Los Juegos Olímpicos obligan a los atletas a ser innovadores, buscar técnicas y alternativas que los hagan más competitivos. En cada edición siempre existe alguien que sorprende. Y en México 1968 se dio una en particular.
El estadio Olímpico de Ciudad Universitaria fue testigo de una de esas innovaciones, la cual ocurrió en el salto de altura, hasta entonces, todos los competidores de esta prueba corrían en línea recta y se lanzaban de frente para saltar el listón. Sin embargo, en México ese estilo de salto encontró una innovación: un salto transversal ejecutado por Richard Fosbury que logró una altura de 2.24 metros, lo que le valió al estadunidense lograr la medalla de oro.
Fosbury llegó a esa innovación, porque a él le resultaba un tanto complejo ejecutar las técnicas de esa época entre las que se encontraban el rodillo ventral, el rodillo occidental o el estilo tijera. La primera vez que Fosbury ejecutó ese salto transversal fue en una competencia en la Universidad de Oregón, en la que ganó el título universitario y unos meses después cambió la historia.
A partir de entonces ese método fue imitado y es el que se utiliza casi de manera universal por todos los saltadores que lo han ido perfeccionando y adecuando según sus condiciones físicas. Esa fue la única participación de Fosbury en unos Juegos Olímpicos, pero desde entonces su técnica cambió las bases de una disciplina.
CGHR