Fue cuando en México la situación de inseguridad apenas comenzaba a extenderse por distintos estados del país y, en el norte de Veracruz, ya se escuchaban los primeros relatos de personas dedicadas a delinquir.
Resultaba increíble cómo una entidad rica en historia, pesca, ganadería y agricultura comenzaba a desmoronarse ante el avance de la violencia.
Era junio cuando Antonio, un hombre profundamente creyente, acudió a la celebración más importante de Tampico Alto: las fiestas patronales del Señor de las Misericordias.
Había escuchado múltiples historias de milagros ocurridos a lo largo del tiempo, tanto a personas de la región como de otros lugares; esa era la razón por la que cientos de fieles acudían con regularidad al santuario.
Faltaban pocos días para el inicio de los festejos. Motivado por la fe que su madre le inculcó desde niño, Antonio adquirió dos rosarios: uno en tonos dorados con blanco, destinado a un familiar que luchaba por su salud, y otro rojo, que pensaba regalarle a su madre. Antes de regresar a casa, esperó a que el sacerdote concluyera la misa para llevarlos ya bendecidos.
El rosario olvidado y la primera prueba
Por azares del destino, Antonio olvidó sacar de su mochila el rosario rojo. Pasaron varios días antes de que regresara al norte de Veracruz, esta vez al municipio de Pueblo Viejo, sin saber que ese día enfrentaría su primera prueba de fe.
Se reunió con dos amigos, Francisco y Alfredo, y acordaron comer en un restaurante-bar ubicado a espaldas de la presidencia municipal. Cerca de las 14:00 horas, Antonio se quedó solo en la mesa, pues sus acompañantes regresaron momentáneamente al vehículo por algunos objetos olvidados.
El establecimiento estaba semivacío. Mientras daba el primer sorbo a su cerveza, un grupo armado irrumpió en el lugar.
—"Tírate al piso o aquí te lleva la madre (sic)"— escuchó la voz de uno de los sicarios.
Antonio obedeció de inmediato, pero recordó que aún llevaba en el bolsillo del pantalón el rosario destinado a su madre. Metió la mano, comenzó a rezar y puso su vida en manos del Señor de las Misericordias. Minutos después, los hombres armados se retiraron sin hacer daño a nadie.
Poco después regresaron Francisco y Alfredo. Antonio les contó lo ocurrido, aunque les costaba creerlo. Desde entonces, convencido de haber recibido protección divina, continúa orando y, año con año, acude al santuario para agradecer el favor recibido.
Un segundo milagro: la salud de su hijo
Ese no fue el único milagro que Antonio atribuye a su fe. Cinco años después, su hijo mayor enfermó gravemente. Los médicos le advirtieron que las probabilidades de sobrevivir a la meningitis eran mínimas: apenas uno de cada mil pacientes lo lograba.
Antonio acudió a casa de su madre, tomó el rosario rojo que le había regalado y se arrodilló junto a la cama del hospital. Con profunda fe, pidió al Señor de las Misericordias la sanación de su hijo, ofreciendo su propia vida para que se cumpliera la voluntad divina.
Era viernes cuando la especialista en neurología se acercó para informarle:
—Señor, tengo dos noticias: una buena y una mala. La buena es que hemos notado una mejoría notable en su hijo; estamos sorprendidos. No hay derrames cerebrales ni hematomas. La mala es que hasta el lunes podrá irse a casa, ya que permanecerá en observación.
Antonio volvió a agradecer por el nuevo favor recibido.
Como el suyo, existen numerosos testimonios de personas que han acudido a la imagen del Cristo para agradecer milagros: sanaciones, oportunidades de trabajo o protección en momentos críticos. Por ello, año con año, fieles de distintas regiones llegan al santuario para cumplir promesas y renovar su fe.
El origen histórico del Cristo de Tampico
Martín Pérez, historiador del norte de Veracruz, afirma que la imagen del Señor de las Misericordias arribó en 1644 como un obsequio del emperador Carlos V, rey de España.
El Cristo llegó a México el 14 de abril de ese año, transportado en una embarcación desde España hasta el puerto conocido entonces como “Tampico de Veracruz”, hoy Pueblo Viejo.
La nave fondeó en la Bahía del Humo y desde ahí se realizó el desembarco. Para entonces ya habían transcurrido 113 años desde la llegada de fray Andrés de Olmos a la Huasteca, en 1532, y 22 años desde la fundación del convento franciscano de San Luis de Tampico.
Procesión, fe y primeras celebraciones
Al arribo de la imagen, una multitud de feligreses de pueblos vecinos se congregó para presenciar el desembarco del llamado “Señor de Tampico”, posteriormente conocido como el “Cristo de Tampico Alto” y el “Señor de las Misericordias”.
Se trata de un Cristo doliente, tallado en España en marfil puro. Tras las ceremonias religiosas correspondientes, se realizó una procesión por las principales calles de la villa, hasta colocar la imagen en el altar mayor de la parroquia de Tampico Viejo, junto al convento franciscano.
Los pobladores y los predicadores Francisco de Tenis, Manuel Ortiz, Antonio Zavala y Julián Mendoza encabezaron la recepción. El 5 de mayo de 1644 se celebró la primera fiesta religiosa en su honor.
Fe y tradición en 2026
Actualmente, el Señor de las Misericordias es venerado por miles de fieles que le atribuyen milagros relacionados con la salud, la protección y el cumplimiento de promesas. Cada año, durante su fiesta en mayo, la imagen atrae a peregrinos de diversas regiones.
Muchos creyentes acuden al santuario para tocar la urna de vidrio que protege la imagen y agradecer curaciones. Otros cumplen mandas caminando descalzos largas distancias desde Pueblo Viejo hasta el templo de Tampico Alto. También abundan historias de favores concedidos en momentos de necesidad económica, fortaleciendo una fe que se transmite de generación en generación.
En este 2026, las fiestas patronales se celebrarán del 9 al 17 de mayo en el norte de Veracruz. En los próximos días comenzarán a circular las invitaciones dirigidas a peregrinos y danzantes que participarán en esta tradición profundamente arraigada en la vida religiosa de la región.