La Metropolitana, el arte de hacer y de permanecer

Desde el Edificio Vizcaya, celebra 17 años de oficio y pensamiento; con la presentación de la silla Caletilla reafirma que diseñar no es producir, sino dialogar con la materia.

Lo que sucede dentro de este lugar es una manera de entender el mundo a través de los objetos. | Especial
Sarah Gore Reeves y Lorena Domínguez
Ciudad de México /

El diseño no se trata solo de formas o materiales, sino de una conversación constante entre la mano, la mente y la creatividad. En el Edificio Vizcaya, en el centro de Ciudad de México, esa conversación lleva 17 años teniendo un mismo nombre: La Metropolitana.

Su historia comienza aquí, en este departamento que hoy vuelve a ser punto de partida. Un espacio donde la luz entra de todas las maneras posibles, se filtra entre las maderas, rebota en los muros y crea una sensación inequívoca: no quieres irte. Porque lo que sucede dentro de este lugar es una forma de pensar, una manera de entender el mundo a través de los objetos.

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La presentación de la silla Caletilla es el símbolo más reciente de esa evolución. Un ejercicio que, en apariencia, parece sencillo: una silla que se arma por partes, pensada para ser accesible. Pero que en el fondo encierra una idea mucho más profunda: la belleza del hacer. Caletilla pertenece a la colección Acapulco, una línea que busca democratizar el mobiliario sin renunciar a la calidad, la proporción ni a la elegancia que distinguen a la marca. Es, en esencia, una declaración de principios: lo bien hecho debe estar al alcance de todos.

En el fondo, lo que La Metropolitana propone es un cambio de narrativa. Crear belleza no como un privilegio, sino como una práctica cotidiana. Porque si estás rodeado de belleza —si tienes una silla bien hecha, si la luz que entra por la ventana cae sobre una mesa construida con intención— inevitablemente empiezas a crear belleza también. Fabricar no es producir: es reconocer la capacidad humana de transformar. Entender que, cuando participas en la creación de algo, también te transformas tú.

Origen, el espacio donde la marca ha vuelto a instalarse, funciona como una extensión de esa filosofía. Más que una galería, es una obra habitable. Un lugar abierto para mirar, colaborar e interpretar. Cada pieza aquí —desde un mueble hasta una esquina iluminada— es testimonio de una búsqueda constante: cómo equilibrar la geometría, la empatía y el propósito en un solo trazo.

La Metropolitana ha madurado sin perder su raíz. Ha entendido que el diseño es un lenguaje que se afina con los años, pero cuya esencia no cambia: la del oficio, la del respeto por la materia, la del diálogo entre la tecnología y el pulso humano. Porque en este espacio, cada objeto respira intención y cada detalle revela una belleza esencial.

Foto: Especial

En exclusiva para M Revista de Milenio, Rodrigo Escobedo, cofundador de La Metropolitana, nos habla de este proyecto como una conversación entre el tiempo, la madera y las manos que la transforman.

¿Qué ha cambiado en tu manera de diseñar y qué se ha mantenido intacto?

Lo que ha cambiado es la escala de conciencia. Al inicio diseñábamos desde la intuición y el deseo de hacer bien las cosas; hoy diseñamos entendiendo que cada decisión —material, proceso, tiempo, precio— tiene consecuencias sociales, ambientales y productivas. Con los años no solo se ha afinado la forma, sino también la responsabilidad del diseño.
Lo que se ha mantenido intacto es el respeto por el oficio y por la materia. La convicción de que un objeto no empieza en el render, sino en el bosque, en el taller y en las manos que lo producen. Desde el origen, La Metropolitana entiende el diseño como un acto colectivo, no como una firma individual, y ese sigue siendo el centro de todo.

¿Qué tan difícil es llegar a esa simplicidad bien hecha de la silla Caletilla, y qué decisiones hay detrás de ella?

Llegar a una pieza así es, en realidad, un proceso largo. La simplicidad no es un punto de partida, es un punto de llegada. Detrás hay muchas decisiones invisibles: qué eliminar, qué dejar, qué no forzar. Decidir no añadir cuando se puede añadir es, muchas veces, la decisión más difícil.
Caletilla no busca impresionar; busca funcionar con honestidad. Su forma responde a cómo se ensambla, a cómo se produce en distintos talleres y a cómo envejece la madera. Es una pieza que no pretende ocultar el proceso, sino hacerlo evidente. Para nosotros, esa es la verdadera sofisticación.
Foto: Especial

¿Dónde está el verdadero reto entre accesibilidad, oficio y sostenibilidad?

En no tratar estos conceptos como opuestos. Muchas veces se piensa que lo accesible no puede ser bien hecho, o que lo sostenible es necesariamente más caro o complejo. Nuestro trabajo ha sido demostrar que el problema no está en el objeto, sino en los sistemas productivos que lo rodean.
Diseñar hoy implica construir ecosistemas de producción: talleres descentralizados, procesos eficientes y tecnologías que respeten el oficio en lugar de reemplazarlo. La accesibilidad no viene de bajar estándares, sino de diseñar mejor el sistema completo.

¿Qué significa diseñar algo que aspire a permanecer en la vida cotidiana?

Significa diseñar con paciencia. Pensar en objetos que no dependan de una moda para existir, sino de su utilidad, su materialidad y su relación con quien los usa. Un objeto que permanece no es el que se vuelve icónico, sino el que se vuelve cotidiano sin perder sentido.
Diseñar para permanecer es aceptar que el objeto va a cambiar con el tiempo: se va a rayar, va a envejecer, va a acompañar. En La Metropolitana no buscamos hacer piezas perfectas, buscamos hacer piezas vivas, capaces de formar parte de la vida real de las personas durante muchos años.
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hc

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