DOMINGA.– En un entrenamiento cualquiera, una niña de diez años imita el festejo de su jugadora favorita. Lleva el cabello recogido y la camiseta un poco grande. Cuando anota un gol, levanta los brazos como si el estadio estuviera a reventar. Hace una década ese gesto no tenía referentes profesionales en este país. Pero la Liga MX Femenil modificó ese paisaje en el futbol nacional.
Abrió transmisiones en horario estelar, construyó rivalidades propias y colocó a sus jugadoras en la conversación pública. Su crecimiento es visible, sin embargo, aún convive con tensiones profundas: brecha salarial, desigualdad presupuestal entre clubes, falta de entrenamientos con perspectiva de género o contratos vulnerables ante una lesión grave que pueda sufrir una jugadora, como chingarse la rodilla.
Eso le pasó a Claudia Cid. Escuchó el crujido antes de que pudiera gritar. Estaba en un entrenamiento en Albania, el 4 de diciembre de 2025. Pasto gélido. Balones rodando con la disciplina repetida de cada tarde. Ella corrió por la banda, giró el cuerpo y sintió que algo se rompía por dentro. No hubo barrida espectacular ni choque violento. Fue un movimiento casi rutinario. Se quedó tirada sobre la cancha unos minutos. Esperó a que el dolor cediera pero, muy por el contrario, se volvió insoportable. Entonces se sintió en soledad, a miles de kilómetros de su patria.
Tres meses antes, en septiembre, llegó al sureste de Europa como una pionera: era la primera mexicana en jugar la UEFA Women’s Europa Cup. Tuvo que dejar el Club Tijuana Femenil porque la borraron para darle juego a las extranjeras. Entonces se tuvo que hacer extranjera. Se mudó a Sckodër, la cuarta ciudad más poblada de Albania, para jugar con el KFF Vllaznia, el equipo más exitoso de ese país. Era una historia de movilidad internacional en un deporte que México apenas comenzaba a profesionalizar. Un sueño. Una poblana de nacimiento en plena vitrina europea.
Cuando pidió a los directivos albaneses estudios médicos, la respuesta fue evasiva. Cuando insistió, la incomodidad se volvió evidente. Días después la sacaron del grupo de WhatsApp del equipo. Luego llegó la carta: rescisión de contrato por “bajo rendimiento”. “Mandaron mi carta de finalización de contrato… que porque soy indisciplinada”, recuerda. El dolor físico se mezcló con la sospecha. “Sí, pienso que hubo un tema de discriminación aquí”. No lo afirma a la ligera. “El presidente del equipo se burló de mí. Me dijo que para qué quería una resonancia magnética. Y remató: seguro para la cabeza porque estás loca”, recuerda aún incrédula.
Claudia Cid buscó asesoría con FIFPro, el sindicato internacional de futbolistas. Mientras intenta que su caso sea revisado, carga con la rehabilitación y con la incertidumbre laboral. Su historia no es una excepción aislada; es un síntoma.
En México, la Liga MX Femenil nació en 2017 como una obligación reglamentaria: cada club de primera división varonil debía contar con un equipo femenil. Fue un parteaguas. Por primera vez el futbol profesional mexicano abrió un espacio estructural para las mujeres. Siete años después, los estadios se llenan en finales; las transmisiones registran cifras históricas y Tigres, América, Monterrey, Guadalajara, entre otros, han construido clubes femeniles sólidos. Pero en las sesiones de entrenamiento, lejos de las cámaras, persisten inercias heredadas del futbol varonil: cargas físicas replicadas sin adaptación, programas diseñados para otro tipo de cuerpo, protocolos médicos desiguales.
La ayuda tampoco llegó desde la Liga MX Femenil. Tuvo que ser Miguel Layún, un hombre y exfutbolista profesional del América y de la selección nacional mexicana, quien le tendió la mano para sufragar los costos de su cirugía. Claudia Cid agradece y habla de rodillas, pero también de estructuras. De cómo un sistema que aún no incorpora plenamente la perspectiva de género puede convertir una lesión en un punto de quiebre profesional.
Lo que ocurre cuando una jugadora se lesiona no revela sólo la resistencia de su ligamento cruzado anterior; exhibe la solidez –o la fragilidad– de toda una arquitectura institucional. Si la atención médica depende del presupuesto del club, si el contrato es rescindible ante la primera exigencia y, si el entrenamiento ignora diferencias biomecánicas y hormonales, la profesionalización sigue siendo parcial.
Y si la existencia de algunos equipos depende de una obligación que hoy se discute, la pregunta deja de ser deportiva: ¿qué tan firme es el piso sobre el que las mujeres hacen futbol?
Entrenar como hombres, lesionarse como mujeres
En una cancha al norte del país, Paola Espino recuerda las primeras sesiones de la Liga MX Femenil. Los ejercicios eran idénticos a los del equipo varonil. Las cargas, similares. El calendario, comprimido. La consigna implícita que tenían todas era clara: demostrar que podían rendir igual.
“Desde el inicio se arrastraron muchas carencias”, dice Paola Espino, futbolista de origen guanajuatense que debutó profesionalmente en 2017 con el Club América. Vivió la transición del amateurismo a la profesionalización. Vio cómo algunas instalaciones mejoraban y otras permanecían básicas. Vio crecer la afición mientras los salarios apenas alcanzaban. “La brecha salarial… ya no es un secreto que es muy grande”, dice en entrevista con DOMINGA.
En el futbol masculino mexicano, los contratos de élite son públicos y deslumbrantes. En el femenil, la mayoría obliga a complementar ingresos con estudios, negocios o empleos alternos. Y la desigualdad no es sólo económica. Es fisiológica. “No somos igual que un hombre, no vamos a funcionar con los mismos entrenamientos”, dice. La frase no es ideológica; es biológica.
Estudios internacionales han documentado una mayor incidencia de lesiones de ligamento cruzado anterior en mujeres futbolistas. Las causas incluyen diferencias anatómicas, hormonales y de control neuromuscular. Ajustar programas de fuerza y prevención no es cortesía: es evidencia científica.
En México, algunos clubes comenzaron a incorporar nutriólogos especializados y preparadores físicos con formación específica en entrenamiento femenil. Pocos lo hacen. En los equipos con buena inversión económica, la profesionalización salta a la vista: seguimiento médico constante, instalaciones propias, contratos más estables. Los más pequeños siguen improvisando y la prioridad institucional está en el varonil.
Paola Espino decidió retirarse cuando entendió que el equilibrio entre esfuerzo y estabilidad económica no cerraba. No fue una despedida dramática; fue una suma de factores: desgaste físico, brecha salarial, incertidumbre.
Medios deportivos especializados están sobre los rumores y los trascendidos: el futbol profesional para mujeres en México cambiará para el próximo verano. Y aunque la Liga MX Femenil no ha publicado comunicados oficiales, las versiones están al borde del área chica: eliminar la obligatoriedad de los clubes para mantener a sus equipos femeniles, la desaparición de clubes con baja inversión y la posible integración de equipos universitarios o independientes.
La Liga MX Femenil quiere mantener al público cautivo y consolidar su proyección y viabilidad financiera. Pero desmantelar el andamiaje sin un plan alterno pondría en riesgo no sólo empleos actuales, sino el ecosistema que empieza en fuerzas básicas. En torneos juveniles las niñas ya no preguntan si hay categoría para ellas: preguntan en qué posición jugarán.
Ciencia y reglas desiguales en el futbol femenil
El día que Claudia Cid se lesionó estaba menstruando. No lo dijo de inmediato. En el futbol hablar del ciclo menstrual ha sido un tema incómodo, casi clandestino. Pero ella lo conecta sin rodeos: “Mi lesión ocurrió en un día en el que yo me encontraba en mi periodo”. Los médicos que la atendieron después le explicaron algo que la ciencia viene documentando: en ciertas fases del ciclo menstrual, los niveles hormonales pueden aumentar la laxitud ligamentaria y modificar la respuesta muscular. El cuerpo cambia. Y ese cambio importa.
Durante esos días, explica Claudia, músculos y ligamentos pueden volverse más laxos, incrementando el riesgo de lesiones. Su club no consideró ese factor. No hubo protocolo diferenciado. No hubo estudios cubiertos. Hubo silencio. Paola Espino lo resume con crudeza: al inicio las entrenaban como “hombres pequeñitos”. “No somos igual que un hombre, no vamos a funcionar con los mismos entrenamientos”, insiste.
Diversos estudios muestran que la rotura del ligamento cruzado anterior es significativamente más frecuente en mujeres. En algunos registros, por cada hombre lesionado, hasta cinco mujeres sufren la misma lesión. No es un déficit de capacidad, es un conjunto de variables hormonales y biomecánicas.
En 2025 la UEFA publicó el Menstrual Tracking Report, una declaración de consenso sobre el seguimiento del ciclo menstrual en el futbol femenil. Reconoce que durante la fase ovulatoria y los días de menstruación, los niveles de estrógeno y progesterona influyen en la estabilidad articular y en la coordinación muscular. Recomienda monitorear al menos tres ciclos consecutivos, registrar regularidad, síntomas, ovulación y niveles hormonales, siempre con personal cualificado y respeto a la privacidad. No es una moda: es política sanitaria deportiva.
El Club Barcelona Femenil es pionero en integrar estos protocolos. En sus academias, niñas y jóvenes reciben seguimiento médico y nutricional que ajusta cargas según la fase del ciclo. El objetivo es prevenir lesiones y optimizar el rendimiento. Integrar el ciclo menstrual en la planificación no sólo protege la salud; prolonga carreras. Pero el ciclo no es la única variable.
Especialistas advierten sobre la deficiencia energética relativa en el deporte: baja disponibilidad energética, amenorrea, disminución de densidad ósea. El resultado para ellas: mayor riesgo de fracturas por estrés y lesiones musculares.
También advierten que el déficit de hierro –frecuente en casos de sangrado abundante– puede derivar en anemia ferropénica y reducir el rendimiento. El sueño insuficiente altera la secreción hormonal y eleva la probabilidad de lesión. Una dieta deficiente en calorías, proteínas, calcio o vitamina D compromete la salud ósea y muscular. Nada de esto es accesorio. Es ciencia aplicada al alto rendimiento.
En México, la adopción de estos protocolos avanza pero de forma desigual. Para Paola Espino, la ausencia de lineamientos claros es una deuda pendiente. El reto para la Liga MX Femenil es pasar de la improvisación a la evidencia. Reconocer que los cuerpos femeninos tienen ciclos y que esos ciclos influyen en cómo se entrena, se compite y se recupera una carrera. Porque la equidad no significa tratar igual a quienes son distintos, sino diseñar sistemas que comprendan esas diferencias.
El relato también mete goles
En la cabina de transmisión, la periodista deportiva Paulina Chavira revisa estadísticas, partidos y narrativas. Desde su mirada, el futbol femenil mexicano vive una paradoja: crecimiento visible y subdesarrollo estructural al mismo tiempo.
“No se puede medir con los mismos parámetros que el varonil”, señala. El futbol masculino tiene más de un siglo de historia profesional en México, mientras que el femenil apenas rebasa el lustro. La diferencia no es de talento; es de tiempo e inversión acumulada.
En las transmisiones televisivas del futbol femenil, es habitual escuchar a los narradores y comentaristas referirse a las jugadoras profesionales como “las niñas” o “las chicas”. El tono puede parecer afectuoso pero reproduce una infantilización que no se aplica para los equipos masculinos. Nombrar es reconocer. Profesionalizar implica ajustar el relato.
La obligatoriedad de crear equipos femeniles se decretó el 5 de diciembre de 2016 durante una asamblea general de los dueños de los clubes varoniles de la Liga MX, en la que el entonces presidente Enrique Bonilla anunció su creación. Se estableció que los clubes que participaban en la Primera División varonil tenían el compromiso de contar con un equipo femenil para profesionalizar el deporte en el país. Sin duda, fue la palanca que permitió el arranque. Hoy, la discusión sobre su eventual eliminación o transformación podría ser legítima si viene acompañada de garantías claras: financiamiento, infraestructura mínima, contratos protegidos y protocolos médicos basados en evidencia Sin esas condiciones, sería un salto al vacío.
La Liga Femenil existe, en parte, porque fue requisito para aspirar a ser sede del Mundial varonil de 2026. Un engranaje más dentro de la lógica expansiva de la FIFA. Pero el debate sobre su obligatoriedad no es un trámite administrativo. Es un punto de inflexión. Si la liga depende todavía de esa disposición para garantizar su existencia en ciertos clubes, su consolidación sigue siendo frágil.
Claudia piensa en su rodilla. Paola en su retiro anticipado. Paulina en la narrativa y la política pública. Las tres historias convergen en la misma pregunta: ¿qué tan sostenible es el futbol femenil mexicano si se le retira el soporte que lo hizo posible? “Somos morras, no vatos”, repiten algunas jugadoras.
No es un reproche al futbol masculino. Es una afirmación de identidad profesional. Un recordatorio de que el profesionalismo no exige homogeneidad, sino comprensión. El futuro de la liga no se decidirá en el vestidor, sino en escritorios y asambleas repletas de onvres. Justo antes de arrancar la nueva temporada. Eso sí, sus efectos también se sentirán en la cancha: en cada rodilla que resista, en cada contrato que se respete, en cada niña que encuentre o no un equipo donde jugar.
La profesionalización real no se mide sólo en goles ni en taquillas. Se mide en protocolos médicos, salarios dignos, investigación científica y estructuras que no dependan de la voluntad momentánea del mercado. La historia del futbol femenil mexicano sigue escribiéndose. Y como toda obra en construcción, necesita cimientos sólidos para sostener lo que ya empezó a levantarse.
GSC / MMM