Un vecino de la colonia Hogares Ferrocarrileros, en el sur de Torreón, Coahuila, ha convertido la vigilancia de un contenedor de basura en causa comunitaria.
Bajo el sol que cae sobre la calzada Lázaro Cárdenas, en el sur de esta ciudad lagunera, hay una figura que no pasa desapercibida.
Desde una silla de ruedas, Juan Salas —Juanito, como lo conocen sus vecinos— permanece atento, observando cada movimiento alrededor de uno de los depósitos de basura del sector.
No está ahí por casualidad: está ahí por convicción
Todos los días, desde el mediodía hasta entrada la tarde, Juanito cumple una rutina que él mismo se ha impuesto: vigilar que nadie arroje basura de forma indebida y evitar que el espacio vuelva a convertirse en un foco de infección, como ocurrió durante años.
“Mi día a día es levantarme, almorzar, estar con mi esposa, mis hijos y mi nieta… y luego venirme un rato al contenedor”, cuenta con sencillez.
Su historia, sin embargo, no comenzó aquí. Hace 18 años, un accidente laboral cambió su vida de forma radical. Una lesión cervical lo dejó sin movilidad durante un largo periodo. Fueron años de rehabilitación, aprendizaje y adaptación a una nueva realidad.
“Fue un accidente trabajando. Me quebré las cervicales, tuve paraplejia. Perdí la movilidad, estuve dos años en terapia… poco a poco me fui recuperando”, recuerda.
Hoy, esa experiencia no lo define como limitación, sino como punto de partida.
Una causa que nació de la necesidad
El problema de la basura en Hogares Ferrocarrileros no es reciente. Durante años, los contenedores se desbordaban, los residuos se acumulaban en las calles y las plagas se volvieron parte del entorno cotidiano.
Los malos olores, la proliferación de insectos y el deterioro del espacio público generaron inconformidad entre los vecinos. Fue entonces cuando decidieron organizarse.
“Nos juntamos varios vecinos para cuidar los contenedores porque teníamos muchos problemas con personas que venían a tirar basura. Entre todos nos organizamos: Casandra, Rosi, Pamela, Tito, mi amigo David… y otros más. Nos turnamos en la mañana, mediodía, tarde y hasta la madrugada”, explica Juanito.
Desde hace aproximadamente dos meses, los habitantes del sector implementaron un sistema de guardias comunitarias en los cuatro contenedores de la zona, apoyados incluso por cámaras de videovigilancia. La intención es clara: frenar los tiraderos clandestinos y recuperar el control de su entorno.
Resistencia entre insultos y amenazas
La labor no ha sido sencilla. Quienes intentan dejar basura en el lugar suelen reaccionar con molestia.
“La gente sigue sin entender. Siguen tirando basura, nos insultan, se van molestos. Pero lo que hacemos es por el bien de nuestros hijos, de nuestros nietos, por vivir mejor y en un lugar limpio”, afirma.
Antes de esta organización vecinal, la situación era crítica.
“Era insoportable. Los olores estaban aquí, cerquita, todo el tiempo. Era muy molesto. Por eso decidimos unirnos para mantener la colonia limpia”, añade.
Lejos de buscar confrontación, los vecinos insisten en que su objetivo es generar conciencia. No se trata de prohibir, sino de cuidar.
Más que vigilancia: dignidad
En medio de esta dinámica, Juanito se ha convertido en un símbolo silencioso. Su presencia constante no solo inhibe malas prácticas, también envía un mensaje claro: el cuidado del entorno es responsabilidad de todos.
Desde su silla de ruedas, sin estridencias, sostiene una causa que muchos evadieron durante años. No hay uniforme, ni cargo oficial, ni reconocimiento institucional. Hay disciplina, hay comunidad y hay voluntad.
Una colonia que se transforma
Hoy, Hogares Ferrocarrileros comienza a mostrar cambios. Los contenedores ya no están desbordados como antes, el entorno es más limpio y la organización vecinal ha fortalecido el sentido de pertenencia.
Detrás de ese avance hay turnos, acuerdos y vigilancia constante, pero también hay historias como la de Juanito.
Porque mientras otros pasan de largo, él se queda. Mientras otros tiran basura, él la defiende. Mientras otros ven un contenedor, él ve un punto de dignidad. Y ahí, al pie del cañón —como dicen sus vecinos—, Juanito seguirá.
No solo cuidando un espacio, sino recordando, todos los días, que incluso en los gestos más simples puede sostenerse una comunidad entera.
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