"Ni con la Guardia Nacional nos sacan…"; habitantes de zonas devastadas en Hidalgo se aferran a sus tierras, donde las lluvias les quitaron todo, menos la vida

Cinco meses después de que los remanentes del huracán Priscilla devastaran comunidades del norte de Hidalgo, los habitantes de Tlacolula y Tilasco reconstruyen entre escombros y recuerdos; rechazan la reubicación y exigen obras que el gobierno nunca

En el barrio alto de Tlacolula desaparecieron 60 viviendas tras el paso de los remanentes del huracán Priscilla. | Alejandro Evaristo
Alejandro Evaristo
Tianguistengo /

Entre la población de las comunidades hidalguenses afectadas por las lluvias de octubre pasado, el término “vaguada monzónica” no existe. Aquí no hay tecnicismos ni mapas meteorológicos: hay memoria, miedo y nombres propios que MILENIO recupera.

Para ellos, la responsabilidad tiene rostro y se llama Priscilla, el huracán que se formó en el Pacífico oriental a inicios de ese mes, frente a las costas de Jalisco, Colima y Michoacán, donde la mezcla perfecta —aguas cálidas, humedad abundante y vientos favorables— permitió que la circulación se organizara y creciera: primero tormenta tropical, luego huracán categoría 1 en la escala Saffir-Simpson.

Priscilla avanzó lenta, casi con saña, hacia el noroeste. Ganó fuerza hasta alcanzar categoría 2, con vientos sostenidos de entre 165 y 175 kilómetros por hora y rachas que superaron los 200. Desde el mar, descargó lluvias intensas sobre la franja costera del Pacífico; después comenzó a debilitarse, volvió a tormenta tropical y terminó por disiparse sin tocar tierra en su punto más feroz.

Pero su historia no terminó ahí. Sus remanentes, cargados de agua y furia, encontraron su destino en la sierra hidalguense.

Algunas personas acceden a hablar. No es fácil. La noche sigue ahí, intacta. El terror se asoma en sus rostros. Recuerdan… y el dolor se les queda pegado en la voz.

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"No me voy…"

Alejandrino López Cruz, delegado en la comunidad de Tlacolula, municipio de Tianguistengo (localizado en el norte de Hidalgo, casi en los límites con Veracruz), revive el momento en que el agua empezó a ganar terreno. El río corre a unos 150 metros de su casa. Aquella noche no fue suficiente la distancia.

El nivel subió hasta casi tres metros y terminó por invadirlo todo:

 “Nos encontramos arriba, en el segundo piso, por donde salíamos. Nos quedamos atrapados, esperando nada más que si llovía media hora más, nos íbamos, no nomás nosotros, los que estaban en sus casas. Fue la fortuna y el agradecimiento a Dios que, pues, nos salvamos de milagro. Pero hubo dos gentes, unas personas, un compadre y una comadre que no tuvieron la misma suerte”.

Dice que ninguna cámara puede contar lo que realmente ocurrió. Que las imágenes no alcanzan. Que lo peor es lo que no se ve. Y que, además, la tragedia pudo haberse evitado: “Muchas veces solicitamos una barrera de contención que nos permitiera resguardarnos del río”.

Alejandrino López Cruz, delegado de Tlacolula, no contempla la reubicación: "Ni con la Guardia Nacional los sacan". | Alejandro Evaristo

Sí existió. Alguna vez. Pero apenas medía unos dos metros. Fue inútil frente a la embestida del agua que bajó arrastrando piedras, vehículos, árboles de raíz, casas enteras.

“La casa se movía por los trancazos y se veía cómo el agua arrastraba los vehículos… fue una cosa de la que lo único que esperábamos era que nos tocara. Afortunadamente tuvimos esa oportunidad de poderlo contar…”

En Tlacolula, el golpe fue brutal. En el barrio de arriba desaparecieron 60 casas. Literalmente. La corriente, cargada de escombros y vida rota, formó barricadas improvisadas en la cañada y eso, paradójicamente, salvó al barrio de abajo.

Durante 20 o 30 años pidieron ayuda. Tocaron puertas: gobierno federal, estatal, candidatos, diputados. Nadie escuchó.

Cuando se le pregunta por la reubicación, Alejandrino no duda. Su respuesta es una línea firme, sin matices: aquí nadie se va. Tlacolula no se abandona. Es más viejo que la propia cabecera municipal. Su iglesia, dice, data de 1637. Y el árbol que señala —una ceiba enorme, silenciosa, testigo— tiene casi 300 años.

La gente sabe que tiene que quedarse aquí. Ya les prometieron casas bonitas y todo, pero ellos dicen que ni con la Guardia Nacional los sacan; están arraigados y los entiendo: tierra, familia, herencia, costumbres, todo; aman a su pueblo y están acostumbrados aquí."  
"Entonces, ya platicamos en una mesa de trabajo. Yo entiendo la preocupación de nuestro gobierno, de nuestro gobernador, pero ellos deben entender que esta gente de 70, 80 años, ya no se va a ir y yo no los puedo abandonar. Tengo que seguir con ellos hasta el final. Pase lo que pase con ellos, lo que pase, aquí me quedo. No me voy… ni me iré”.

Hay otra realidad, dice, una que no se cuenta. Personas que tienen propiedades ahí, pero viven en Zacualtipán, Pachuca o incluso en la Ciudad de México, y que ahora buscan ser reubicadas. “Pero ya lo están”, advierte. Los que realmente viven ahí no se mueven. No se moverán. Ya están reconstruyendo. Levantando de nuevo lo que el agua se llevó.

Reconoce apoyos: láminas, materiales básicos para 63 personas que perdieron sus casas. Apenas un pie de casa de 42 metros cuadrados. Algo para empezar.

El río que corre a 150 metros de las casas de Tlacolula alcanzó casi tres metros de altura aquella noche. | Alejandro Evaristo

Pero el problema no termina con la inundación. Viene otro: la sequía. Ni el manantial ni el río garantizan agua constante. Han conseguido 25 rollos de manguera por parte del gobierno estatal, pero la exigencia sigue siendo la misma, clara, urgente: dragar el río y construir un muro de contención.

“Eso es lo más importante”.

También entiende la preocupación oficial, pero insiste: mover a la gente es arrancarla de su vida. De sus tierras, de sus cultivos de café, de caña, de su ganado. Llevarlos a un lugar donde no tienen nada. Y eso, dice, no es correcto.

“No era cosa buena…”

A unos 200 metros del río, en la comunidad de Tilasco, vive Amado Cerecedo con su familia. También lo perdieron todo. También sobrevivieron. Y también decidieron quedarse.

Esa noche, el agua no vino del río. Bajó de los cerros de Tonchintlán y La Esperanza. Se acumuló. Se hizo laguna. Subió más de 10 metros. Y alcanzó su casa, su patio, sus herramientas, los hogares de sus hijos.

Las pérdidas superan los 900 mil pesos: vehículos, planta de luz, taller de herrería. Todo desapareció.

“Se oía como si estuviera cayendo un helicóptero, así se oía, como aquel rumor, pero horrible, horrible, yo no se lo puedo acabar de decir. Sentíamos escalofríos, sentíamos un nervio, pero pesado, pesado. No era cosa buena”.

Quedaron incomunicados varios días. Luego llegó la ayuda: medicinas, alimentos, agua. Lo básico para empezar otra vez.

El árbol de Xalamate que estaba junto a su casa no resistió. Cayó. Y con él, el miedo se volvió certeza:

“ya nos llevó la chingada —dijo a su familia—, vámonos, vámonos y salgan… corrimos para arriba”.

Era medianoche.

Amado Cerecedo perdió más de 900 mil pesos en vehículos, herramientas y enseres. | Alejandro Evaristo

Cuando todo pasó, solo quedó agradecer estar vivos. La planta baja de las tres casas fue pérdida total. Afuera, el paisaje era igual o peor. Vecinos con chiqueros completos —10, 15 animales cada uno— lo perdieron todo. La corriente no dejó nada.

Habla de cinco desaparecidos y varios muertos. Entre ellos, su compadre Jorge. La voz se le rompe. Pausa. Respira. Sigue.

Agradece lo que llegó después: apoyos del gobierno que, aunque insuficientes, ayudan.

Recuerda a los elementos de la Guardia Nacional que llegaron a los tres días, que acamparon en su terreno, que compartieron comida, medicinas y compañía: “No sé cómo bajaron los pobrecitos, pero sí vinieron, aquí estuvieron con nosotros”.

Cuando se restablecieron los caminos, envió a su familia a Pemuxco, a cuatro kilómetros de Chapula. Rentaron una casa. Ahí siguen, cinco meses después. Él y su esposa permanecen en el hogar original. Custodiando lo que queda.

En los últimos días ha vuelto a llover. No como aquella vez. No con esa violencia. Pero suficiente para que la memoria despierte.

Porque lo que ocurrió no se va. Se queda.

Como en la cabeza de don Amado, que todavía escucha historias de otras comunidades, como La Morita, donde dicen que esa tarde comenzó todo. Que en la lluvia cayeron bolas de luz desde el cielo. Que la claridad entró a las casas. Que el miedo también tiene formas que nadie sabe explicar: “Dicen allá que ese jueves en la tarde fue cuando se desprendió el desorden, que en la lluvia cayeron unas bolas como de luces que venían del cielo. Ahí en La Morita entró la luz hasta dentro… tenían miedo de que se fueran a desbordar…”.

Sin esperar más apoyos, los habitantes de las comunidades afectadas ya levantan lo que el agua derribó. | Alejandro Evaristo

AH

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