El desierto no está vacío. Muerde con el calor durante los días soleados, pero debajo de ese sol hay vida: cactáceas, otras plantas, insectos, reptiles, aves, mamíferos y una serie de organismos que forman parte de un ecosistema que no puede entenderse de manera aislada.
Habitarlo, advierten biólogos, implica reconocerlo como un ente vivo y no como un territorio disponible para ser transformado a voluntad.
Durante décadas, la idea de que el desierto es un espacio vencido, improductivo o carente de vida ha servido para justificar su transformación y, en muchos casos, su destrucción.
La Comarca Lagunera no ha escapado a esa lógica y, de acuerdo con especialistas, conservar lo que todavía existe exige cambiar la manera en que la población entiende el lugar que habita.
Las ciudades de Durango y Coahuila que conforman esta región contienen una flora y fauna extraordinarias, cuya conservación requiere el trabajo conjunto de biólogos, ambientalistas, ciudadanos e incluso algunas industrias.
Mauricio Colchado Bermejo es originario de Monterrey, pero hace siete meses cambió su residencia a Torreón. De lunes a viernes se desplaza hacia Viesca, donde trabaja en labores de conservación de fauna silvestre.
Su trabajo ocurre en un territorio donde la infraestructura y la naturaleza están obligadas a convivir.
“Yo había terminado mi carrera y volví a Monterrey después de hacer mis prácticas profesionales en Quintana Roo. Me llamó la atención entrar a la parte de sustentabilidad. Estuve buscando trabajo, fue así como llegué a esta especialidad en conservación de fauna silvestre, que es un granito más de experiencia en el rubro. Estoy en La Laguna desde hace siete meses”.
Mauricio trabaja en un parque solar donde se realizan labores de ahuyentamiento y rescate de fauna. Entre los paneles se forman dunas y, con ellas, llegan animales que encuentran ahí un sitio para construir sus madrigueras.
Lagartijas, ratones y serpientes terminan ocupando espacios que después deben ser modificados para mantener la operación del parque.
“Son dunas que se tienen que aplanar. Mi trabajo es acompañar al (conductor del) bulldozer y rescatar a los animales que salen durante la actividad. Luego se reubican fuera del parque en un SAR (Sistema Ambiental Regional), que tiene ecosistemas similares, viables para que se les libere allí”.
El desierto también tiene vecinos que no se pueden reubicar
El biólogo sabe que su trabajo no es común y que cada intervención requiere cuidado y respeto. Parte de su jornada consiste en observar el comportamiento de animales en miles de hectáreas, pero también en carreteras y veredas utilizadas para acceder a las serranías.
No todos los animales pueden ser reubicados.
“Hay animales que no podemos reubicar, como coyotes y linces. En el parque creemos que sólo hay un lince, que va y lo visita regularmente, pero hay más coyotes”.
También hay víboras de cascabel y lagartijas protegidas por la Semarnat, entre ellas la Uma exsul, conocida como lagartija perrilla de arena, y la Uta stansburiana, o lagartija de mancha lateral.
Ambas cuentan con un apartado específico dentro de la Manifestación de Impacto Ambiental (MIA) y son monitoreadas cada tres meses por biólogos para verificar que sus poblaciones se mantengan en condiciones adecuadas.
Colchado considera que el cuidado de la flora y fauna ya no puede separarse de las comunidades que habitan esos territorios.
En la biología, explica, hoy también se incorpora el componente social, particularmente los pueblos originarios y las personas que viven en comunidades rurales, porque son quienes pueden colaborar directamente en proyectos de conservación.
Y ahí aparecen algunos de los desafíos más complejos.
“Es extraño, por ejemplo, el saber que algunos de los trabajadores que viven en un rancho cercano al parque comen víbora de cascabel u otros animales. Podrías fácilmente decirles que están mal o intentar prohibirlo, pero es gente que ha vivido allí por generaciones. Simplemente es parte de su dieta. Pero entonces debes entablar comunicación y hacer ver por qué es importante que se mantengan esos animales en la zona”.
No se trata únicamente de proteger a una especie por sí misma.
“Ya sea que controlan plagas, las víboras son un depredador y si quitas muchas de ellas de un solo lugar puedes ocasionar un desbalance en el ecosistema. No es que sólo te quedes con menos animales sino que desencadena problemas en la tierra, se degrada el ecosistema, hay menos recursos y eventualmente afecta a los humanos también”.
El biólogo considera que algo similar ocurre con la percepción que existe sobre el norte de México.
La región suele recibir menos atención que Mesoamérica cuando se habla de civilizaciones antiguas, pese a que también existen vestigios de culturas que habitaron estos territorios.
Con los ecosistemas, plantea, ocurre algo parecido.
La población suele mirar hacia el centro y sur del país para hablar de biodiversidad, mientras deja en segundo plano la llamada Cultura del Desierto, donde habitan animales y plantas únicos.
Poner el ojo en la serpiente
La bióloga Sara Isabel Valenzuela Ceballos, junto con colegas de la asociación Conserva Ciencia, llevó esta discusión hasta el Acertijo Museo Interactivo, en Gómez Palacio, Durango.
Ahí realizaron un foro dirigido a la población y, particularmente, a las infancias, para hablar de reptiles.
“Comúnmente en muchos lugares se les ve como animales dañinos o que son malos y por lo tanto, por esas creencias se tiende a matarlas aunque actualmente muchas de las serpientes se encuentran en peligro de extinción”.
El festival busca cambiar esa percepción y mostrar la importancia que tienen las serpientes dentro de los ecosistemas y también para las personas.
“En este quinto año nosotras como Conserva Ciencia decidimos unirnos a este festival y en esa ocasión participamos también con jornadas comunitarias; estuvimos en el ejido 6 de Enero y en León Guzmán llevando el tema sobre la importancia de las serpientes, explicando qué hacer si se encuentran con una y cómo evitar que estén dentro de nuestros domicilios y lugares de trabajo”.
En la región existen cerca de 60 especies diferentes de serpientes, pero sólo cuatro representan un riesgo para las personas debido a que su mordedura contiene veneno.
Y son relativamente fáciles de identificar.
“Son las serpientes de cascabel, las que todo mundo conocemos porque las hemos visto en medios, en televisión. Precisamente cuentan con una estructura que le llamamos cascabel en la punta de la cola, que mueven y hacen sonar para advertir de su presencia”.
El resto no representa un peligro para las personas. Todo lo contrario.
Ayudan a controlar especies que pueden convertirse en plaga, como los roedores, por lo que cumplen una función dentro del equilibrio de los ecosistemas.
“Son aliadas para nosotros dentro de los ecosistemas”.
Sara Isabel explica que la cascabel de cola negra y la cascabel gris están asociadas con las laderas de los cerros, entre las rocas, mientras que otras especies se encuentran en las planicies y pueden aparecer entre los cultivos o cerca de las serranías.
Entre las serpientes que no representan un riesgo para las personas, mencionó a los alicantes y las llamadas chirrioneras, que incluso provocan cientos de llamadas de auxilio a los cuerpos de emergencia en las ciudades.
“Muchas de las llamadas que reciben los bomberos o en Protección Civil en La Laguna son por serpientes que suelen ser alicantes, que no representan un riesgo para nosotros”.
El problema, apunta, no siempre es que las serpientes se acerquen a las personas.
Es que las personas están llegando cada vez más lejos sobre su territorio.
“Si están dentro de la ciudad no es porque estén eligiendo sino porque estamos expandiendo las zonas de nuestras habitaciones o también la industria se extiende e invade su hábitat; no es que estén en nuestras casas sino que nosotros estamos sobre su hábitat, lo que reduce sus poblaciones, con riesgo de desaparecer de la región”.
El miedo, reconoce, es una reacción humana y normal. Lo que no debe ser normal es matarlas.
En el caso de quienes practican senderismo, la recomendación es sencilla: si encuentran una serpiente, deben alejarse y continuar su camino. Si llevan mascotas, deben mantenerlas sujetas para evitar que lastimen al animal o sean atacadas.
Cuando una serpiente aparece dentro de una vivienda, la escena puede resultar impactante. En los ejidos, además, es importante mantener limpios los patios, ya que los escombros pueden convertirse en refugio para roedores y, con ello, atraer a las serpientes.
El desierto también puede vivir dentro de la ciudad
El biólogo Andrés Ortega observa las aves con binoculares en mano.
Las rutas migratorias que cruzan América tienen dos corredores que atraviesan el desierto chihuahuense, uno de los más biodiversos del mundo.
Andrés es biólogo de profesión, tiene una maestría en restauración ecológica por la Facultad de Ciencias Forestales de la Autónoma de Nuevo León y es lagunero. Creció cerca del Cañón de Fernández.
Ahí comenzó su interés por las aves y, con ellas, aprendió a observar de otra manera el territorio en el que vive.
“Soy biólogo de profesión, tengo una maestría en restauración ecológica en la Facultad de Ciencias Forestales de la Autónoma de Nuevo León, y soy meramente lagunero. Crecí pegado al Cañón de Fernández. De ahí surgió mi interés por las aves, que me han hecho entender la dinámica en la que vivimos”.
Por eso eligió el Bosque Venustiano Carranza para hablar de naturaleza dentro de una ciudad.
Para él, este espacio representa una historia: alguien tuvo que mirar la naturaleza, reconocer su valor y decidir incorporarla a una ciudad que estaba creciendo.
El bosque más antiguo de Torreón es hoy un punto de cohesión social. Durante todo el día recibe personas que acuden a ejercitarse y niños que juegan en medio de una biodiversidad que, considera, debe conservarse y fortalecerse con la siembra de flora nativa.
A través de la plataforma Naturalista, Andrés y su grupo han registrado alrededor de 225 especies diferentes de aves en el Cañón de Fernández.
La cifra le parece extraordinaria porque persiste la idea de que el desierto carece de la diversidad que puede encontrarse en una selva, un bosque o un arrecife de coral.
Pero vivir en La Laguna, pese a sus desafíos ambientales, es un privilegio.
El desierto también enseña.
“Nos falta entender que nosotros somos el desierto y aprender a disfrutarlo; empoderarnos de él de la manera en que lo podamos compartir y disfrutar como cuando decimos que nos fuimos de vacaciones a la playa. Decir: Mira, conocí el desierto”.
El problema, añade, es que cuando una sociedad no reconoce la riqueza de su territorio, resulta más fácil olvidarlo y también dañarlo.
“Al momento en que no vemos esa riqueza como en otros lugares, tendemos a olvidarlo o dañarlo muy fácilmente, y restaurar un desierto a veces es muy difícil”.
Mezquites en lugar de palmeras: pensar en lo que sí pertenece a La Laguna
La riqueza del desierto está en sus propias especies.
“Entender eso, la riqueza de cactáceas que tenemos, la cantidad de animales y la cantidad de aves que pasan por nuestro desierto se me hace impresionante, y que no lo reconozcamos o que no sepamos a veces cómo valorarlo o voltearlo a ver, creo que es una falla de la ciudades en las que vivimos”.
También existe, considera, una deuda con la historia.
“Tenemos un Museo Regional (Murel) que hace todo su esfuerzo por visibilizar y creo que pocas personas conocen el origen de las comunidades que vivieron aquí en la antigüedad”.
Por eso plantea que Torreón debería impulsar un museo dedicado al desierto o, al menos, un jardín botánico donde los niños puedan aprender sobre coyotes, águilas y otras especies que forman parte del ecosistema que los rodea.
La comparación resulta reveladora: un niño puede identificar más de cien marcas de ropa o personajes de videojuegos, pero cuando se le pide mencionar diez especies de aves de su propia región, el resultado puede ser muy distinto.
Andrés Ortega también considera necesario crear un espacio verde en el norte de la ciudad.
Los bosques Urbano y Venustiano Carranza son importantes, pero su vegetación también responde a modas y a decisiones tomadas en otras épocas.
En el Venustiano Carranza, por ejemplo, se puede observar la influencia de la época de los eucaliptos, los pinos y las palmas.
La propuesta es mirar nuevamente hacia las especies nativas: mezquite, huizache o lágrima de San Pedro, esta última especialmente atractiva para los colibríes.
Sobre las protestas ciudadanas que han exigido respeto a los árboles ante el avance de estructuras viales o por la instalación de una fábrica de amoníaco en Lerdo, el biólogo considera positiva la participación social.
“La defensa del árbol y la naturaleza me parece fabulosa, creo que falta el ciudadano; si bien cada vez somos más, falta ese ciudadano que le dé prioridad al ser vivo, que piense que se comparte con otros seres el espacio”.
Un árbol puede parecer simplemente un árbol.
Pero puede ser mucho más.
“Puede ser que en nuestro árbol viva incluso una lechuza, una paloma, que vayan polinizadores. Reconocer estos espacios como hábitats u organismos, nos hace mejor como sociedad”.
Cuidar un bosque también tiene un valor económico
Las cadenas tróficas de los bosques pueden reforzarse y, además de sus beneficios ambientales, ofrecen servicios que incluso pueden cuantificarse económicamente.
Los árboles son hábitat para animales, retienen el suelo, filtran el agua, purifican el aire y proporcionan sombra.
En un espacio público también permiten el esparcimiento. Todo eso tiene valor.
“Se debe aprender a cuidar el bosque porque quizá no te da los billetes en la mano pero tener sombra le baja el estrés a la ciudad. Nos falta enfocarnos y enseñarle a la gente que sí cuesta, y si lo cuida y replica, todos somos ricos”.
Para los biólogos consultados, el primer paso es dejar de pensar que el desierto debe ser vencido.
No se trata de ganarle terreno, sino de aprender a habitarlo.
Porque antes de las ciudades, las carreteras y las industrias hubo ahí otras formas de vida. Antes del desierto que hoy conocemos, incluso hubo dinosaurios y mar.
Comprender ese origen también permite entender lo que hoy reclama la sociedad: conservar un territorio que no es un vacío, sino un ecosistema del que también forman parte los seres humanos.
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