Sin regreso a casa: víctimas del desplazamiento forzado mueren lejos de sus hogares en Guerrero

Doña Anastasia Cabrera Tapia, cuñada de una mujer que fue víctima, aseguró que ahora sólo quedan el hermano de la fallecida y ella.

Doña Anastasia Cabrera Tapia, cuñada de una mujer que fue víctima del desplazamiento forzado en Guerrero, narró la historia. (Foto: especial)
Flor Miranda Mayo
Ciudad de México /
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El desplazamiento forzado en Guerrero es un problema grave que afecta a miles de personas y familias, impulsado por la violencia, situación que ha provocado cientos de pérdidas de vidas humanas. 

Doña Anastasia Cabrera Tapia, cuñada de una mujer que fue víctima del desplazamiento forzado en Guerrero, narró la pérdida de su familiar. 

"La última vez que la vi, en mayo, no hablaba mucho. Permanecía sentada junto a su hermano y a la esposa de éste, con la mirada perdida. Su rostro reflejaba el cansancio de quien había sobrevivido a demasiadas noches de miedo. Apenas podía caminar. El pie, inflamado, era la huella de la madrugada en que huyó entre los cerros para escapar de los hombres armados que incendiaron su casa en la comunidad de Tula, municipio de Chilapa".
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La víctima no sabía cuántos años tenía. Tampoco recordaba la fecha de su cumpleaños. Su credencial de elector había quedado reducida a cenizas junto con la vivienda que el crimen organizado quemó cuando obligó a decenas de familias a abandonar el pueblo.

"Mi INE se quemó", dijo entonces con una voz casi imperceptible, como si incluso sus recuerdos hubieran sido consumidos por el fuego.

​Durante la entrevista, su cuñada explicaba que nunca había recibido atención médica especializada. Días después había llegado una brigada de salud enviada por el gobierno. Sólo le entregaron unas pastillas.

Explicaron que nunca la llevaron a un hospital, no le hicieron estudios. Nunca revisaron la lesión que se agravaba lentamente. El dolor siguió avanzando.

Primero dejó de caminar. Después de levantarse. Finalmente de respirar. La muerte también desplazó su cuerpo. 

No murió por una bala, murió por haber huido de ellas

Un mes y medio después de aquella entrevista, la mujer murió en Alcozacán, la comunidad donde permanecía refugiada junto con cientos de desplazados.

No murió por una bala. Murió por las consecuencias de haber huido de ellas.

Su pie lesionado durante la fuga por la montaña nunca sanó. La herida se complicó hasta impedirle caminar, aunque doña Anastasia también piensa que pudo ser por espanto. Acostada durante semanas, comenzó a deteriorarse sin que nadie pudiera ofrecerle la atención médica que necesitaba.

Los últimos días repetía una sola petición: quería regresar a Tula, quería volver aunque fuera para morir en su casa, pero ya no había casa.

Sólo quedaban paredes ennegrecidas por el incendio.

Y tampoco había condiciones para volver. Los hombres armados seguían entrando al pueblo. Seguían saqueando las viviendas abandonadas. Seguían rompiendo puertas, regando la ropa en las calles y destruyendo lo poco que sobrevivió al fuego.

Ni siquiera pudieron cumplirle el último deseo. No hubo dinero para trasladarla. No hubo seguridad para enterrarla en su tierra.

Terminó sepultada en Alcozacán, lejos de los animales que preguntaba todos los días quién alimentaría, lejos de la casa que nunca dejó de imaginar reconstruida.

"Si fueras una niña te cargaría en mi rebozo".

Su cuñada recuerda con precisión la conversación que nunca podrá olvidar.

—Quiero irme a mi casa— le dijo cuatro días antes de morir.
—Si fueras una niña chiquita te cargaría en mi rebozo... pero ya estás grande y yo tampoco puedo— respondió ella. 

Después guardaron silencio. El sacerdote alcanzó a confesarla. Horas más tarde recibió la comunión.

Esa noche comenzó a quejarse del pecho. Su cuñada le untó crema, le sobó la espalda, le acomodó la cabeza.

"Ya voy a descansar", alcanzó a decir.

Poco después dejó de respirar.

Su cuñada la sostenía entre las manos cuando entendió que la guerra también mata así: lentamente, sin disparar un solo tiro.

Dos ancianos y una ausencia

Ahora sólo quedan el hermano de la fallecida y su cuñada. Dos adultos mayores que sobreviven en un pueblo prestado, esperando que algún día el gobierno instale seguridad permanente y les ayude a reconstruir su casa, su edad ya no les permite hacerlo ellos mismos.

Pero las noticias que llegan desde Tula son siempre las mismas.

Los grupos criminales vuelven por las noches. Se meten a las casas. Destruyen pertenencias. Recuerdan a los desplazados que todavía no pueden volver.

Ella lo dice sin rodeos: quiere regresar. No soporta seguir viviendo lejos de su tierra. Hay algo que la atormenta desde que enterró a quien terminó siendo más que una cuñada.

Era su hermana, su compañera de desplazamiento, su única compañía durante el exilio. Hoy llora su ausencia, pero también su propio destino. Tiene miedo de correr la misma suerte.

No quiere que la muerte también la encuentre lejos de casa. No quiere terminar enterrada en una comunidad ajena.

Y, con la crudeza de quien ya perdió casi todo, resume el sentimiento de miles de desplazados invisibles en Guerrero:

"No quiero morir como perro de arrimada".

Porque cuando una persona desplazada muere lejos de su pueblo, la violencia no sólo le arrebata la vida, también le roba el derecho de volver a casa, incluso después de muerta.

"No me siento bien en casa ajena, como un perro que no tiene casa".

Días después del fallecimiento de su cuñada, doña Anastasia Cabrera Tapia permanece desplazada en Alcozacán. La muerte de quien durante meses fue su compañera de refugio la dejó aún más sola.

Dice que las autoridades le siguen prometiendo que repararán su vivienda en Tula, pero las promesas no le devuelven la tranquilidad.

—Me vienen engañando que van a reparar mi casa- señaló.

Mientras espera, vive gracias a la solidaridad de otras familias.

Agradece la comida que le comparten, el techo que le prestan y el apoyo que recibió cuando murió su cuñada. Sabe que quienes la ayudan también son personas de escasos recursos y que hacen un esfuerzo para compartir lo poco que tienen.

Pero nada de eso reemplaza su hogar.

—Yo tengo mi casa. Lo que quiero es regresar a mi casa— dijo. 

Cada día que pasa lejos de Tula pesa más. No logra acostumbrarse a vivir en un lugar que no es el suyo.

Con la voz entrecortada, resume el sentimiento que acompaña a cientos de personas desplazadas por la violencia en la montaña de Guerrero.

—No me siento bien en casa ajena... como un perro que no tiene casa— comentó. 

Es una frase que duele por su sencillez. Después de perder a su cuñada, de ver su vivienda reducida a cenizas y de esperar durante meses un regreso que no llega, Anastasia ya no habla de reconstruir paredes. Habla, simplemente, de volver a pertenecer a un lugar, de morir, algún día, en la tierra donde nació y no en el exilio al que la violencia la obligó. Su rostro luce cansado y triste.

También lamenta la detención de Jesús Plácido Galindo, a quien reconoce como una de las personas qué le ayudo a ella y a su familia, en el desplazamiento.


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HCM

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