a veces tiene que tirar su comida porque el humo de tubos de escapes se le filtra por las ventanas de la cocina. Dentro del templo, en cambio, es casi absoluto el silencio y cuando abre el techo, Petra pone música —Juan Cirerol se ha convertido en su obsesión— y durante tres o cuatro horas cada día —entre las 11 y las 5 y media— se acuesta desnuda hacia el sol.
—Soy como esa mujer del cuento de D.H Lawrence que a través del sol, de recibirlo desnuda, trasciende a su vida de esposa y madre y accede a una existencia mística y secreta, completamente suya…
Petra invita a jóvenes amigos que se sienten atraídos por la presencia física, esbelta y poderosa de esta desconcertante mujer vieja de joven cuerpo tostado de un dorado subido que hace pensar en el fuego.
—Pero son diferentes tipos de soles: el que recibía esa mujer literaria es un sol italiano de principios de siglo, vigoroso, de costa, cargado con energías de liberación y éxtasis… este sol que a mí me toca (este sol de Ciudad de México) que brilla arriba de dos pisos de automóviles es mórbido e inestable, cargado con angustia y descontrol y cuando me entrego a él intento que sean sus rayos benignos, los luminosos y poéticos los que me penetren…
Cuando uno de sus amigos jóvenes le atrae especialmente, Petra sube a su templo una tumbona extra y lo invita a entregarse al sol con ella. En el templo nunca hay sexo —sería manchar el ritual—, solo dos cuerpos desnudos, uno al lado del otro, que por medio del sol intentan trascender a su realidad inmediata y acceder a una dimensión más bella y profunda, en donde su existencia, bajo el abrazo asfixiante del calor, sea reducida a su expresión más íntima, a su esencia secreta…
—Claro, no siempre lo consigo… —y cuando este terrible sol mexicano la llena de sensaciones funestas, Petra se derrumba—… y de pronto me descubro imaginando un sol desbordante, sin límite, que en el segundo piso derrite automóviles, cuerpos humanos y edificios.