• Mimí Derba: la mujer que llegó primero al cine mexicano y no quedó en ninguna parte

  • Fundó la primera productora de cine en el país y dirigió en plena Revolución, desafiando su época. Más de un siglo después, Mimí Derba es una pionera olvidada del cine mexicano.
Ciudad de México /
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DOMINGA.– México no suele olvidar a sus divas pero olvidó a una: Mimí Derba, su primera directora de cine. Tomó su nombre artístico de la leche de magnesia, Erba. Su acta de nacimiento dice: Herminia Pérez de León. Fundó con el cineasta Enrique Rosas la compañía Azteca Films en 1917 cuando no había ni productoras en el país. Pasó de actriz y vedette de las carpas y teatros de revista al cine mudo y luego al sonoro. Más de cien años después, pocos, muy pocos, conocen su legado, y aún hoy las mujeres luchan por ese reconocimiento en el cine del que gozan los hombres.

La primera vez que la escritora y guionista Ana Romero supo de la existencia de Mimí Derba, era una niña. Proveniente de una familia “acomodada”, que no estudió cine y lo ejerció de manera autodidacta, y recibió una educación poco común para la época, con clases de música, teatro y literatura, que terminó siendo un importante rostro del “cine de oro”, fue actriz de reparto del primer filme sonoro de México, Santa (1932), y también de clásicos como Ustedes los Ricos (1948) y Salón México (1949), entre otras.

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Ana Romero la vio en blanco y negro en su papel de matrona en Dos tipos de cuidado, de 1953, película en la que interpretó a doña Josefa, la madre de Jorge Negrete, que le fascinó porque vió a una mujer que ponía orden a los enredos de la trama. Pero, años más tarde, vio un documental de Alejandra Moya y descubrió sus otras facetas –el guionismo o la dirección– que la inspiraron para escribir un libro.

“Ahí descubrí que había sido la fundadora de Azteca Films, que fue la primera compañía cinematográfica mexicana fundada por una mujer, Mimí Derba. Yo dije: es imperdonable que no lo sepa, porque además me gustan esos temas de mujeres aguerridas, de chavas que escaparon de la caja que la sociedad les había impuesto”, recuerda. “Me daba vergüenza. Y me puse a investigar y entre más investigaba sobre el personaje, más me enamoraba de ella y más me jalaba los pelos porque decía: ¡cómo no hay una estatua o algo!

En efecto, en todo el país no existe una estatua de Mimí Derba, aunque sí una calle en la Ciudad de México con su nombre en la colonia Forestal en la alcaldía Álvaro Obregón. Ahora, en una librería en la colonia Roma, en la Ciudad de México, con un par de cafés de por medio, Ana Romero habla de su nuevo libro, Diva (Grijalbo), una novela histórica sobre Mimí Derba, con la que busca hacerle un poco de justicia al personaje invisibilizado, que rompió varios paradigmas de su época.

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Romero delinea, tras meses de investigación y con ayuda de la ficción, a una mujer que tenía muy claro que
no quería tener hijos ni soñó con el matrimoniosegún el libro Mimí Derba, biografía de una artista (2024), del escritor Ángel Miquel, estuvo casada por unos meses con un militar, Raúl de Alba. Vivía del y para el teatro, y luego para el cine, que llegó a México precisamente en la época porfirista. “No todas nacimos para ser madres, algunas tenemos el alma de revoltosas”, habría dicho o tal vez no Mimí Derba, escribe Ana Romero en su libro.

¿Acaso eso fue lo que la condenó a ser recordada más como actriz y vedette, que como directora de cine? La autora dice que sí, influyó, en un país machista se rebeló al mandato social de la época, era el México posrevolucionario de 1917 cuando escribió, produjo y actuó Alma de sacrificio y En defensa propia, y dirigió su primera película, La tigresa.

Se incendió el legado de Mimí Derba en la Cineteca

“Al ser una mujer pública, una mujer que se debía a las audiencias desde jovencita, estuvo en el teatro y fue cantante y fue todo, estuvo siempre en el ojo del huracán, porque además nunca hizo lo que la sociedad le decía que hiciera. No se casaba, no tenía hijos y pues la atacaron sin tregua. Le hicieron una fama muy desagradable”, cuenta la escritora. Ana se refiere a los rumores, que la emparejaban con militares o empresarios, “hombres poderosos”, o sobre su vida íntima, que el periodismo amarillista de esos años se encargó de difundir.

Pero también tuvo que ver un episodio trágico, el incendio de la Cineteca Nacional del 24 de marzo de 1982. Mimí Derba llevaba veintinueve años muerta (murió en 1953 a causa de una trombosis pulmonar) cuando un incesante fuego de más de diez horas acabó con el 99% del archivo histórico del país, de acuerdo con el gobierno, en el que estaban 6 mil 506 negativos, de los cuales 3 mil 300 eran producciones mexicanas, entre ellas el acervo de la productora Azteca Films, como La tigresa, que está prácticamente perdida. “Se fue al olvido, se fue a las llamas. Y yo creo que eso tiene que ver muchísimo”, reflexiona la escritora.

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Por eso Ana Romero quiso inmortalizar el legado de Mimí Derba con una novela histórica, y en esa novela le hizo un guión de película muda y otro de acción. Y rescató así la obra de Mimí de entre las ceniza, a través de la metaficción. “Soy guionista también, entonces yo quería que Mimí tuviera su película de heroína, de protagonista absoluta y yo podía escribirla”, dice Ana todavía en el primer café en esta entrevista para DOMINGA.

La falsa película trata sobre el atraco de un banco que es planeado en una pastelería. El plan es orquestado por la mismísima Derba con los sobrevivientes de la Banda del Automóvil Gris para financiar su productora, Azteca Films. El guión del filme surge para llenar con ficción un hueco en la historia, pues por años se especuló que el mecenas de Azteca Films era el militar González Garza. A Pablo se le relacionó con la Banda, que robaba las casas de los ricos de la época, y también como autor intelectual del asesinato del revolucionario Emiliano Zapata.

“Jamás pudo probarse que Pablo González era el líder de la Banda del Automóvil Gris, pero tampoco hay pruebas de que él fue el autor intelectual del asesinato de Zapata y, sin embargo, todos sabemos que es culpable”, escribe Ana. Otro de los chismes históricos que también aparecen en el libro Diva es que él tuvo un romance o al menos un crush con Derba. Como sea, en la novela de Romero los rumores de la época son rumores de la época y puestos en perspectiva, a la distancia, dan la impresión de que para la sociedad y la prensa de ese tiempo su historia era mucho más creíble siempre y cuando un hombre estuviera detrás de sus aspiraciones.
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“Lo importante de su vida es lo que hizo en el cine, lo que hizo en el teatro, estuvo en la huelga de teatreros e hizo un montón de cosas, y eso es irrelevante, lo importante es el chisme, el morbo, a ver con quién se acostó”, ironiza la autora.

Pero ¿cómo se construye un personaje con tantos mitos alrededor? La novela es quizá el género predilecto para eso. Ana Romero tejió hechos y rumores, y le agregó de su cosecha, el resultado fue una protagonista compleja que fracasó como dramaturga, y tuvo sus claroscuros en el cine, que quería ser una “diva”, pero también sabía hacerse a un lado cuando era necesario.

“El personaje de la novela de Mimí es una invención por completo mía. Yo no sé si de chiquita iba al cine o no, pero me pareció que era consecuente con lo que leí de ella y leí un montón de cosas de ella, porque una novela histórica es como armar un rompecabezas”, cuenta Ana.

El papel de matrona inmortalizó a Mimí Derba en decena de películas

De su etapa como productora, directora o actriz de cine mudo, prácticamente no queda nada. El incendio en la Cineteca Nacional se llevó todo ese legado. Sólo sobrevive un fragmento de La soñadora (1917), una película que Ana Romero describe como una rareza técnica adelantada a su tiempo, pues está narrada en flashbacks, con la protagonista contando desde la cárcel cómo fue orillada a cometer un crimen. “Ya todo alguien lo hizo y nosotros ‘¡Oh, Tarantino!’. En el cine silente se hacían estas locuras”, dice Romero con una sonrisa.

Lo que queda de Mimí Derba en el archivo cinematográfico mexicano es su carrera como actriz, ya en los tiempos del cine sonoro. Lo más antiguo es quizá Santa, de Antonio Moreno, pero ya no es la joven luchadora sino la dueña del burdel. Su típico papel de matrona que la inmortalizó, en una decena de películas, a partir de los años cuarenta. “La Derba más joven, luchadora, no la conocemos”, dice Romero. “Por eso queda reconstruida en esta novela”.

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Ana Romero también dibuja el
ambiente cultural de la Revolución como telón de fondo para la protagonista. Uno de los ejes principales de ese mundo es la llegada del cinematógrafo, que transformó el acceso a la cultura en un país donde el teatro era un privilegio para unos pocos, como en la actualidad.

“Estaba un México bien vibrante. En México estaba la Revolución, pero la llegada del cinematógrafo modificó todo porque acercó a todas las audiencias. Fue una forma de expresión de la memoria histórica y estaba al alcance de todo el mundo. Estaban las carpas, el Teatro de Zarzuela, el Teatro Lírico, pero ir al teatro tenía un precio alto que no toda la gente podía pagar. Al cine, en cambio, todo mundo podía ir”, explica la novelista.

Aunque uno de sus héroes históricos es Emiliano Zapata, Ana dice que en sus novelas la historia que le interesa no es la de los caudillos ni las grandes batallas, esas ya se han contado, sino la que ocurrió puertas adentro. “Me gusta la historia pequeñita, la que se escribe dentro de las casas de la gente que vivió eso”, dice.

A Mimí Derba le jugó en contra ser demasiado burguesa

Quizá también a Mimí le jugó en contra en la memoria histórica colectiva ser demasiado burguesa, a diferencia de su compañero de aventuras, Enrique Rosas. Mimí vivía en una zona acomodada de la capital, era lo que hoy podríamos llamar “una fifí”, dice Ana Romero, y se enteraba apenas de lo que ocurría a dos cuadras, en el Zócalo. Los fusilamientos, los trenes, las matanzas en descampado eran, para ella, otro mundo. Fue el cineasta Enrique Rosas quien le abrió esa ventana.

“Creo que los dos se abrieron ventanas a las que no les estaba permitido asomarse por circunstancias de vida”, dice. “Y se asomaron el uno a la otra y crearon la compañía, Azteca Films”. Azteca Films, cuyo nombre de nacimiento fue Sociedad Cinematográfica Mexicana Rosas, Derba y Cía., sólo filmó cinco producciones, todas en 1917 (La Tigresa, Alma de Sacrificio, En defensa propia, En la sombra y La soñadora), antes de desaparecer en 1918 por falta de solvencia económica y su fracaso de expansión al mercado estadounidense.
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Ana Romero también hace otra reivindicación, pero semántica, a la palabra “diva”. Le molesta que el mismo término que se usa como elogio para los hombres –como ejemplo pone a Juan Gabriel, el Divo de Juárez–, funcione como insulto cuando se aplica a una mujer. Es la misma asimetría del zorro y la zorra, que en la cultura popular tiene una valoración opuesta según el género. Para la autora, Mimí Derba encarnaba el término en su acepción más plena y más justa, una diva de pies a cabeza. No sólo porque su participación en cine, como actriz, guionista o directora, supera las setenta películas, sino también por su personalidad libre y rebelde, que rompía los moldes en un contexto machista.

Diva es efectivamente una reivindicación. Fíjate Juan Gabriel el Divo. Y lo dicen como un halago, sí, pero de María Félix dicen: ‘es que se sentía muy diva’. Me parece injusto. Y creo que Mimí era una diva en todos los sentidos de la palabra”.

En la obra hay una tercera reivindicación, un tanto más personal, la de la guionista como figura olvidada. Romero, que viene del cine y hace guion, conoce bien esa invisibilidad. Para colmo, antes de la entrevista, por la mañana, ocurrió una anécdota que retrató a la perfección esa omisión y que Ana Romero describió como ejemplo. En Cannes le dedicaron cinco minutos de aplausos a Diego Luna como director de Ceniza en la boca, una película basada en la novela del mismo nombre de la escritora Brenda Navarro, cinco minutos a la actriz, y la guionista no fue mencionada. Tuvo que meterse a la plataforma IMDb para descubrir que se trataba de Abia Castillo

Ana Romero rescata a Mimí Derba como una mujer libre que desafió los prejuicios de su época y redefinió el significado de "diva" | Especial
“Nadie nunca dice nada al respecto. Y entonces, como yo soy guionista, lo más bonito de escribir ficción es que uno es Dios y es el amo y señor de lo que está escribiendo. El guión es el rey [en Diva] y tiene un papel preponderante porque en ningún otro lado lo tiene”, comenta.

Entonces, en su novela, el guión es el rey, y Mimí Derba es una “diva” que será recordada.



GSC / MMM


  • Neldy San Martín
  • Periodista feminista dedicada al periodismo de investigación. Fue jefa de información en Animal Político y reportera en Proceso y El Financiero Bloomberg. Cubrió la campaña presidencial de Andrés Manuel López Obrador en 2018. Le interesa narrar historias de resistencia y promover el periodismo de soluciones.

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