El paraíso de los mariscos... en Japón

A los turistas sibaritas les espera una delicia en Hokkaido, y un nuevo tren rápido lo puso al alcance.

"El tazón de arroz de 'cinco colores' -erizo de mar crudo, hueva de salmón, salmón fresco, ostiones y camarones- es una ganga a 1,650 yenes (10.50 lib
Natalie Whittle
Ciudad de México /

Hay algo duro, fértil y mágico en las cuatro islas principales en la zona más septentrional de Japón. Cualquier mercado en Hokkaido, desde los puestos ambulantes más humildes que se encuentran unidos, hasta los salones de comida más elegantes, muestran la superabundancia que tienen en productos frescos: cangrejos reales, calamares, salmón, melones, fresas, mantequeras de leche cremosa.

Aquí también viven hermosas criaturas, que no se encuentran en otro lugar de Japón: grullas de cresta roja en el pantano de Kushiro al este, o los osos pardos de Ezo en la península de Shiretoko en el norte montañoso.

Para los osos, no es ningún secreto que el más grande tesoro de Hokkaido está en el agua. Ellos pescan salmones y truchas en el río Rusha, mientras que los pescadores en toda la isla hace capturas incluso más grandes, erizos de mar, camarones, besugos, calamares, media docena de tipos de cangrejos.

Sin embargo, a pesar de que tienen una frescura y calidad soberbia -y tienen precios muy razonables- el banquete de mariscos de Hokkaido no es muy conocido por los turistas de occidente, la mayoría de ellos viene a este lugar para esquiar.

Pero, este año, eso comenzó a cambiar. Una nueva ruta de shinkansen (tren bala) abrió en marzo, conecta a Hakodate, la ciudad portuaria en el extremo sur de la isla, con Tokio, a través de un túnel submarino de 53 kilómetros.

La vía rápida reduce casi una hora de viaje desde la capital en comparación con el tiempo anterior, por tanto, ahora el trayecto es de poco más de 4 horas, y convierte a Hokkaido en un prospecto mucho más fácil para que los turistas hagan un viaje distinto al habitual circuito de Tokio-Kioto-Osaka. Y al parecer continúa la apertura del remoto y rural norte: la ruta del shinkansen se va a ampliar aún más, para llegar a Sapporo, la capital de Hokkaido, en el año 2030.

Incluso con la velocidad del tren bala, todavía es un viaje largo. Abordé el tren Hokkaido Shinkansen color verde y rosa en la estación de Tokio a mitad de una soleada tarde. En Morioka, cerca del impresionante pico nevado de monte Iwate, se bajó un grupo de estudiantes y profesores que compartían mi carro, su destino era un viaje de senderismo.

Más tarde, el tren se sentía vacío, y cuando se acercaba a Hakodate a las 7:50 de la noche, la nueva y resplandeciente estación shinkansen se veía oscura y desierta, con excepción de una figura de cartón de tamaño real del héroe local Shohei Otani, un as del béisbol.

Mi exploración gastronómica comienza temprano al día siguiente en Asaichi (el mercado matutino), donde los barcos empiezan a descargar su pesca alrededor de las 4 de la mañana.

Paso junto a un hombre que vende unos erizos de mar que corta con tijeras y después cocina al vapor, para los pedidos que hacen los clientes para el desayuno en el sushi bar de al lado. Al recorrer todavía más, veo enormes pinzas de cangrejo que se cocinan a las brazas y me detengo para tomar un callo de hacha caliente de una parrilla.

Se puede identificar fácilmente a los barcos de calamares que flotan al lado del muro del puerto por su serie de isaribis, las luces que se encienden en la noche para atraer a los calamares.

Dentro del mercado, hay un tanque con calamares vivos recién pescados al que me acerco, el encargado del puesto me da una caña de pescar con un gancho. La idea, explica, es que pesque el suyo para un rápido desayuno sashimi. “Es la segunda mujer occidental que hace esto”, me dice riendo. Eso no calma mis nervios. Bajo la cuera en el tanque y por intuición las formas blancas se empiezan a mover más rápido. Durante algunos minutos todos se me escapan, hasta que después de un tiempo, el gancho se detiene y la cuerda se tensa.

El hombre levanta el calamar, lo coloca en su tabla de corte y le quita la cabeza antes de cortar el cuerpo en franjas serpenteantes que arregla en un plato de de aluminio con wasabi fresco. Un poco de salsa de soya endurece la carne, que tiene un delicioso sabor ligero y dulce, con una suavidad salina.

En honor a la verdad, el calamar que todavía se retorcía fue mi segundo desayuno. A muchos huéspedes de mi hotel, La Vista, una torre de ladrillo rojo que tiene vista hacia los antiguos almacenes de pescados al estilo flamenco (ahora tiendas de chácharas) se les dijo que se quedaran allí tan sólo por el desayuno de bufé de mariscos.

Después de visitar temprano el maravilloso onsen (aguas termales) en la azotea, me dirijo al restaurante y descubro que los rumores son ciertos: grandes tazones de hueva de salmón y camarones frescos, sashimi hermosamente cortado, filetes de salmón y miso recién hecho.

El viento golpea a la ciudad por ambos lados de la franja de tierra que ocupa, que la hizo propensa a los incendios en otros tiempos. Para evitar esto, se ampliaron las calles a tal tamaño que se siente como un bulevar del doble de ancho.

El área Omachi de gama más alta se encuentra en calles con pendientes, salpicadas con con iglesias de diferentes denominaciones, desde la rusa ortodoxa hasta un gigantesco templo católico de concreto con frescos que se importaron de Italia.

Tomo un antiguo tranvía que va del hotel La Vista al mercado Jiu-Ichiba, una versión más relajada y local del mercado principal Asaichi. Aquí preparan toba, un bocadillo de Hokkaido de salmón seco que se come acompañado por cerveza; un pequeño pescado de chika que se captura en la costa este; almejas blancas de la región de Sakhalin; pelo de cangrejo (Erimacrus isenbeckii), y cangrejos de las nieves, con un color naranja brillante.

La mayoría de las cosas las puedes comprar para comer en el lugar, y señalo una bocina de Neptuno, o ma-tsubu, que despacha el tendero con un pequeño martillo preciso. Su carne gomosa hace que sea un tipo más carnoso de sashimi.

Para el almuerzo, me dirigo a Donburi Yokocho, una fila de pequeños restaurantes al lado de Asaichi, y me acomodo en Cham, un café de mariscos que dirige un hombre encantador del pueblo pesquero de Matsumae.

El tazón de arroz de “cinco colores” -erizo de mar crudo, hueva de salmón, salmón fresco, ostiones y camarones- es una ganga a 1,650 yenes (10.50 libras), uno de los mejores sashimis que comí en Japón, en el entorno menos lujoso. Si te cansas del pescado, hay restaurantes de cazuelas, muchos “lugares pequeños” de ramen y Lucky Pierrot, una cadena de hamburguesas que sólo se encuentra en Hokkaido.

Para descansar de la comedera me voy a visitar Goryokaku, una fortaleza en forma de estrella que se construyó durante el shogunato Tokugawa en 1864. En la actualidad en el lugar se plantaron árboles de cerezo y hay locales que venden helado de tinta de calamar (no es tan malo como suena). Después de allí tomo el teleférico para un paseo al comenzar la noche a Monte Hakodate, y observo cómo empieza a crecer el mar, las luces de botes parpadean con gracia en el agua.

Al día siguiente, me dirigo al tranvía de ryokan llamado Chikuba Shin-yo-tei. Este lugar lo maneja una familia, y funciona desde 1949: tienen habitaciones de tatami, un servicio maravilloso y deliciosos onsen. Después recorro el Jardín Tropical Hakodate, donde los monos recorren sus propias aguas termales.

Mi fin de semana en Hokkaido termina a las 7 de la mañana en punto del día siguiente, con otro gran desayuno: salmón a la parrilla, papas calientes con mantequilla y café con una pequeña botella de leche cremosa, Tomo el tren bala de regreso a Tokio, llena como un oso, pero cuando el pescado es tan fresco, lo comes mientras puedes.



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