El ritual eterno: Caifanes detiene el tiempo en el Auditorio Nacional

Crónica

Entre luces azules y el eco de 10 mil gargantas, Caifanes detuvo el tiempo en el coloso de Reforma para oficiar un ritual de catarsis sonora, nostalgia y denuncia.

Saúl Hernández bajo la luz del Auditorio Nacional, guiando a su tribu en una noche donde estrellas estuvieron en el escenario. | Foto: Miguel Álvarez
Miguel Álvarez
Ciudad de México /

El desfile de chamarras negras, botas de plataforma y playeras estampadas con el logo de la banda marcaba el inicio del ritual a las afueras del recinto. Miles de almas se reunieron en el Auditorio Nacional para recibir a una de las bandas de rock en español más grandes de América Latina. Era el inicio de un fin de semana marcado por dos sold out ante cerca de 10 mil personas. Desde las butacas, el vibrar de la música logró igualar los latidos del corazón; el sonido de los bajos recorrió desde la planta de los pies, pasando por los brazos, para terminar en el pecho. Fue la prueba física de cómo los graves erizan la piel y los agudos enamoran el oído.

El concierto dio inicio con Hasta que dejes de respirar. Saúl Hernández, en voz y guitarra, señaló al público mientras miles de gargantas coreaban al unísono: 

“Antes del sueño déjame elevarte
Tus oraciones todos tus deseos
Hasta que calmes tu tempestad
Hasta que dejes de respirar”.

Uno de los primeros grandes momentos de la noche ocurrió cuando el escenario se tornó de color azul. Con apenas un par de notas musicales, todos los presentes ya sabían cuál era la siguiente canción: Los dioses ocultos. Las luces que salían del escenario proyectaban sus sombras sobre las paredes del recinto, y otras apuntaban al techo simulando estrellas, creando la ilusión de que la noche sería eterna. En medio de esa atmósfera, el saxofonista Diego Herrera y el guitarrista Rodrigo Baills se armonizaron para hacer una declaración de amor sonoro, un juego musical impecable.

Pero la noche no solo fue de nostalgia sonora, también hubo espacio para la denuncia. Previo a tocar, Saúl tomó el micrófono para hacer una confesión contundente:

 “La canción que se escribe es para ti, mujer, necesitamos más hombres y menos machos, para que nos enseñen de las igualdades hacia las mujeres, porque exigiste ni una mujer más”.

El momento en que estalló el Auditorio Nacional

El momento cumbre estalló cuando sonó Afuera, la canción que literalmente detuvo la noche y logró que todo el auditorio se pusiera de pie para aplaudir. Cada asistente se sincronizó a la perfección para gritar: ¡Afuera tú no existes, solo adentro!. Fueron minutos en los que ningún integrante desaprovechó la oportunidad de derramar talento. Parecía una danza en la que los protagonistas se alternaban: se veía cómo el cabello de Alfonso André danzaba al ritmo de los platillos en la batería, mientras se sentía cómo Marco Rentería controlaba la euforia del público con cada nota de su bajo.

Sonaron himnos como Cuéntame tu vida y Mátenme porque me muero, demostrando que son hermosos seres que avanzan en manada; una música que no sabes a dónde te lleva, pero te marca el camino. Durante esos instantes, realmente lograron detener el tiempo. Al final, las luces salieron disparadas desde la tarima hacia el público, dejando una sola certeza flotando en el aire: las verdaderas estrellas estaban allí arriba, en el escenario.

Tras agradecer a los asistentes, los músicos abandonaron sus instrumentos. Pero el público quería más; se rehusaba a que la noche terminara. Durante diez largos minutos, los gritos, chiflidos y coros de ¡Otra, otra! no cesaron. Todos encendieron las linternas de sus celulares para iluminar el escenario, en espera de que la banda regresara a despedir el evento.

La espera terminó cuando una luz azul chocó con los instrumentos y los músicos regresaron a sus posiciones. Junto a Alfonso André en la batería y Marco Rentería en el bajo, la alineación retomó el control absoluto del recinto.

El regreso valió completamente la pena. En el bloque de cierre hubo un homenaje al Divo de Juárez con Te lo pido por favor. Al grito de “no me dejes nunca, nunca”, los asistentes levantaron los brazos para balancearlos de un lado a otro. La noche terminó con el ritmo inconfundible de La negra Tomasa. Con un humilde “el aplauso es para ustedes”, el escenario se apagó y las luces del lugar anunciaron que el tiempo regresaba a la normalidad; atrás quedaba un concierto que padres, madres, hijos, abuelos y parejas guardarán siempre en sus corazones.

MA

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