La ciudad los encuentra antes de que ellos encuentren a la ciudad. Un tlacuache aparece en una cochera; una serpiente se refugia entre las piedras de una vivienda; un coyote se acerca a una zona habitacional; un alicante es perseguido por una vieja leyenda que lo convirtió injustamente en enemigo.
Cuando los animales silvestres terminan en medio de la mancha urbana, comienza una carrera para rescatarlos, atenderlos y, cuando las condiciones lo permiten, devolverlos al único lugar donde realmente pertenecen: su hábitat.
En Tlajomulco, ese destino tiene nombre: Cerro Viejo. Con casi 3 mil metros de altura, la montaña, que MILENIO recorrió, es uno de los pocos espacios de naturaleza prácticamente virgen que quedan en la zona metropolitana de Guadalajara.
Desde sus alturas puede observarse prácticamente todo: el Cerro del Cuatro, la Barranca de Huentitán y, en el horizonte, el volcán de Tequila.
Pero lo más valioso no está en la vista panorámica. Está entre las piedras, la hojarasca y la vegetación espesa.
Ahí viven decenas de especies de mamíferos, reptiles, aves e insectos, muchas de ellas bajo alguna categoría de protección.
Y es precisamente esa riqueza natural la que ha convertido a Cerro Viejo en uno de los sitios elegidos para devolver la libertad a los animales silvestres que, por distintas razones, terminan desplazados hacia la ciudad.
MILENIO acompañó a la Unidad de Acopio y Salud Animal de Tlajomulco durante una jornada de liberación.
El director de la unidad, Luis Alberto Cayo, uno de los hombres que mejor conoce esta montaña, llevó hasta distintos puntos del cerro las jaulas con ejemplares que estaban listos para regresar a su hábitat.
Para él, cada reubicación es más que un rescate. Es un acto de restitución: devolverle al monte lo que el monte nunca debió perder.
El primer regreso: un tlacuache a casa
La primera jaula que se abre contiene a un tlacuache, uno de los animales que con mayor frecuencia terminan en cocheras, patios y calles de la ciudad.
Alguien abre la puerta de su cochera y lo encuentra acurrucado junto a una llanta. El susto suele ser mutuo y, ante la sorpresa, muchas personas no saben qué hacer.
Los dos ejemplares que regresan al cerro fueron rescatados de esa manera: encontrados en zonas habitacionales cercanas a la sierra y trasladados para su atención antes de ser considerados aptos para regresar a la naturaleza.
"Es una especie que está saliendo muy constantemente en las casas porque es temporada de reproducción", explica Cayo mientras camina hacia el siguiente punto de liberación.
"Normalmente les agarra la mañana y se terminan metiendo en alguna cochera, en un carro, y lo reportan".
Cerro Viejo tiene todo lo que necesitan para volver a empezar: piedras donde pueden refugiarse, hojarasca en la que encuentran insectos como chapulines y agua cercana. Un hábitat a la medida.
La puerta de la jaula se abre y el animal desaparece entre la vegetación. La ciudad queda atrás.
Serpientes que también vuelven al monte
Más adelante, Cayo abre otra jaula. Dos serpientes periquito, de un verde intenso con líneas amarillas, esperan su turno para regresar a Cerro Viejo.
Para quienes no están acostumbrados a convivir con ellas, la imagen puede provocar miedo casi de manera automática.
Pero antes de liberarlas, Cayo desmonta uno de los mitos más persistentes alrededor de estos animales: que las serpientes atacan a las personas.
"Las serpientes muerden para defenderse, no para atacar", explica.
"Lo que quieren siempre es escapar del humano. Si yo aflojo la mano, siempre va a ser escapar y seguir con su vida".
"Cualquier comportamiento reactivo es para defenderse", insiste.
Los zorrillos liberan su líquido oloroso cuando quieren que los dejen en paz; las serpientes muerden cuando se sienten acorraladas.
El mensaje, señala, es prácticamente el mismo: "No me busques y yo no te busco".
La mordida, cuando ocurre, es una respuesta de defensa ante una amenaza percibida. Fuera de ese escenario, la serpiente simplemente busca alejarse.
La siguiente liberación es una serpiente ojo de gato.
Su coloración café moteada reproduce con tanta precisión la textura de la hojarasca que, una vez en el suelo, prácticamente desaparece.
"Esta coloración se llama críptica", explica Cayo. "Les ayuda a mimetizarse con el entorno para que no sean detectadas por cuervos, mapaches o cualquier ave que pueda depredarlas".
El mecanismo funciona en cuestión de segundos.
Apenas es liberada, la serpiente se desliza entre las hojas. Cayo señala el sitio exacto donde se detuvo, hecha bolita, pero para la mayoría resulta imposible distinguirla del suelo.
La escena también sirve para recordar algo importante a quienes recorren la sierra: hay que permanecer en los caminos señalizados.
"No querer ganar paso por otro lado porque podemos pisar y puede haber algo adentro", advierte Cayo.
En Cerro Viejo habitan también serpientes de cascabel, cuya mordedura representa un peligro real.
Respetar los senderos, no introducir las manos en huecos entre piedras y utilizar calzado cerrado son medidas básicas para reducir el riesgo de encuentros no deseados con la fauna local.
El alicante y la leyenda que casi lo extingue
Entre las jaulas que Cayo carga hacia la sierra hay una particularmente especial.
Dentro se encuentra un alicante, una especie que durante generaciones ha cargado con una historia tan injusta como persistente.
Es una serpiente de hábitos principalmente nocturnos que suele refugiarse entre piedras, troncos y vegetación, y se alimenta principalmente de pequeños animales, como roedores.
La creencia popular sostiene que este animal puede pegarse al pecho de mujeres embarazadas para robarles la leche o que es capaz de succionar las ubres del ganado.
Es una especie inofensiva para las personas, pero el mito ha tenido consecuencias reales.
En algunas comunidades, quienes encuentran un alicante pueden reaccionar matándolo antes de detenerse a identificarlo.
"Se encuentra protegida en la NOM-059-SEMARNAT-2010 precisamente por eso", explica Cayo. "En las comunidades dicen que toma leche y esto la ha puesto en una situación donde simplemente la matan".
La creencia no tiene sustento. El alicante no tiene las enzimas para digerir lactosa ni la estructura muscular para succionar.
Lo que sí puede hacer cerca del ganado es buscar calor y cazar roedores, convirtiéndose así en un aliado natural para los ganaderos y no en una amenaza.
Al abrirse la jaula, el ejemplar se interna entre la vegetación.
Otra oportunidad de sobrevivir lejos de quienes, por desconocimiento, todavía pueden verlo como un enemigo.
El coyote: la última jaula del día
La última liberación de la jornada es también la de mayor carga simbólica. Un coyote.
Pocas especies representan como él la tensión entre el crecimiento de las ciudades y el mundo silvestre que las rodea.
El ejemplar llegó a la Unidad de Salud Animal en recuperación y todavía se encontraba ligeramente por debajo de su peso ideal cuando fue considerado para la reubicación.
Pero ya era el momento. "Es temporada de reproducción y qué mejor lugar que el Cerro Viejo para que pueda encontrar una nueva familia", dice Cayo.
El lugar no fue elegido al azar. El monitoreo constante de la unidad confirmó la presencia de una familia de coyotes activa en las cercanías, lo que abre la posibilidad de que el ejemplar pueda integrarse a ese grupo.
Los coyotes viven en estructuras familiares complejas y esa reintegración resulta fundamental para su bienestar a largo plazo.
La puerta de la jaula se abre. El coyote sale y desaparece entre la vegetación en cuestión de segundos. No voltea. No duda.
Sabe exactamente hacia dónde va.
El mensaje que viene de la naturaleza
Cinco animales, cinco historias distintas y un solo destino: Cerro Viejo.
Para algunos, llegaron después de aparecer en una cochera; otros fueron encontrados cerca de zonas habitacionales y algunos más tuvieron que ser rescatados después de quedar expuestos a las personas.
Todos terminan aquí porque todavía existe un lugar al que pueden regresar.
El trabajo de la Unidad de Acopio y Salud Animal de Tlajomulco va más allá del rescate. También implica educar a una población que, cada vez con mayor frecuencia, opta por reportar a un animal silvestre en lugar de ahuyentarlo o lastimarlo.
Cada llamada, cada rescate y cada ejemplar que vuelve a su hábitat son pasos pequeños, pero necesarios, para preservar una convivencia que parecía imposible.
Porque el crecimiento de la ciudad no solamente significa nuevas calles, viviendas y construcciones. También significa avanzar sobre los espacios donde durante generaciones vivieron otras especies.
Y cuando la ciudad los desplaza, Cerro Viejo se convierte en una última oportunidad.
Ahí no termina la historia cuando se abre una jaula. Ahí comienza la de un animal que recupera su territorio y la de un bosque que, pese al avance de la ciudad, todavía conserva la capacidad de recibirlo.
AH