La educación superior suele discutirse desde los programas académicos, la tecnología o los modelos pedagógicos. Con menor frecuencia la conversación se traslada al espacio físico: el lugar en el que ocurren las clases, las conversaciones y buena parte de la vida universitaria.
El proyecto de la Universidad Carolina buscó desde un inicio aprovechar el espacio natural existente y demostrar cómo la arquitectura puede convertirse en parte del modelo educativo y no únicamente en el lugar donde se transmiten los conocimientos.
En los últimos años, la relación entre arquitectura y aprendizaje ha cobrado relevancia en el debate educativo internacional. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) sostiene que los entornos educativos del futuro requieren espacios flexibles y adaptables que favorezcan la colaboración entre estudiantes y profesores, superando el modelo tradicional del aula cerrada.
La evidencia también apunta en esa dirección. Una investigación de la Universidad de Salford, en Reino Unido, concluyó que variables como la iluminación natural, la calidad ambiental y la flexibilidad del espacio tienen un efecto medible en el desempeño académico de los estudiantes.
Esta tendencia ya puede observarse en distintos países. En Alemania, por ejemplo, el Centro de Estudios de la Universidad Técnica de Braunschweig fue reconocido con el Premio Mies van der Rohe por concebir un edificio universitario pensado para propiciar encuentros espontáneos, trabajo colaborativo y múltiples formas de aprendizaje más allá del salón de clases.
En México también comienzan a aparecer proyectos que llevan esa discusión a la educación superior. En Saltillo, Coahuila, se desarrolló el campus universitario respetando un bosque urbano de casi siete hectáreas.
La arquitectura como parte del modelo
Si el propósito era formar estudiantes capaces de cuestionar, dialogar y construir soluciones, el espacio de la universidad tenía que favorecer esas experiencias.
"El campus surge por la inquietud de preguntarnos cómo debería ser el futuro de la educación en el país y en Saltillo. Construimos un campus vivo, adaptable, que respetara el sitio, los árboles y los ciclos naturales que ya existían", explicó uno de los arquitectos del campus, Chente Tapia.
Esa idea coincide con la visión educativa del rector Esteban Garza Fishburn, quien sostiene que el entorno debe acompañar el desarrollo de las personas.
"Esperamos que quienes visiten este campus se sientan conectados con la naturaleza y encuentren un espacio donde puedan librar sus propias batallas. Entendemos que la transformación empieza desde los individuos y que para transformar el mundo primero tenemos que derrotar a nuestros miedos, sanar nuestras heridas y desarrollar nuestros talentos", afirmó.
En entrevista para MILENIO, el rector apuntó que el campus fue diseñado para incentivar el cuestionamiento y la generación de soluciones. "Nuestros alumnos son impulsados a preguntar, debatir y criticar, pero también a construir. La innovación comienza preguntando qué se puede mejorar y después creando algo nuevo".
La arquitectura deja de ser el escenario donde ocurre la educación y se convierte en una expresión de ella. En este campus construido entre los árboles se hace visible un llamado que une generaciones y pone a las personas en el centro: jóvenes que piensan con libertad y convierten sus talentos en fuerza para transformar el mundo.
Adaptarse al territorio y a la comunidad
El proyecto universitario de la Universidad Carolina se desarrolló en el terreno que albergaba una quinta con más de 500 árboles, senderos preexistentes y una antigua casona, todo dentro del centro de la capital coahuilense. Al ver la riqueza natural y patrimonial del lugar, los responsables de la construcción decidieron no modificar el paisaje, pues el proyecto se tenía que adaptar a él.
"Era una oportunidad poco común: construir un entorno académico dentro de un bosque urbano. Aprovechamos los activos que ya existían para convertirlos en un espacio inspirador para estudiantes y profesores", explicó el arquitecto Javier Leal responsable del Master Plan.
La estrategia consistió en conservar la vegetación, seguir la topografía natural y distribuir los edificios alrededor de los recorridos existentes.
"Queríamos crear espacios de convivencia para maestros y alumnos. Muchas veces eso no depende de tecnología sofisticada, sino de una buena iluminación, ventilación natural y lugares que inviten a permanecer", señaló Alejandro Madero, arquitecto del campus.
El resultado son edificios de ladrillo que se integran a la vegetación, plazas abiertas, senderos y patios en los que el bosque forma parte de la vida cotidiana. Los espacios dejan atrás los salones tradicionales y fomentan la integración de la comunidad universitaria.
"Cuando llegas a un edificio no solamente te encuentras con estudiantes de tu carrera; convives con personas de muchas disciplinas y eso cambia completamente la experiencia universitaria", comentó Eunice Daniela Gallegos Gómez, estudiante de Arquitectura y Sostenibilidad.
El campus como extensión del aula
Para los arquitectos, el bosque, los edificios preexistentes y todo el entorno natural debía ser una herramienta que fomentara el aprendizaje. "Los profesores no solamente tienen la opción de los salones tradicionales; tienen todo el campus para hacerlo. Los árboles generan microclimas que convierten al espacio abierto en una extensión del aula", explicó Javier Leal.
Esa percepción también es compartida por los docentes. "Enseñar en un ambiente tan en contacto con la naturaleza nos da un plus. Los estudiantes pueden caminar, utilizar distintos espacios para aprender y convivir; eso termina influyendo en el aprendizaje como en la convivencia", señaló la bióloga y catedrática de la institución, Gabriela Margarita García Deras.
Ubicado en pleno corazón de Saltillo, el campus de la Universidad Carolina también funciona como un pulmón verde para la ciudad y mantiene actividades con vecinos y organizaciones cercanas, además de fomentar programas de reducción de residuos, eliminación de plásticos de un solo uso y proyectos de captación de agua y transición hacia energías limpias.
Espacios para crear
El Ágora representa un punto de encuentro del campus. Ahí convergen un auditorio, áreas de trabajo colaborativo y el FabLab, un laboratorio en el que los estudiantes desarrollan proyectos y prototipos.
"Cada tipo de interacción requiere espacios distintos. El proyecto del Ágora busca responder a esas diferentes formas de aprender y convivir", explicó Chente Tapia, arquitecto encargado del espacio.
Para Eunice Gallegos, el FabLab resume esa filosofía. "Llegas con una idea y sales con algo material. Es un espacio en el que entendemos que las ideas sí pueden convertirse en proyectos".
Una conversación abierta
Durante décadas, la arquitectura universitaria se entendió principalmente como infraestructura. Hoy, investigaciones internacionales y proyectos educativos plantean una mirada distinta: que el diseño de los espacios también puede formar parte del aprendizaje.
El campus desarrollado en Saltillo ilustra esa discusión a través de decisiones concretas: conservar un bosque en lugar de sustituirlo, privilegiar espacios de encuentro sobre corredores cerrados y extender la experiencia educativa más allá del salón de clases.
Más que un caso aislado, forma parte de una conversación que gana terreno en distintos sistemas educativos: si la forma de aprender está cambiando, también podrían hacerlo los espacios donde ese aprendizaje ocurre.
GCM