Rosalía debutó en la Ciudad de México con su más reciente gira y demuestra que su Lux sigue brillando como el primer día —o más.
El Lux Tour de la española llegó por fin a la capital mexicana luego de dos fechas en Guadalajara y una en Monterrey, además de decenas de conciertos en Europa, Canadá y Estados Unidos desde que arrancó el 16 de marzo, en Lyon, Francia.
La primera de las cinco presentaciones en el Palacio de los Deportes arrancó con el señorial sonido de la orquesta que adelantaba más una puesta en escena que un recital.
Así fue el primer concierto de Rosalía en la CdMx
El público ávido de escuchar a la catalana empezó a gritar desde que abrieron el telón —que asemeja a la parte trasera de un bastidor de una pintura al óleo— y se vio una caja gigante en el centro del escenario.
Al abrir la caja apareció una Rosalía inmóvil: una muñeca de ballerina en la tercera posición —quizá deba ser troisième position en esta vocación políglota de la cantante en su música— y desde ahí empezó a cantar con la misma sutileza y precisión con la que inicia el álbum Lux. “Sexo, Violencia y Llantas”. “Reliquia”, “Porcelana”, “Divinize”, y “Mio Cristo Piange Diamanti”, entre las cuales comenzó el diálogo con el público. Un hola, muchas gracias, algunas lágrimas, mientras la gente que llenó el recinto se volcaba.
Rosalía presentó en noviembre del año pasado su más reciente disco, cuarta producción de estudio, y deslumbró a la crítica y a sus fans con un sonido muy lejano al pop urbano de Motomami, con letras más profundas, formas más complejas, arreglos exquisitos, cantando en diferentes idiomas y, aunque todos hemos oído —al menos algunas piezas— la música, la española vuelve a abrir las bocas desde que arranca el concierto.
A pesar de que ya van cinco meses de conciertos que han generado millones de videos en redes sociales —desde los hechos con un celular tembloroso a 150 metros de distancia, hasta los que hace el propio equipo de la cantante para mostrar en la pantalla gigante— y todo el mundo los ha visto, el espectáculo visual sigue dejando atónitos a todos los asistentes en el domo de cobre.
El concierto da un cambio en el segundo de cuatro actos, cuando la española canta “Berghain”, ese primer sencillo de Lux que, con las cuerdas, violines y chelos, recrea el sonido barroco adornado por una voz soprano y melancólica que habla del miedo, de la ira, de la sangre —y no importa que esté en alemán porque todas las canciones tienen subtítulos en castellano—, inundando todo de nostalgia.
Para cuando Rosalía dice “Yo sé muy bien lo que soy…”, el concierto ya se ha convertido en un torbellino poderoso y el público está en un momento de catarsis, todos de pie, coreando las letras de la española.
La energía la mantiene después con un paréntesis de Motomami: “Saoko” y “La Fama” antes de caminar hacia la luz con “De madrugá”.
Sorprende con invitada especial: Kenia Oz
El tercer acto acaba convirtiéndose en un remanso que hace referencia al arte gráfico en cada canción y llega un cover improbable como “Can’t Take My Eyes off you” donde Rosalía se convierte por primera vez en una obra de arte al cantar en medio de un marco dorado.
El confesionario volvió locos a los fans cuando Rosalía presentó a la sinaloense Kenia Oz, quien contó la anécdota de una de sus “perlas” para dar pie a la canción del mismo nombre.
Rosalía se convierte de nuevo en una obra de arte, una Venus cuyos brazos se pierden en la sombra y los brazos alabastrinos de sus bailarines la arropan en una delicia visual mientras todo el recinto canta a coro: “Hola, ladrón de paz”.
Ahí siguió con el lado b de Lux, “Sauvignon Blanc”, cantada sobre un piano blanco, y una seguidilla de canciones: “La Yugular”, “Dios es un stalker”, “La rumba del perdón”, y “Cute”.
Luego de una transición con tantas referencias que es imposible tener la certeza de captar todas, ya que van desde la presentación de los músicos de la orquesta enmarcados por una cruz gigante en medio de la gente, hasta una especie de botafumeiro que recuerda la purificación en la catedral de Santiago de Compostela, o los versos intercalados de “Sweet Dreams”, de Eurythmics, el espectáculo se convierte en un crisol colorido de la cultura pop.
El final se acerca con un nuevo flashback de Motomami y dos canciones que se volvieron icónicas en su gira previa. Esa gira con la que Rosalía abarrotó el Zócalo capitalino con unas 160 mil personas. “Bizcochito” y “Despechá” suenan a clásicos con la española disfrazada de angelito corriendo, junto con sus bailarines, por todo el escenario.
El concierto termina con “Focu ‘Ranni” y la española cayendo de espaldas al vacío desde una escalera en una escena perfecta para el show que acabamos de ver. Pero, como todo el público sabe, falta el encore. “Magnolias” que es una canción que habla justamente de la muerte y sirve para darle el punto final al álbum y al concierto: Lux.
Cuando uno sale lentamente del abarrotado Palacio de los Deportes, es imposible no pensar que Rosalía misma lo dijo una hora antes: “Sé que me funde el calor / Sé desaparecer”, porque ella sólo es un terrón de azúcar
AH