El rugido de los jaguares volvió a escucharse hoy en la plaza central de Zitlala, Guerrero, donde decenas de hombres vestidos de “tigres” se enfrentaron a chicote limpio para ofrendar su sangre a Tláloc, dios prehispánico de la lluvia y pedir fertilidad para los campos.
El ritual, conocido como Atzatzilistli y celebrado cada 5 de mayo, congregó a los “hombres-jaguar” de los barrios de San Francisco, San Mateo y la Cabecera. Ataviados con trajes amarillos moteados de negro, máscaras de cuero y chalecos, los combatientes portan reatas de ixtle con las que marcan el cuerpo del oponente. Cada gota derramada, dicen los participantes, es un pacto con la tierra para asegurar un temporal abundante.
Aunque por siglos la pelea se realizaba en el Cerro del Cruzco, hoy el estallido de los chicotes retumba en la explanada principal, bajo la mirada de cientos de asistentes y al ritmo de música de viento. Los réferis vigilan que el combate conserve su carácter sagrado y no escale a rencillas personales.
“Esto no es odio, es hermandad”, explicó uno de los tigres al bajar del cuadrilátero improvisado, con la espalda marcada. “Aquí venimos a dar fuerza, a pedir agua. Si no hay sangre, no hay lluvia”.
La tradición fusiona la cosmovisión prehispánica y elementos cristianos, convirtiéndose en uno de los rituales más intensos de Guerrero. Para los zitlaltecos, el dolor es temporal: la cosecha que viene depende de la entrega de hoy.
Con la caída del sol, los combatientes se abrazan. La plaza queda marcada de tierra y sangre, señal de que el mensaje a Tláloc fue enviado. Ahora solo resta esperar que el cielo responda.