• Cuando el futbol convierte a niños prodigio en un negocio millonario: las promesas de oro

A los 15 debutan, a los 16 valen millones y a los 18 cargan con la ilusión de un país. Detrás del relato hay otra historia: la de adolescentes que el futbol moldea, exprime y, muchas veces, deja atrás.

Ciudad de México /

DOMINGA.– Lamine Yamal tenía once años cuando el Barcelona decidió que ya no era un niño talentoso, sino un activo financiero en desarrollo. A los catorce, el club de futbol lo blindó con un contrato que lo puso en la órbita de los grandes. A los quince, ya era símbolo de la Selección Española. A los dieciséis, el mundo lo miraba como si fuera inevitable que cargara con la esperanza de un país entero. En unos cuantos días, jugará su primer Mundial.

Lamine Yamal creció en un entorno humilde en el barrio de Rocafonda, en Mataró, en la provincia de Barcelona. Sus padres son originarios de Marruecos y Guinea Ecuatorial, y enfrentaban varias dificultades económicas, incluyendo problemas para pagar la renta. Aun así su familia lo acompañaba a los entrenamientos con una mezcla de orgullo e incertidumbre: deseaban ver a su hijo convertirse en algo grande, aunque quizá eso haría que les dejara de pertenecer pronto.

Sus entrenadores hablaban de Yamal como de una tormenta que se anuncia desde lejos. Aquel 29 de abril de 2023, en el Camp Nou, con apenas 15 años, debutó oficialmente con el primer equipo del Barcelona frente al Real Betis. El marcador estaba 4-0, a favor del Barça, cuando Xavi Hernández –timonel en turno– miró al banquillo y llamó al adolescente que llevaba el dorsal 41 en la camiseta.

Lamine tocó el balón, encaró, buscó el arco y, en apenas diez minutos de juego, dejó una sensación de vértigo. De inmediato, fue señalado como el heredero natural de Lionel Messi en el equipo blaugrana.

Lamine Yamal debutó en el F.C. Barcelona el 29 de abril del 2023 en un partido contra Real Betis | Imago


Cada Mundial renueva la promesa del próximo ídolo, pero también esconde un trayecto más áspero: el del talento que ilusiona y la maquinaria que lo exprime. La mayoría de los adolescentes a los dieciséis años todavía no saben quiénes son. En el negocio del balón, ese margen de duda se reduce a cero. La adolescencia se convierte en un territorio donde la presión pesa más que el cuerpo y la expectativa llega antes que la madurez. Clubes, marcas, representantes, plataformas digitales y casas de apuestas participan en la construcción del personaje. No es espontáneo: es una cadena de valor.

Mientras unos celebran estos prodigios, pocos se detienen a mirar qué ocurre detrás de la euforia: qué se pierde, qué se negocia, qué se rompe. Cada niño convertido en héroe del balón carga una historia que no siempre termina en gloria. El talento no sólo se forma: se empaqueta, se posiciona y se vende. Y en el fondo, la pregunta sigue ahí: ¿cuánto vale una infancia cuando el futuro se firma en millones de dólares?

El día que dejaron de ser niños

Gilberto Mora vivió un proceso distinto a Lamine Yamal, pero igual de acelerado. En México, su nombre empezó a circular en los pasillos del futbol juvenil como una especie de secreto a voces. Un delantero con desparpajo, con una madurez que no correspondía a su edad, que tenía la facilidad para resolver jugadas como si trajera tatuado un mapa de la portería contraria en la corteza frontal del cerebro. Los visores lo siguieron desde los torneos escolares hasta las fuerzas básicas de un club que entendió rápido que tenía en sus filas a un carbón que podía convertirse en diamante.

Llegó el día: 30 de agosto de 2024. Tijuana, Baja California. Estadio Caliente. “La perrera más grande del mundo”, como lo llama la afición de los Xolos. Su equipo, propiedad de la influyente familia Hank, empataba 1-1 frente al Club León. Minuto 65: un rebote quedó suelto en el área. Apareció Gilberto Mora, que había debutado en Primera División doce días antes.

No lo dudó y tiró con la serenidad de un jugador con 100 partidos profesionales sobre los hombros. El balón besó la red y el estadio estalló en un grito coral. ¡Goooool! Así fue el bautizo de un adolescente que se enfilaba como una sólida esperanza. Esa jugada lo hizo el futbolista más joven en la historia de la Liga MX en iniciar un partido y meter un gol.

Gilberto Mora nació en octubre del 2008 y debutó en agosto del 2024, a los 16 años, en el Club Tijuana | Especial


Gil, como le dicen sus cercanos, creció entre canchas de tierra, viajes en camioneta y entrenamientos que parecían diseñados para adultos. Nació en cuna futbolera. Su padre, Gilberto Mora Olayo, fue un futbolista profesional que jugó en el máximo circuito con Chiapas, Toluca, Puebla y Tijuana, este último equipo donde se retiró y del que se volvió entrenador de fuerzas básicas. Mientras muchos jugaban “a los carritos” su hijo estaba enfocado en el futbol. Heredó esa pasión.

A los quince años, ya tenía representante. A los dieciséis, firmó su primer contrato. A los diecisiete, su nombre apareció en las listas preliminares rumbo al Mundial 2026. De inmediato, el país lo adoptó como una promesa que puede salvar a una generación que parece extraviada en la cancha.

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Yamal y Mora se forjaron en contextos distintos pero compartieron una misma renuncia: la infancia. La élite del futbol los recibió antes de que pudieran votar, conducir o entender del todo lo que significa ser un símbolo. Los contratos publicitarios llegaron como una avalancha. Marcas globales los vistieron, los moldearon, los convirtieron en personajes aspiracionales.

Sus redes sociales crecieron más rápido que su musculatura. Cada minuto en la cancha es evaluado no sólo en términos deportivos, sino comerciales. Según el sitio web fotmob.com, el valor económico en el mercado global de transferencias –al 31 de marzo de 2026– de estos dos jugadores es bastante dispar: Mora está tasado en 6.4 millones de euros, mientras que Yamal alcanza los 170 millones. El jugador catalán ya tiene 18 años cumplidos, el mexicano los cumplirá el próximo 14 de octubre. En 39 días, ambos jugarán su primer Mundial.

Dejaron de ser niños sin haber terminado de serlo porque en el futbol moderno no hay lugar para el proceso. Sólo se piensa en excelente rendimiento, buenos resultados y, como diría Shakira, en dejar de llorar y facturar cada vez más.


El sueño ajeno de un entrenador

Ildefonso Mendoza Segovia, mejor conocido como Pichus, fue encargado de las fuerzas básicas del Club Xolos de Tijuana, donde milita Gilberto Mora. Empezó en la cancha, jugando como portero en equipos inferiores de su natal San Luis Potosí y luego jugó en equipos de otros estados. En la campaña 1989-90, defendiendo el arco del Tampico Madero, en Tamaulipas, sufrió un golpe en el ojo derecho que le ocasionó un desprendimiento de retina. Ahí concluyó su carrera como jugador profesional, justo cuando empezaba a despuntar como un gran prospecto.

En el futbol juvenil, la adolescencia se convierte en un territorio de tensiones: entre la ilusión y la presión, entre el sueño y la deserción, donde cada error pesa demasiado y cada éxito se magnifica. Por eso decidió dedicarse a enseñar a otros.

En su carrera como entrenador de fuerzas básicas del xolaje ha visto debutar a varios en la liga profesional: Iván Gacelo López, Luis Chávez, Jesús Angulo y Víctor Guzmán. “Es un sueño que no cumples en ti mismo, pero que entregas todo lo que está a tu alcance para que ellos puedan llegar a cumplirlo”, dice Pichus en entrevista para DOMINGA.

A pesar de que los semilleros futbolísticos –además de formar talentos– son la base de una industria que necesita nuevos activos financieros cada temporada, para él, la emoción de ver a un joven debutar es incomparable. Detrás está el acompañamiento cotidiano: entrenamientos, conversaciones, pero advierte que la presión puede quebrarlos. “Muchos no lo aguantan, no soportan esa presión”, dice. La deserción es parte del paisaje: los que no logran resistir abandonan, y los que continúan deben aprender a transformar el juego en oficio.

La carrera de Ildefonso se vio truncada por un desprendimiento de retina tras un accidente | Especial


Mendoza detalla que la sobreexigencia se manifiesta en irritación, desgano, miedo y aunque los equipos cuentan con psicólogos deportivos, insiste en que el técnico debe saber leer esas señales para poderlo ayudar: “la formación no es sólo técnica, es también emocional”.

En el caso de Gilberto Mora, cuenta Pichus, la importancia fue el acompañamiento: “Siempre está con su familia, siguió con su preparación académica y eso provoca que el niño o los chavos que son así aprendan más rápido. Si te fijas, saben más idiomas, entienden mejor el futbol. No es una condicionante, pero es de mucha ayuda”. Quizá esa es la gran diferencia entre ser una sólida promesa y convertirse en una mercancía sin rumbo.

El futbol juvenil está lleno de talento pero también de indisciplina. Desde su experiencia como formador de talentos, Ildefonso Mendoza considera que a las nuevas generaciones les falta mucha competitividad porque “los jóvenes ahorita tienen todo muy fácil y la verdad que, para ser un profesional del futbol, cuesta demasiados sacrificios, esfuerzos y mucha dedicación y sobre todo apoyo de sus papás”. Y es que la presión familiar se suma a la presión institucional y convierte el juego en obligación.

Algunos lo hacen por necesidad económica y otros por vivir la vida del futbolista que nunca pudieron ser a través de sus hijos. Pichus ha visto casos extremos: “Hay demasiadas presiones. Me ha tocado en equipos amateurs que a niños de diez o doce le pegan por fallar un penal, porque perdieron por algún error”.

El relato heroico del niño que sale de la favela

Pese al relato del "heroico niño de la favela", la mayoría de los jóvenes no llegan a ser estrellas | REUTERS/Daniel Becerril


¿Qué hacer con los adolescentes que juegan demasiado bien para su edad? ¿Cómo protegerlos de un sistema que los convierte en mercancía antes de que terminen la secundaria? El futbol ha construido una narrativa donde el talento precoz es bendición, pero rara vez se habla del costo. En ese tránsito, los derechos básicos de la infancia se diluyen bajo la presión de entrenamientos, contratos y visorias.

Juan Martín Pérez, coordinador ejecutivo de Tejiendo Redes Infancia en América Latina y el Caribe, A.C., recuerda que la Convención sobre los Derechos del Niño de la ONU establece que los menores tienen derecho a la recreación, a la educación, a la salud y a la vida familiar. “Cuando el fútbol altera esos tiempos y espacios, ya estamos ante una violación de derechos. Cuando algo que era una afición o una habilidad comienza a imponerse como un proyecto de futuro al niño, ya estamos hablando de un riesgo alto de violación de derechos”, dice en entrevista.

La tensión es evidente: los derechos del niño chocan con una industria que necesita rendimiento inmediato, visibilidad constante y retorno económico. En ese cruce, la infancia deja de ser una etapa para convertirse en un recurso administrado.

En muchos hogares, el niño se convierte en la esperanza económica. “El relato heroico del niño que sale de la favela brasileña o del barrio argentino y se convierte en estrella es una envoltura romántica. La realidad es que, en los últimos veinte años, quienes logran consolidarse provienen de familias con altos ingresos, capaces de pagar viajes, visorias y entrenamientos. Los demás quedan varados en el camino, invisibles para una industria que tiene al siguiente en la fila”, sostiene Juan Martín Pérez.
Pocos son los jóvenes que surgen de las favelas o los barrios. En las últimas décadas han surgido de familias acomodadas | REUTERS/Mario Anzuoni


La mayoría de los adolescentes no llegan a ser estrellas.
El fracaso deja marcas emocionales y económicas: frustración, rupturas familiares, abusos psicológicos. “Generalmente hay una gran presión familiar, específicamente del padre, y ante el fracaso hay abuso psicológico, violento, emocional contra estos niños”, explica Pérez. “El costo no es sólo deportivo. La infancia se convierte en deuda”, agrega.

Pero hay algo más oscuro y más opaco en los vestidores, en las bancas del futbol infantil y juvenil: la explotación, el abuso físico y la violencia sexual.

Denuncias de abuso y violencia sexual en el futbol

En los últimos años, el futbol argentino ha enfrentado denuncias e investigaciones judiciales por abusos y explotación sexual de menores en las pensiones y divisiones inferiores de clubes grandes. En 2018, se destapó una red de pedofilia y prostitución que operaba en las fuerzas inferiores del Club Atlético Independiente. Jóvenes de 14 años confesaron haber sido víctimas de abuso sexual a cambio de dinero, ropa y artículos deportivos. Hubo varios detenidos, incluyendo a un árbitro y a un representante. El futbol mexicano tampoco está exento de estas denuncias.

En 2022, las madres de dos jugadores infantiles del Club Puebla denunciaron a un falso reclutador de talentos por violación sexual. El Doctor, Xavier Alexander ‘N’, expedía certificaciones falsas a nombre de la Unicef para certificar su trabajo y, según la investigación que realizó la Fiscalía poblana, habría abusado sexualmente de –al menos– nueve menores de edad. El sujeto fue detenido y vinculado a proceso por abuso sexual y violación agravada contra menores de las categorías juveniles.

A pesar de los casos en los que interviene la justicia, “la violencia sexual en el futbol varonil está invisibilizada por el machismo. Es un tema tabú en este deporte. Ahí el silencio se convierte en norma: familias que callan para ocultar a toda costa ese secreto y evitar el estigma social”, dice Juan Martín Pérez.
Xavier Alexander 'N' engañaba a sus víctimas y las resguardaba en una casa de Santa Cruz Buena Vista | FGE


Ni la FIFA ni las Federaciones locales, ni las ligas profesionales intervienen. Los protocolos dentro de estas organizaciones para actuar ante estas violencias son escasos o nulos. Esa opacidad es funcional en una industria donde el control sobre los cuerpos jóvenes también implica poder económico. Mientras menos ruido haya, más intacto está el negocio.

Las infancias rotas del futbol no siempre aparecen en los titulares. No tienen campañas, no tienen representantes, no tienen contratos. Son los niños que entrenan hasta el agotamiento, los que migran sin garantías, los que trabajan en fábricas invisibles, los que cargan con expectativas que no pidieron. Son los que sostienen, desde la sombra, la industria que celebra a los prodigios.

La pregunta sigue abierta, incómoda, urgente: ¿qué vale más, el talento o la infancia? El futbol ha respondido durante décadas con una frialdad que asusta. En el fondo, se trata de alimentar a una industria que necesita producir ídolos, vender historias y sostener la ilusión colectiva cada cuatro años. Pero quizá ha llegado el momento de replantear la ecuación. Porque ningún gol, por espectacular que sea, debería costar la niñez de alguien.

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Los padres que pagan para que su hijo pueda jugar

No aparece en los discursos oficiales ni en los comunicados de los clubes, pero se escucha en los pasillos, en las gradas de las canchas de fuerzas básicas, en las conversaciones entre padres que intentan descifrar por qué su hijo no avanza si el talento es evidente. La industria lo llama “aportaciones”, “cuotas”, “apoyos”. Un filtro disfrazado de oportunidad. Esa es parte de la lógica del negocio del gol: la permanencia depende del capital económico capaz de abrir las puertas del éxito.

El caso de Raúl Alpizar expuso parte del mecanismo. Según varios testimonios, el exentrenador de fuerzas básicas de los Pumas cobraba a los padres y madres de los jóvenes futbolistas –algunos menores de edad– para darles minutos de juego y posibilidades de ascender de categoría. No era una cifra simbólica. Era dinero que muchas familias no tenían y que, aun así, entregaban con la esperanza de que su hijo no fuera descartado. La directiva se deslindó, abrió investigaciones, prometió cambios. Pero todos sabían que Alpizar no era una excepción. Era un síntoma.

Apenas el pasado 28 de febrero, Rafael Márquez , auxiliar técnico de la selección mexicana que jugará el Mundial, lo dijo sin rodeos: “Me duele decirlo a veces, pero ya es hasta cultural en México el tema de la corrupción. Si quieres que juegue tu hijo… pues me tienes que dar [dinero]”. En pleno 2o. Congreso de Futbol Formativo en Querétaro, el excapitán del Tri sostuvo que “es algo que tenemos que cambiar como sociedad para no manchar el máximo deporte que tenemos”.
En septiembre del 2022, Alpízar fue acusado de presunta corrupción en Fuerzas Básicas de Pumas | Especial


En fuerzas básicas esta especie de “cobro de piso” es un obstáculo estructural. No se refiere sólo al dinero. Son favores, influencias, representantes de territorios invisibles. Entrenadores que condicionan minutos en la cancha, visores que recomiendan jugadores a cambio de comisiones, padres que aceptan la lógica porque no quieren que su hijo sea el siguiente en quedarse fuera. Un sistema se sostiene en la opacidad en el que los adolescentes aprenden que el talento no siempre basta.

Mientras Lamine Yamal y Gilberto Mora alcanzaron el éxito por la vía del mérito deportivo, miles de jóvenes en México y otros países viven una realidad distinta. Entrenan en instalaciones precarias. Pagan por todo: para tener uniformes, torneos, viajes. Pagan por ser vistos, para recibir una oportunidad que muchas veces no llega. La industria se alimenta de esa ilusión: la idea de que cualquiera puede convertirse en profesional si trabaja lo suficiente. Pero la verdad es más áspera.

El acceso está condicionado por la economía familiar, los intermediarios correctos y la capacidad de soportar un sistema que exige sacrificios sin garantías.

El futbol profesional presume sus historias de éxito, pero rara vez habla de los que se quedan en el camino. De los que hipotecan la economía familiar. De los que abandonan la escuela porque el club exige disponibilidad total. De los que aceptan condiciones injustas porque no tienen otra opción. De los que, al final, salen del sistema sin contrato, sin estudios y sin red de apoyo.

Un caso emblemático es el de otro mexicano: Paolo Medina Etienne. Nacido en Orizaba, Veracruz, emigró a España en 2002 junto con su familia para integrarse al Deportivo Alcobendas. Siete años después ingresó a “La Fábrica”, como se le denomina a la cantera del Real Madrid. Ahí pasó por todas las categorías inferiores: Alevín, Infantil, Cadete y Juvenil. En cada una se le veía como líder, incluso llegó a portar el gafete de capitán. El punto culminante fue su nominación al Golden Boy 2017, un premio que reconoce a los mejores futbolistas jóvenes del planeta en donde, ni más ni menos, compartió lista con Kylian Mbappé, el hoy jugador estrella del Real Madrid y la selección de Francia (con la que ganó el Mundial de Rusia 2018).

Pero el salto al primer equipo merengue nunca llegó. Ese mismo año fichó con el Benfica de Portugal, donde sólo jugó en el equipo B. Tuvo que regresar a México y se incorporó al equipo Sub-20 del Club Monterrey, luego fue transferido al Sub-20 de los Monarcas de Morelia, donde debutó en primera división el 10 de enero de 2020. Sin embargo, tras la decisión del dueño del cuadro michoacano, el magnate Ricardo Salinas Pliego, para mudarse a Mazatlán, Sinaloa (que acaba de vender su franquicia al Atlante), tuvo que probar suerte en conjuntos menores de Grecia, España y Rumania, aún sin resultados favorables.

El futbol mexicano produce talento pero también fabrica ilusiones que muchas veces se desmoronan. Ildefonso Mendoza dice que “hay papás que se engañan y ellos mismos pagan porque el hijo juegue, por el sueño que quieren cumplir y que ellos no pudieron lograr”.

Paolo Medina, la promesa del futbol mexicano perdida en el futbol de Rumania (@paolomedina2)

Decepciones pueriles en el futbol mundial

El Mundial es una fábrica de ilusiones que nunca se detiene. Cada cuatro años, el planeta entero se sienta frente a la pantalla con la esperanza de descubrir al siguiente adolescente capaz de desafiar la lógica. Un niño que, con un par de jugadas, haga creer que el futuro ya llegó. La maquinaria funciona así: un destello basta para que los titulares lo nombren heredero de alguien, para que las marcas lo conviertan en símbolo, para que los aficionados proyecten sus propias carencias. Pero detrás de esa euforia hay un archivo silencioso de historias que se desmoronaron antes de los veinte.

En 1992, el mundo conoció a Nii Lamptey, el ghanés que Maradona describió como “mejor que Pelé”. Tenía 17 años y jugaba con una naturalidad imposible. Europa lo recibió como si fuera un enviado. Pero nadie sabía que detrás del talento había una vida marcada por la violencia doméstica, por entrenadores que lo trataban como mercancía, por un sistema que lo empujó a madurar a golpes. Lamptey rebotó entre clubes que lo usaron sin preocuparse por su bienestar. Su historia quedó como un recordatorio incómodo: el talento no basta cuando el entorno te devora antes de que puedas entenderlo.

A inicios de los dosmiles, Freddy Adu se convirtió en el adolescente más famoso del futbol estadounidense. Tenía 14 años cuando firmó contratos millonarios. La Major Leage Soccer lo presentó como su salvación. Nike lo vistió. La exposición fue tan intensa que dejó de ser un niño para convertirse en un producto. Adu pasó por más de quince equipos en una carrera errante que nunca encontró estabilidad. Su nombre se volvió sinónimo de promesa frustrada, una advertencia para cualquier adolescente que hoy recibe elogios desmedidos.

Antes de Lamine Yamal, también en España, Bojan Krkić cargó con una etiqueta que nadie debería cargar a los 17 años: “el nuevo Messi”. Debutó con el Barcelona como si estuviera destinado a dominar Europa. Pero detrás de esa narrativa había un adolescente que sufría ataques de ansiedad, que se paralizaba antes de los partidos, que no encontraba un espacio para decir que no podía más. El club no tenía herramientas para acompañarlo emocionalmente. Bojan sobrevivió, sí, pero tuvo que reconstruirse lejos de la expectativa que lo había encumbrado.

La infancia de Nii Lamptey estuvo marcada por el maltrato físico por parte de su padre alcohólico | Especial

No todas las historias terminan en tragedia. Martin Ødegaard, el noruego que debutó a los 15 años, logró sobrevivir a la etiqueta de “niño prodigio”. Lo hizo gracias a un proceso de maduración tardía y a un club que entendió que el talento adolescente necesita tiempo, protección y silencio. Su caso demuestra que es posible florecer sin quemarse en el intento. Pero Ødegaard es la excepción, no la norma.

La mayoría de los adolescentes que brillan en un Mundial juvenil desaparecen del radar antes de cumplir los 22. No porque les falte talento, sino porque el sistema los exprime antes de que puedan consolidarse. El futbol fabrica ilusiones a la misma velocidad con la que las destruye. Y en ese ciclo, los adolescentes quedan atrapados entre la promesa de la gloria y la posibilidad del olvido.

GSC/ASG

  • Enrique Hernández Alcázar
  • Periodista, columnista y conductor de noticiarios con más de 25 años de trayectoria en medios de comunicación. Desde el 2005 conduce el informativo vespertino en W Radio

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