Ellos mismos llamaron a lo suyo “una broma que llegó demasiado lejos”, y por una vez la autodescripción de una banda resultó exacta. Lo que ocurrió esa noche empezó como un juego, en el horario de apertura, y terminó siendo el concierto que 550 personas no van a poder explicar bien.
Abrió el intro de Dragon Ball Z en versión punk. Sobre el escenario, dos luchadores de talla baja —uno vestido de Goku, el otro de Shrek— se agarraron a golpes mientras la banda tocaba. Goku perdió. Entonces el vocalista pidió al público que levantara las manos para hacer una genkidama, ese poder de la serie que se alimenta de la energía de todos. Cuando cientos de brazos subieron, las pulseras que el staff había repartido en la entrada se encendieron al mismo tiempo. Ahí llegó el primer grito de la noche, y con él la sospecha de que nada de lo que siguiera tendría sentido convencional.
En “Si tuviera tres deseos pediría tres veces que Puebla desaparezca” se desenmascararon los seguidores de Ritalin Rats, teloneros esa noche de Tolidos, el grupo principal. Cantaron con una fuerza y una ironía que delataban conocimiento previo: eran ellos quienes ya sabían que una botarga bajaría al público para organizar el slam. Y bajó.
Cuando los fans del grupo principal apenas empezaban a procesar qué estaba pasando, el vocalista anunció a Claudio Yarto. Hubo una pausa de incredulidad —ese segundo en que nadie sabe si va en serio— y luego todo se encendió. El vocalista de Calo interpretó “Capitán” junto al grupo punk, canción que se transformó en “Más vale cholo”, de Molotov, con una letra actualizada que no perdió nada de su ironía. Al terminar, y como todo en este show, sin aviso: el vocalista destrozó una guitarra contra el escenario.
Aprovechando la entrega del momento y sin detenerse, siguieron con “Levanto fierros”, tema propio, otro meme convertido en crítica punk. Casi de inmediato anunciaron a Tito, de Molotov. El público, que todavía se reía asumiendo que era otro gag, fue interrumpido por el grito ensordecedor de los 550 asistentes al ver a Ismael Fuentes salir de su retiro temporal, guitarra en mano, para tocar “Marciano” con este nuevo grupo. A media canción apareció una segunda botarga, esta vez de marciano, que se lanzó contra la primera de la noche. Volvieron a pelearse frente al escenario mientras Fuentes seguía tocando, y nadie pareció encontrarlo fuera de lugar.
Casi sin avisar soltaron “Quiero ser facturero”, otra crítica de su autoría. El vocalista tocó el solo con una guitarra pequeña que al final regaló a un niño de la primera fila. Para ese momento, el escepticismo ya había desaparecido del recinto.
Entonces sonó el intro de “Cazafantasmas” y entró al escenario, enfundado en una Gibson verde, Carlos Trejo. Una vez más con una letra actualizada, esta vez en honor al también cantante, terminaron de convencer a los pocos que seguían resistiéndose.
Ya con el público completamente de su lado, cerraron con “Siete, siete, siete”, donde apareció el rapero de batallas Zticma para rematar una noche que, a esas alturas, daba la impresión de apenas estar empezando. Al final, la bailarina que durante todo el show había regalado globos, pelotas y playeras lanzó unos billetes canjeables por más playeras, y los últimos minutos fueron algo entre concierto, rifa y estampida amable.
La incredulidad fue el hilo conductor: primero por el absurdo, después por los invitados y, al final, por darse cuenta de que todo aquello se sostenía solo. Ritalin Rats abrió la noche, pero terminó siendo suya. Fueron 550 personas las que decidieron seguirles el juego hasta el fondo, y cuando eso pasa, deja de ser un chiste.