A las 3:30 de la tarde de este Viernes Santo, Jesús, encarnado por Miguel Iván Alejo Guareño, fue azotado frente a la multitud que se dio cita para presenciar la Judea de San Martín de las Flores. Mujeres, hombres, jóvenes, viejos y niños llenaron las calles alrededor de la delegación. A esa hora, el aforo estimado al poblado tlaquepaquense era de 25 mil almas, en el segundo de tres días de actividades de la recreación de La Pasión y Muerte de Jesús, que culminó con 40 mil visitantes en la plaza principal y 120 mil durante toda la jornada.
La calle Independencia, convertida en camino al Calvario, vio aparecer la figura de un Jesús casi rubio que, sin querer es similar a la imagen del Hijo de Dios descrita en relatos históricos y biografías fílmicas. Avanzó antecedido por una formación de morenos soldados romanos. Junto a su madre María ya vestida de negro. Al trote pasaron varios caballos y luego el pueblo. Más de 120 actores que son habitantes mismos de San Martín.
Un ángel con labios pintados en color naranja, aportación de la creatividad popular al relato bíblico, seguía de cerca a Jesús, cuya voz retumbó por primera vez a través de las bocinas, en argot de España, acaso buscado un toque mayor de espiritualidad. "Si os digo que soy, cambiarían vuestra sentencia", dijo el Cristo de Tlaquepaque a sus enjuiciadores.
Jesús mordió el polvo de los grises adoquines ardientes. El reporte del estado del tiempo marcaba 32 grados centígrados cuando fue azotado con látigos de carrizo que se hicieron añicos contra su cuerpo. Los soldados romanos lo patearon y despertaron del sopor a más de un niño. Perdido, al final del contingente había también un diablo personificado en atuendos negros.
El gentío observaba desde las gradas y las banquetas resguardadas con vallas metálicas. Muchos esperaban desde las 11 de la mañana ver la escenificación en los mejores lugares, algunos atajando el quemante sol de abril con sombrillas de colores, otros soportándolo a plomo. Sumergidos en las escenas, los visitantes y vecinos obviaron la eventual intromisión a cuadro de personal de logística, seguridad, periodistas y fotógrafos.
Dos pantallas gigantes replicaban la representación teatral, insuficientes para la muchedumbre que aún así disfrutaba de la edición número 223 de esta Judea en vivo, acompañada de música que pretendía ambientar la marcialidad romana.
"A ver si dejas de tomar Felipe", le gritó a toda voz el comandante a uno de sus soldados. Los actores voluntarios saben que participar en la Judea exige algo de sacrificio y ofrenda, y por qué no, de expiar los propios pecados.
Miguel Iván mismo, se prepara arduamente para su papel, con meses de ensayo y ejercicio para mantener la condición física.
A las 5:27 de la tarde, casi dos horas después de sufrir maltratos, Jesús escuchó su sentencia de muerte. Luego comenzó la cuesta arriba al Cerro de la Cruz, testigo mudo del devenir de San Martín de las Flores, azotado por la pobreza, la inseguridad y la violencia, suplicio que hoy comparten muchos poblados en México, y que sobrevive con férreo apego a sus muchas tradiciones, la Judea una de ellas.
Parte del pueblo, enfundado en pantalones de mezclilla, enjutas o enseñosas playeras, tenis y cachuchas o sombreros de palma, siguió al hombre que cargó una cruz de cien kilogramos durante casi kilómetro y medio. Otros enfilaron hacia la carretera, para tomar y el camión y emprender el regreso a casa.
"Todo está muy bonito, a gusto, tengo muchos años viniendo", compartió Yolanda Zamorano, una delgada joven de 27 de edad, luciendo un tatuaje en el hombro y un minúsculo piercing debajo del labio, ecléctico retrato de una nueva casta que igual a la de los viejos pobladores de su natal Tlaquepaque, abandera su religión con fervor. Llevaba una cachucha, a sus dos hijos pequeños, a un sobrino y a su madre por toda compañía. La familia no subió a ver la Crucifixión de Jesús, para volver a tiempo a la cabecera municipal.
Las céntricas calles del poblado, que eran un hervidero de puestos ambulantes, de pronto quedaron en silencio, mientras la gente seguía al Nazareno. Cerca de las 6:30 de la tarde, Jesús, el de Tlaquepaque, fue crucificado en lo alto del cerro.
Miguel Iván Alejo Guareño cumplió su misión: murió por tercera vez en San Martín de las Flores. Otros diez años antes lo hizo encarnando a Cristo en la parroquia de Santa Cruz de las Huertas, Tonalá, lugar donde reside, junto a su padre y hermanos, y donde pasará la noche que correspondería a la estancia de Jesús en el paraíso.
SRN