Después de décadas trabajando en una industria que cambia de lenguaje con rapidez, pero no siempre de estructura, Natasha Lyonne ha actuado, escrito, dirigido y producido lo suficiente como para entender que el poder en Hollywood no se juega sólo en la visibilidad, sino en la posibilidad de sostener una voz propia a lo largo del tiempo. Conversé con Lyonne con la misma mezcla de lucidez, ironía y distancia con la que suele moverse entre personajes.
Más que ofrecer definiciones cerradas sobre ser mujer, su mirada se detiene en lo inestable, en las palabras, las jerarquías, las historias y las formas en que una experiencia humana logra seguir siendo irreductible.
¿Qué significa ser mujer para Natasha Lyonne?
No lo sé, es una pregunta complicada. Cada vez pienso más en esto como una especie de torre de Babel, incluso cuando se trata de la palabra “mujer”. Pienso mucho en la etimología y en cómo las palabras cambian con el tiempo, en cómo atraviesan ciclos y adquieren nuevos significados.
“Definitivamente ya no significa lo mismo que antes, y tampoco significa lo mismo para todas las personas. Por ejemplo, mi amiga Laverne Cox estuvo hace poco en la portada de Time, y eso también cambia la conversación sobre lo que entendemos por mujer.
“Entonces, no estoy muy segura de qué significa ser mujer hoy, o incluso qué significa la palabra en sí en este momento. No creo que exista una sola definición estable. Los términos generales que intentan abarcar a todas las personas cambian constantemente y pueden usarse de manera positiva o negativa, según el contexto.
“En lo personal, siempre he disfrutado cosas como la ropa, un buen blazer negro, sentirme bien con mi imagen, tener un buen día. Eso me hace feliz, pero al mismo tiempo entiendo que eso no define lo que significa ser mujer.
“También pienso en palabras como “chicas”. En ciertos momentos parecía que esa palabra se volvía problemática, como si estuviera cargada de otra connotación, pero luego vuelve a usarse de manera natural. Son palabras que entran y salen del lenguaje cultural, del zeitgeist, y van cambiando con el tiempo.
“A medida que creces, te das cuenta de que estas palabras no son fijas, de que significan cosas distintas según el contexto de cada persona”.
Después de cuatro décadas en la industria, ¿crees que ese trabajo finalmente se reconoce y se recompensa de manera significativa?
Bueno, cuatro décadas suenan distinto cuando empiezas desde muy joven. Creo que, con el tiempo, aprendes a aceptar la incomodidad. Muchas veces sientes que las cosas no están alineadas como esperabas, pero eso también es parte del proceso de crecimiento.
“Los “dolores de crecimiento” implican darte cuenta de que la incomodidad también es una respuesta en sí misma. Hay momentos en los que parece que nada encaja como imaginabas, pero si logras atravesar eso, descubres que ahí hay una solución que no habrías encontrado de otra forma.
“También empiezas a abandonar la idea de que todo tiene que encajar perfectamente o responder a una expectativa personal. Dejas de verlo todo desde una perspectiva limitada o centrada únicamente en ti.
“Te das cuenta de que trabajas dentro de una comunidad de personas y de que cada una está viviendo su propia experiencia. Durante todos estos años he trabajado con muchas personas, y cada una aporta algo distinto, incluso desde lo que está viviendo fuera del trabajo.
“A veces alguien puede estar pasando por algo personal y tú ni siquiera lo sabes, pero eso influye en el ambiente, en el proceso y en el resultado. Creo que esa es una de las cosas más importantes que aprendes con el tiempo: a entender lo complejo que es el mundo que te rodea. Eso te prepara mejor como directora, como escritora o como productora, porque empiezas a escuchar no solo tus propias ideas, sino también el ritmo de todo lo que está pasando alrededor.
“Empiezas a percibir la energía de una habitación, a sentir cómo se desarrolla el día y, en lugar de imponer algo, te adaptas. Es como una improvisación constante, como un músico de jazz: escuchas, observas, sientes y respondes. Eso hace que las cosas se sientan más orgánicas, más reales”.
¿Dirías que la mayoría de tu equipo son mujeres?
No lo pienso tanto en términos de porcentaje. Por ejemplo, en la sala de escritores de Russian Doll hubo muchas mujeres y, en su momento, eso fue importante, pero no fue algo forzado; simplemente sucedió.
“Lo interesante es que, cuando tienes ese tipo de espacios, dejas de hacer ciertas preguntas que normalmente se repiten. Ya no tienes que cuestionar constantemente por qué una mujer quiere hacer algo o cuál es su motivación desde ese lugar. Las historias pueden desarrollarse de forma más natural, sin tener que justificar ese tipo de cosas. Se vuelven más fluidas”.
¿Cómo influye en tu forma de ver el mundo haber crecido en Nueva York?
Muchísimo. Crecer en Nueva York te hace darte cuenta de lo pequeño que eres en el mundo, en un sentido muy amplio.
“Recuerdo ver edificios y pensar que en cada ventana estaba ocurriendo algo distinto. En un lugar alguien podía estar pasando por un momento difícil; en otro, alguien estaba celebrando; en otro, alguien estaba empezando algo nuevo.
“Eso te hace entender que todo está interconectado y que el mundo es mucho más complejo de lo que parece. También te obliga a interactuar constantemente. No puedes vivir en una burbuja. Tienes que moverte, adaptarte, responder al entorno.
En lugares como México, donde la industria ha sido dominada por hombres, ¿debería cambiar para que el contenido conecte más con mujeres y hombres?
No estoy segura de esas estadísticas, así que no quiero afirmar algo que no conozco por completo. Pero, en general, no pienso en hacer contenido “para mujeres” o “para hombres”. No me gusta esa clasificación. Creo que las historias deben ser honestas y reflejar la realidad tal como es, sin encasillarse. Cuando haces eso, conectan de forma natural con más personas.
hc