Vila-Matas reveló su rostro “farsante” ante mil jóvenes

El destacado escritor confeccionó una amena charla en la que confesó haber inventado entrevistas que publicó desde los inicios de su labor como periodista cuando era muy joven.

Enrique Vila-Matas
Arllete Solano
Guadalajara /

La Costa Brava en una provincia cataluña era un lugar aburrido en los tiempos de adolescencia de Enrique Vila-Matas donde su familia resolvía las tardes libres yendo a la playa a tomar el sol y eso era casi a diario, a menos que estuviera nublado.

Eso era lo que el joven Enrique esperaba que sucediera hasta que un día logró escapar leyendo y se dio cuenta que con un libro conseguía aislarse de la familia y del mundo, así que lo frecuentó. Pero sus hermanas alguna vez encontraron que el libro entre sus manos estaba de cabeza, y se dieron cuenta que era un farsante total.

Así narró el autor de obras como Impostura su encuentro con la lectura y la escritura, inducido por la escritora Sonia Hernández que moderó el encuentro Mil Jóvenes con Enrique Vila-Matas en la 29 Feria Internacional del Libro en Guadalajara. A 20 minutos de iniciada la charla, el escritor le pidió algo en voz baja a su compatriota, una petición que pareció ponerla nerviosa y dijo hacia el público “la moderadora ha sido moderada, pero le dejamos porque es el ganador”.

Le dejó hablar y más adelante le cuestionó si era verdad que él había escrito entrevistas inventadas, él lo aceptó antes de contar el inicio de esa historia que inició de “forma involuntaria”. Y es que en aquella misma costa aburrida en su juventud, una tarde tropezó con una piedra y fue a chocar directamente con Eliselda Nadal, la directora de Fotogramas, la revista más pop y más moderna de la España franquista, que le ofreció un trabajo de sustituto durante el verano.

Entres sus primeras asignaciones tendría que traducir una cara entrevista que la publicación pagó, pues Marlon Brando no concedía entrevistas. Estaba en inglés y él no lo hablaba, de manera que la inventó de arriba abajo, pero lo hizo no por jugar, sino por salvarse el pellejo. Y una noche, en un bar escuchó preguntar a alguien “¿has visto las tonterías que ha dicho Marlon Brando?”, eso le disgustó pero no dijo nada, relató el autor de París nunca se acaba.

Más tarde debía entrevistar al bailarín Rudolf Nuréyev pero una noche antes los amigos del artista y los del escritor tuvieron una pelea. No iría a entrevistarlo al siguiente día, así que también escribió respuestas ficticias. Lo mismo hizo con el cineasta Juan Antonio Bardem pero por razones distintas, pues no le convenció el diálogo convencional, ya que Vila-Matas tenía aspiraciones de convertirse en director de cine de vanguardia así que escribió lo que él hubiera dicho. Y como estos, varios inverosímiles casos más en los que el escritor describió con pausado y sabroso detalle para deleite de los presentes.

A lo largo de la conversación, más historias fueron emergiendo, y el catalán con más de cuarenta obras publicadas a momentos parecía asustarse conforme la interlocución con Sonia seguía adelante. Se detenía antes de adelantar el cuerpo hacia el micrófono y responder como en una suerte de confesión. “Empecé tomando citas de otros, haciéndolas pasar por mías, después quitando sus nombres, después tomando las citas y cambiándolas, transformándolas. A partir del momento en que comencé a tomar citas de otros y cambiarlas encontré un sistema, una especie de método narrativo que me llevaba muy lejos de la historia que contaba”.

Explicó que los trucos que hizo fueron producto de la libertad de pensar que hay unas reglas “reglas que me salto, he trabajado siempre saltándome las reglas. Es un poco lo que explica por qué he actuado de esa manera. Mi idea era reinventarlo todo yo, empezar de cero. El primer libro que publiqué tenía muy pocas lecturas detrás, y se nota precisamente, porque ignoraba lo que era la historia de la literatura entera, era libre y hacía muchas cosas que eran insólitas porque no sabía lo que había qué hacer, en lugar de hacer lo que habían hecho los grandes, trataba de mirar qué era lo que quería de hacer yo”.

Al final, nadie preguntó si lo que había narrado era cierto, o qué partes eran verdaderas y cuáles ficticias. Tampoco si en aquel momento en el que el catalán le dijo un secreto a la moderadora que el micrófono no escuchó, se trató de una indicación para construir una serie de crónicas acerca de su vida con un tinte novelesco que los mil jóvenes, y no tan jóvenes que asistieron a la charla, disfrutaron entre risas y gestos de asombro como si la audiencia hubiera estado frente a la proyección de una película y no de una charla creada sin guión.

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