La calle Sixto Ugalde de Colonia Revolución en Gómez Palacio reconoce desde hace años los pasos de a quien la mayoría conoce como el “Güerito”.
Con su fisonomía algo encorvada, luciendo siempre un delantal de mezclilla y un sombrero blanco, toma el mando de un triciclo en el cual ofrece dulces hace ya algún tiempo.
Ahí va el señor de cabello blanco regalándole su sonrisa al tiempo que le ha hecho estragos a su cuerpo y a su fuerza, él que aún cargando el peso de sus años no se ha dejado arrebatar una cosa: las ganas de seguir trabajando.
Con un cigarro en la mano y dándole delicadas bocanadas, comienza la charla, la pregunta pareció haberlo remontado a esos años y su expresión lo evidenció, “ora verá” sonrió al echar el cassete hacía atrás.[OBJECT]
Tras unos segundos platicó: “Aquí ya tengo como 50 años, llegué a La Laguna en busca de trabajo, yo tenía mi trabajo en Chihuahua pero la empresa hizo recorte y me despidieron”.
Todos en la colonia Revolución conocen algo de su vida, algunos le compraban dulces cuando eran más pequeños y los más grandes recuerdan como sus hijos se emocionaban al verlo pasar, ahí viene el “Güerito”, quien de seguro traía los trompos y los yoyos en temporada.
“Un amigo mío me aconsejó a que le entrara al ambulantaje y entonces empecé a vender carritos y cosas de esas para los niños y me empezó a ir muy bien”.
Los niños olvidan los juguetes
El carrito del “Güerito” cargaba resorteras, loterías, luchadores, pelotas, juguetes que al parecer se los ha tragado el tiempo. Él mismo relata porque los niños dejaron de jugar con ellos.
Sus manos revoloteaban en el aire platicando sobre aquel tiempo, fácil recordó como los negocios de juguetes de aquellos años tuvieron que cambiar de giro porque ya no se le vendían, debido a la llegada de las maquinitas.
Pero aquel señor de amable semblante, ¿Qué pensaba de que los niños dejaran los juguetes por las maquinitas?
No dudó en contestar y hasta manotazos pegó, uno fue a dar a la grabadora que estaba al pendiente de la charla, “ande ya le ando pegando oiga, es que ya veo casi nada” suelta una carcajada y regresa al relato.
“Eso era una novedad, pero uno que ya estaba grande pensaba mal, yo veía que esas máquinas tenían truco para que los niños le echaran más dinero, al final nadie se sacaba nada”.
Así fue como al carrito del “Guerrito” se le ausentaron los juguetes y comenzó a vender primero puros globos, recordó como un ´hulito´ que llegó a Torreón le volvió a dar esperanza a sus ventas.
“Eran un hulito de esos pa´tejer, que eran de diferentes colores, yo le enseñaba a los niños a tejer esos hilos, hacer cruces, yo no les cobraba, a mí me convenía porque eran mis clientes, yo les ponía la muestra y después ellos solos hacían muchas cosas”.
Recordó que también unos “como brochesitos” fueron un éxito entre las niñas: “allá en la Polvorera enseñe a unas niñas a usarlos, y pues al rato yo veía que a las mamases con esos broches porque las hijas se los habían puesto”, sonríe recordando el momento.
El verdadero nombre del “Guerito”
Oiga Guerrito y ¿cómo se llama? “no sabe cómo me llamo, bueno casi nadie”, hizo una pausa como dándole tiempo a la que había preguntado para que tomara nota, y de una forma lenta y clara dijo: “Blas Ruiz Barretera”.
Platica que muchos le dicen también “maestrito”, dice que a él no le incomoda que le digan en cualquiera de las dos formas, pues él sabe que todos lo respetan y el respeta a todos, sean niños, niñas, mujeres u hombres.
Al preguntarle cuántos años tenía, guardó un poco de silencio y usando sus dedos comenzó hacer cuentas “tengo como 80”, suelta la carcajada y dice “oiga ya ni me acuerdo, pos mire soy del día dos de otubre de 1931, haga la cuenta”.
Solo así concluimos que tenía como 84 años y que llevaba 50 en el comercio del ambulantaje.
Los ojos azules de Don Blas
Los días de don Blas pudieran parecer rutinarios, se levanta a las 5:00 de la mañana, desayuna algo y desde su casa toma su carrito para agarrar camino a los rumbos donde acomoda sus dulces.
Así es como desafía las adversidades, pues es evidente que esos ojos azules cálidos y llenos de vida que posee, lo han abandonado a estas alturas de la vida y no le permiten tener una buena vista durante su trabajo diario, lo cual es un peligro para su integridad física.
Los niños llegan a comprarle chicles y paletas, “cuánto es” le preguntan, él dice “dos pesos”, ellos pagan con una moneda de cinco, él por más que se esfuerza en adivinar el valor de la moneda que le dieron, prefiere decir que ellos mismos tomen la feria, ellos lo obedecen y le toman tres pesos de cambio, la inocencia de ambas partes tal vez hace que no se cometan abusos.
“No crea pos si sí batallo, pero ya que hace uno, en veces me gritan para saludarme y yo no alcanzo a ver quiénes son, por eso le digo que me griten quienes son pa´ saludarlos”.
Desde la 1:30 de la tarde ya está esperando a que salgan los niños de una escuela ubicada por la calle Madero ya casi entrando Lerdo, de ahí camina a la Francisco Villa donde la salida es a las 2:30, después toma camino a su casa.[OBJECT]
La odisea de esquivar pozos o carros es la de todos los días, muchos automovilistas le tienen paciencia y esperan a que él se haga a un lado, existen otros que le gritan que se mueva y así él se expone con tal de ganarse el pan de cada día.
Su carrito esta surtido de pocos dulces, entre totitos, natillas, paletas de corazón, banderitas de coco, es lo que ofrece a la venta, comenta que afuera de las escuela es difícil que gane mucho “a veces saco 100 pesos, pero hay días que vendó 30, 40 pesos”.
Cuenta que donde le va “mejorcito” es en la iglesia los sábados de doctrina y los domingos en misa.
Antes de la despidida se le solicitó al “Guerito” que nos concediera una foto, muy animado acepto sólo con dos condiciones:“no más que salgan mis ojos azules”, fue la primera.
La segunda dijo “quisiera saber, si no me podría traer una copia de esto, pa´ enseñárselo a mi mujer, pos ya ve que yo ya no puedo leer, es que un día una pintora vino y saco unas fotos para pintar en óleo o de esas cosas, me dijo que regresaría a enseñármelo y ya no lo hizo”.
La promesa que se le hizo a Don Blas, fue regresar a leerle su historia, de seguro ese señor de ojos azules y de eterna sonrisa estará aguardando en el mismo lugar.