Todo comenzó en una cocina. El 25 de septiembre de 1976, Larry Mullen Jr., un adolescente de 14 años, reunió en su casa de Dublín a varios muchachos que habían respondido al anuncio que colocó en el Mount Temple Comprehensive School buscando músicos para formar una banda.
Entre ellos estaban Paul Hewson, David Evans y Adam Clayton.
Todavía no eran Bono, The Edge, Adam y Larry como los conocemos hoy. Ni siquiera eran U2.
Eran muchachos tratando de aprender a tocar.
Aquí nos llega la primera gran lección de estos 50 años: U2 nunca fue la historia de cuatro virtuosos intentando demostrar cuánto sabían tocar. Fue la historia de cuatro amigos tratando de averiguar qué podían decir juntos.
Primero fueron Feedback, luego The Hype y finalmente U2. En 1979 apareció U2-3, su primer lanzamiento. Después llegaron Boy y October, pero en 1983 sucedió algo fundamental: publicaron un disco llamado simplemente War.
Y comenzó con un redoble militar.
Larry golpeando la tarola mientras la guitarra de The Edge parecía una alarma y Bono soltaba una pregunta que, cuatro décadas después, desgraciadamente sigue vigente:
¿Cuánto tiempo tendremos que seguir cantando esta canción?
“Sunday bloody sunday” hablaba desde la herida de Irlanda del Norte y de aquel Domingo Sangriento de 1972 en Derry, cuando soldados británicos dispararon contra manifestantes por los derechos civiles. Pero reducirla a una canción sobre un conflicto irlandés sería no entenderla.
U2 no estaba escribiendo un himno para un bando. Estaba escribiendo contra la idea misma de que para defender una causa sea necesario seguir enterrando hijos. Bono lo dejó claro muchas veces sobre los escenarios: no era una canción rebelde en el sentido partidista. Era una canción contra la violencia.
Ahí nació buena parte del U2 que conocemos hasta hoy. Porque para ellos el rock nunca fue únicamente entretenimiento. Había fe, dudas, justicia, pacifismo, derechos humanos y una enorme obsesión por la dignidad humana.
Un año después apareció “Pride (In the name of love)”, inspirada en Martin Luther King Jr. Luego vendrían canciones como “Mothers of the disappeared”, relacionada con las madres de desaparecidos bajo las dictaduras latinoamericanas, y “Bullet the blue sky”, nacida después de que Bono viajara por Centroamérica y observara de cerca las consecuencias de los conflictos de aquella región.
No estaban cantando desde una torre de marfil. Querían mirar. Preguntar. Incomodarse.
En 1985 participaron en Live Aid ante la tragedia de la hambruna en Etiopía. Bono y su esposa, Ali Hewson, viajarían después a ese país para colaborar personalmente. Ese contacto terminó transformando también la manera en que Bono entendía el activismo: con los años hablaría de pasar de la caridad a la justicia.
Ese mismo año participó en el proyecto Sun City contra el Apartheid sudafricano. Después llegó Amnesty International. En 1986, U2 participó en la gira Conspiracy of Hope junto a artistas como Sting, Peter Gabriel, Bryan Adams y Lou Reed. Los derechos humanos dejaron de ser solamente referencias dentro de algunas canciones: comenzaron a viajar con ellos.
Y eso es importante para entender a U2. La banda decidió que el escenario podía servir también para poner un reflector sobre alguien que no tenía uno. Por supuesto, esa postura les ha costado críticas. Bono ha sido acusado durante décadas de sermonear, de acercarse demasiado a políticos o de creer que una estrella de rock puede cambiar problemas extraordinariamente complejos.
Pero él eligió sentarse precisamente con quienes podían tomar decisiones. Presidentes. Primeros ministros. Papas. Banqueros. Congresistas. Con Jubilee 2000 se involucró en la campaña internacional para cancelar las deudas impagables de los países más pobres. Después llegarían DATA, ONE y (RED), esta última creada con Bobby Shriver para incorporar al sector privado a la lucha contra el VIH/sida.
Bono terminó hablando de deuda externa, medicamentos antirretrovirales, comercio, pobreza extrema y desarrollo frente a algunos de los hombres y mujeres más poderosos del planeta.
Pero antes de todo eso hubo canciones. Y después de todo eso siguieron existiendo canciones. Porque mientras U2 intentaba cambiar alguna pequeña parte del mundo, también estaba cambiando el suyo. The Joshua Tree, en 1987, los convirtió en gigantes. “Where the streets have no name”, “With or without you” y “I still haven’t found what i’m looking for” dejaron de pertenecerles exclusivamente a ellos. Pasaron a pertenecernos un poco a todos. Todos tenemos una calle de U2. Una persona de U2. Un viaje, una ausencia, un amor o una despedida que inevitablemente regresa cuando escuchamos determinada canción.
Y cuando pudieron vivir cómodamente de ese pasado hicieron exactamente lo contrario. En 1991, Achtung baby destruyó buena parte del U2 de los ochenta. Llegaron la electrónica, la ironía, la oscuridad y Zoo TV: cientos de imágenes, palabras y mensajes bombardeando al espectador. Parecía ciencia ficción. Hoy basta mirar durante cinco minutos nuestro teléfono para entender que quizá aquello era una advertencia.
Después llegaron PopMart, Elevation, Vertigo, 360°, Innocence + Experience, el regreso a The Joshua Tree y, finalmente, Sphere en Las Vegas, donde nuevamente intentaron modificar la manera de ver un concierto. Tecnología, sí. Pero las ideas continuaron ahí.
“Sunday bloody sunday” incluso volvió a utilizarse durante la gira 360° en solidaridad con manifestantes iraníes. Décadas después de haber sido escrita para hablar de una herida irlandesa, podía acompañar a personas luchando por sus derechos a miles de kilómetros de Dublín. Eso explica la permanencia de U2 mucho mejor que cualquier cifra de ventas.
Sus canciones envejecieron, pero algunas de las preguntas que contenían no. Han pasado cincuenta años desde aquel anuncio publicado en una pared del Mount Temple Comprehensive School.
Los muchachos también envejecieron.
Y nosotros con ellos. Hay canas, cicatrices, pérdidas, familias, hijos y cincuenta años de carretera acumulados en cuatro cuerpos que alguna vez fueron adolescentes alrededor de una idea.
Pero entonces comienza el redoble de “Sunday bloody sunday”. O The Edge toca las primeras notas de “Where the streets have no name”. O Bono vuelve a cantar “I still haven’t found what i’m looking for”. Y durante unos minutos el tiempo hace algo extraño. Nos devuelve. Y este es el gran legado de U2. No convencernos de que una banda de rock puede arreglar el mundo. Sería demasiado ingenuo. Sino recordarnos durante 50 años que mirar hacia otro lado, haciendo caso omiso, tampoco lo arregla.
Larry puso un anuncio en 1976 buscando músicos. Encontró a tres compañeros. Y aquellos cuatro muchachos terminaron encontrando algo mucho más grande: su propia voz. Cincuenta años después, todavía la utilizan.
Y mientras nos sigamos preguntando cuánto tiempo tendremos que seguir cantando esta canción, quizá valga la pena seguirla escuchando.
mrg