Con una carrera marcada por personajes densos y emocionalmente exigentes, Alberto Guerra encontró, paradójicamente, el paraíso dentro de una cabina de doblaje.
En Hoppers, la nueva cinta animada de Disney-Pixar, el actor da voz al alcalde Jerry, un líder que desde la desconexión con su entorno encarna los claroscuros del poder en un universo infantil donde el diálogo y la conciencia ambiental terminan por imponerse como verdadera fuerza de transformación.
“Es sumamente divertido. Ha sido, hasta ahora, el proceso más padre —compartió Alberto Guerra en entrevista exclusiva con MILENIO, mientras recordó el contraste que hay entre este proyecto con su trayectoria reciente que incluye las series ‘El accidente’, ‘Me late que sí’ y ‘Narcos México’—. Las emociones están disparadas al mil por ciento y es todo lo contrario de lo que uno intenta hacer en la actuación, en la que uno suele contener, aquí no tenía ni idea de qué hacer”.
Para un intérprete que ha transitado con solvencia por el drama en cine y televisión, de producciones internacionales a proyectos latinoamericanos de alto perfil, la animación representaba una deuda personal; de hecho, “llevaba rato gritándole al mundo entero que tenía ganas de hacer una caricatura para que mis hijos la pudieran ver y poder compartir eso con ellos, de mi profesión. Y me llegó el alcalde Jerry, y ha sido increíble. Lo adoro, cien por ciento”, dijo.
Vacaciones pagadas y un salto al vacío
Acostumbrado a personajes de intensidad psicológica, Guerra no dudó en describir la experiencia del doblaje como un respiro en su carrera, “esto es el paraíso”, dijo mientras soltó un leve respiro, “son unas vacaciones”, sonrió, “exacto. Y sí, me gusta, pero también creo que mientras más años llevas en esta profesión, más ganas te dan de explorar los diferentes recovecos que hay y que te llevan a cosas nuevas, a nuevos retos, el doblaje lo es para mí”.
Y el reto no fue menor, “me acuerdo cuando vine a hacer la prueba para el proyecto: estaba más nervioso que en la gran mayoría de las cosas que he tenido que probar en esta carrera, porque sabía que era algo completamente fuera de mi control y de mi área”, porque la animación exige una desnudez distinta, aquí no hay cuerpo, no hay mirada, no hay gesto que sostenga la emoción. Y ese se convirtió en el reto principal, comunicar emociones solo con la voz.
En Hoppers, una niña se transforma en castor, con ayuda de tecnología de punta desarrollada por una profesora de su escuela, y así es como ingresa al mundo animal. La película propone un relato que combina humor, ciencia ficción y una reflexión ambiental contemporánea que nos lleva a pensar en la relación que tenemos con nuestro entorno. El alcalde Jerry no es un villano tradicional; es un político dentro de un universo infantil, mucho más amable que el real.
Para dar vida a un personaje como el alcalde Jerry “tomé elementos de la vida real como guía, pero fuera de eso es un área completamente por explorar. Aquí el mensaje no está en la política o en su profesión, sino en lo humano: reconciliación, reconexión, ayudarnos a abrir los ojos a lo que realmente vale la pena. Es un gran mensaje para los niños y por eso me interesó participar en el proyecto, creo que este tipo de historias siempre nos invitan a tomar conciencia”.
Infancias con conciencia
En esa dimensión ética es donde Guerra encontró uno de los ejes más poderosos de la película, porque considera que “las nuevas generaciones tienen una conciencia que mi generación no tuvo. La conciencia que tiene hoy mi hija de nueve años no tiene nada que ver con la que yo tenía a esa edad. Y eso es educación”, es congruencia, una palabra que repitió varias veces durante la entrevista para explicar parte del arco emocional por el que atraviesa su personaje.
“Los niños son como esponjas, tienes que tener mucho cuidado con qué les inculcas porque eso te lo van a regresar”. Y recordó un momento personal que resume parte del espíritu de Hoppers, “si un día tiras una colilla en la calle, por descuido, por falta de conciencia, tienes a dos personas que te dicen: no, no, no, ¿qué haces? Y te regresas y la recoges. Mis hijos me mantienen sobre esa línea, tengo la obligación de ser congruente con lo que les enseño y ser ejemplo”.
En ese sentido, el aprendizaje que le dejó el alcalde Jerry es profundamente humano: “Una de las cosas más bonitas es que él no hace las cosas por maldad, sino por no darse cuenta. Y ese es gran parte del problema actual: la falta de empatía. La película trata de hacerle ver más allá de sus narices para convivir en paz. Y eso es hermoso, porque desde la mirada de las infancias siempre hay segundas oportunidades. Hay mensajes muy profundos y hermosos”, compartió.
El arte de actuar sin cuerpo
El proceso técnico también lo sorprendió. En la versión original, el personaje cuenta con la voz de Jon Hamm, “las caricaturas suelen estar en un tono más arriba de lo que un actor como Jon Hamm o como yo hubiéramos abordado de inicio. Eso lo vuelve más divertido, te saca de la realidad absoluta”, de esta experiencia aprendió que “tengo la capacidad de dar una emoción muy clara hacia cualquier lado, enojo, satisfacción, sorpresa, sin necesidad de verme a mí mismo. Eso también es actuación”.
Pero también descubrió el desgaste invisible: “es muy cansado. Tu energía está focalizada en un solo instrumento. Estás todo el día sintiendo emociones, repitiendo escenas, sin moverte. todo lo haces con la voz”. El alcalde Jerry le tomó un día completo de grabación “muy intenso y muy divertido. Es un poco esquizofrénico (el arte del doblaje), porque escuchas muchas cosas al mismo tiempo. Si no gozas un poco esa esquizofrenia, este no es tu lugar”.
El círculo perfecto
Treinta años después de que Pixar transformara la animación contemporánea, Guerra se sumó a una tradición que marcó su adolescencia y ahora acompaña la infancia de sus hijos. “yo sigo viendo toda esta serie de películas, porque apelan a la nostalgia, es muy lindo”, dijo al recordar clásicos como Toy Story. En Hoppers, Alberto Guerra no sólo presta su voz: se permite jugar, equivocarse y reconciliarse con una dimensión lúdica que pocas veces asoma en el drama.
Es, quizá, uno de los movimientos más estratégicos y sensibles de su carrera: entender que la animación no es un género menor, sino un territorio donde la emoción se amplifica y el mensaje se vuelve semilla. Y en tiempos de ruido y polarización, que un alcalde animado aprenda “a mirar más allá de sus narices” puede ser, inesperadamente, un acto profundamente político. Hoppers llegará a las salas de cine mexicanas el próximo 05 de marzo.