En una esquina frente a la industria vidriera Crisa en la colonia Terminal, sobre la banqueta cubierta por esa combinación de polvo y aceite de motor impregnado, como cada mañana se estaciona un triciclo color amarillo.
Porta una gran olla de metal blanca, con visibles ralladuras provocadas por el paso del tiempo. Desde hace 51 años, don Jesús Marentes traslada órdenes de tacos al vapor. A 15 pesos el plato con cinco.
Es exactamente en la intersección de las calles Vía a Tampico y Jesús M. Garza donde se ubica el punto de reunión para vecinos y antiguos trabajadores de la cristalería, quienes a diario degustan de guisos como deshebrada, chicharrón, papa o cabeza de cerdo, embarrados sobre aceitosas tortillas de tamaño mediano.
-Pásenle, ¿de qué van a querer? Tenemos de deshebrada, papita y frijol, pregunta el encargado.
-Buscamos a un señor que le dicen "El Sordo".
Sin poder apreciar la expresión en su mirada por los lentes oscuros que lleva puestos, apunta hacia su izquierda e indica: "es él, es mi 'apá".
Señala a un hombre de pie con una postura encorvada y las manos dentro de los bolsillos, mientras bajo un árbol se refugia de los picosos rayos solares característicos del invierno regiomontano. Es Jesús Marentes, el padre.
El hombre porta un sombrero que oculta su canosa y escasa cabellera, además de oscurecer sus ojos claros rodeados de arrugas. Un espeso y ancho bigote dibujado en tonalidades grises esconde la sonrisa que forman sus delgados labios.
Esa mueca de alegría se estrechó desde hace seis años, cuando María de Jesús Márquez Arteaga, su compañera de vida y creadora de la receta de los tacos que hasta hoy ofrece, falleció.
"Ella de volada los hacía, rápido. No los acomodaba en la olla, nada más los hacía y le iban quedando muy bien", expresa el taquero.
Vinimos con Marentes porque distintos taqueros de la ciudad, de esos que venden la orden por 20 pesos y menos desde un triciclo o un improvisado puesto, hablan de un sujeto que surte ollas de tacos a puestos en toda la zona metropolitana. Desde Juárez hasta Santa Catarina se habla de este personaje más como leyenda urbana que como una persona real. Nadie sabe con certeza quién es. Una mujer señaló al Sordo.
"Sí, te vas derecho por las vías y allí están. Le dicen El Sordo, pero no vayas ahí... están feos (los tacos)", dice la encargada de otro puesto de tacos a unas calles.
Cinco décadas dedicadas a este oficio han convertido al hombre en una leyenda dentro de la industria del taco, y su popularidad abarca desde Villa de Juárez hasta más allá de Escobedo; no obstante, sus propios vecinos se han aventurado a competirle.
Así es el caso de El Borja, negocio ubicado también frente a las vías del tren, unas calles más adelante de El Sordo.
Los administradores del local logran atraer la atención de los peatones y automovilistas gracias a una pequeña lona que muestra órdenes de tacos, apuntando con una flecha roja hacia el carretón.
Al hacer parada en este puesto, diez minutos son suficientes para escuchar extensas conversaciones de los clientes, que abordan desde baterías para autos hasta un análisis del valor de una casa de la misma colonia.
El carácter extrovertido de casi todos los vecinos facilitó la búsqueda de El Profe, sobrenombre atribuido erróneamente a don Jesús por comerciantes del centro de la ciudad.
Es la encargada de este local la que señala directamente hacia el local afuera de Crisa.
Es curioso, pero la comida de ambos negocios remite directamente a un clásico de la gastronomía regiomontana del taco barato: los localizados afuera de las instalaciones de la CROC, sobre la Félix U. Gómez.
Esta zona en los alrededores de la central obrera se caracteriza por las múltiples opciones de venta de comida a bajo costo, pero la mejor oferta fue una orden de tacos por ocho pesos. Un clásico entre los clásicos.
Un bonche con más de 10 servilletas no basta para secar la tortilla bañada en el denso aceite que sale en forma de chorro del taco antes de dar la primera mordida.
Hasta la botella de refresco que venden en nueve pesos se resbala de las manos que quedan cubiertas de grasa.
A las 11:00, hora en la que se registra más afluencia de clientes en los alrededores de la CROC, es difícil interactuar con los cocineros, pues por la presión de atender a los comensales, sólo responden con monosílabos.
Sin embargo, el mundo del taco barato no se queda en los puestos establecidos, pues mientras algunos comerciantes optan por posicionarse en zonas estratégicas con alto flujo de personas, otros prefieren experimentar en lugares que otros podrían considerar inhóspitos.
En el cruce de Revolución y Chapultepec, bajo un puente elevado, se esconde una tentadora oferta de 10 tacos por veinte pesos.
-¿Todavía tienes tacos?
-No, ya se me terminaron, pero enfrente todavía tienen, son de mi carnal. Están en siete por 20 pesos.
-¿Y por qué él los da más caros?
-Porque yo los hago y él los compra.
A menos de cincuenta metros, a la sombra de la rampa norte del puente, su hermano de sangre y competencia directa dora cebolla y tostaba tortillas en el comal acompañado de una chica que parece ser su novia, mientras platica con un hombre que hojeaba el periódico Express.
Con el aroma a mofle quemado y las disonancias sonoras emitidas por los cláxones de vehículos, no se apetece almorzar en este lugar, pero el estacionamiento con capacidad para unos 30 autos (y aceptémoslo, la idea de 10 tacos por 20 pesos) anula la primera impresión.
La joven de unos 20 años externó su anhelo de estudiar una carrera universitaria, meta que se vio truncada debido a su inestabilidad económica.
"Yo quería meterme a la Uni y él me dijo que me la pagaba, pero ya cuando yo quise, él ya no podía pagarla. Y pues ya no me metí", expresó a voz baja mientras acomodaba su gorro color rosa, y extendía las mangas de su suéter para cubrir sus manos del viento frío.
Por su parte, el delgado taquero platicó su deseo de estudiar fotografía o publicidad en la UANL.
"Quiero una cámara como ésas, están bien chidas", dijo emocionado en cuanto se enfocó el lente para realizar la primera toma.
Los dueños aseguraron contar con el permiso del municipio para comercializar en la vía pública, y aunque pareciera ser una zona inadecuada dado los posibles focos de infección que pudieran existir, la Secretaría de Salud del estado se limita a regular estos establecimientos por medio de operativos.
"Hemos hecho operativos, pero en términos generales, la responsabilidad nuestra se concreta a los establecimientos que existen jurídicamente para nosotros", indicó en entrevista para MILENIO Digital, el subsecretario de Regulación y Fomento Sanitario, Sergio Maltos Uro.
Es decir, que la Secretaría de Salud no tiene la facultad jurídica para intervenir en la regulación de los comercios ambulantes de alimentos, pues es el gobierno municipal es quien da la autorización a los vendedores.
Ante la falta de un marco legal que imponga condiciones específicas en las instalaciones y en el procedimiento para la elaboración de éstos productos, se han documentado casos que ponen en peligro a los consumidores.
Uno de ellos es el hallazgo de un alambre dentro del taco que consumía un menor, descuido que provocó daños en su esófago, y cuya denuncia fue publicada en medios de comunicación locales y páginas web.
Otro caso que circula por la red y en su momento fue expuesto por la prensa, es el del accidente protagonizado por un camión que transportaba carne de gato, y que presuntamente surtiría a una franquicia de tacos en Monterrey. Esto último nunca se les comprobó.
A esto hay que agregar que ni el hecho de estar establecido en un lugar cerrado garantiza la higiene en la preparación de los platillos.
Por ejemplo, las administradoras de un local cerca del Congreso del Estado sabían de las deficiencias en el espacio donde laboran.
Al solicitar autorización para fotografiar la taquería instalada en una suerte de tejabán dentro del porche de un negocios formalmente establecido, una de las cocineras respondió: "Sí, nada más no le tomes a lo sucio".
Las encargadas, de unos 50 años de edad, fueron quienes describieron e indicaron el camino hacia un supuesto Zar de los tacos, el cual surtía a gran cantidad de negocios del área metropolitana, como los localizados a las afueras de la CROC e incluso a ellas mismas.
"Dicen que se pone afuera de Crisa como desde hace más de 40 años. Creo que le dicen El Profe", expresó una de las mujeres en voz baja como quien hablara de un secreto que nadie más debe saber.
Ahí comenzó la travesía de taquería en taquería, hasta llegar con aquel viejo en la Vía a Tampico con la expectativa de haber dado con el Don de los taqueros.
Él dice que no.
Aún con las manos en los bolsillos, Marentes niega ser el personaje del que hablan los taqueros a manera de mito urbano, ese que les vende por millares a cientos de pequeños oferentes por toda la ciudad.
"Nosotros sólo preparamos como 400 para vender aquí", aseguró en varias ocasiones su hijo Pablo.
Don Jesús ha sido el sustento económico de su familia por casi medio siglo, siendo los apilados tacos dentro de esa gastada olla color blanco su única fuente de ingresos.
Los fieles consumidores que a diario buscan el triciclo amarillo de Marentes para calmar el hambre, prueban y recomiendan sus guisos, sazonados con ajo y chile piquín.
Entre mordida y mordida, uno de ellos intervino: "Un puesto de tacos lo pone cualquiera, pero durar en el negocio 50 años, no todos". Y a 15 pesos la orden, menos.