“Algún día voy a tener las mejores micheladas de México”, fue lo que Emiliano Becerra escribió en Facebook hace casi ocho años, antes de que Michelanga existiera.
Revela a MILENIO que ese día quizá estaba tomando una michelada cuando publicó el estado, por lo que pudo ser una ocurrencia... que se encamina a volverse profecía porque hoy funciona como punto de partida para entender el proyecto que fundó junto con Ángel Francisco Sánchez.
En pandemia, ambos comenzaron con un negocio de micheladas a domicilio que ahora se expandió a dos establecimientos en Ciudad de México (en las sucursales de Titanes del Mar), presencia en festivales y espacios deportivos, además de la aspiración de internacionalizar el popular elixir mexa.
“Siento a la michelada como un pilar y debemos luchar para que llegue a un lugar más reconocido”, dice el CEO.
Desestigmatizar una bebida popular
Definir a la michelada es algo subjetivo, comenta Becerra, porque cuando la marca publica una preparación en redes, de inmediato aparecen comentarios que cuestionan si se trata de una una chelada o alguna otra variante.
“No hay una definición correcta, pero personalmente me parece que es un vaso escarchado a base de chamoy con cerveza”.
Cuenta una historia popular que atribuye el origen de la bebida a San Luis Potosí, específicamente a un hombre llamado Michel, pero la considera más una narración "de boca en boca" que verídica.
Entendiendo esto, comparte que su interés es cambiar la relación que se tiene con la bebida: “Hace 10 años conseguir una michelada era complicado; tenías que meterte a lados no tan seguros. Entonces, intentamos darle la vuelta: que no hay riesgo, que vean cómo se preparan. ¡Buscamos desestigmatizar!”.
Y exalta la dimensión social de las micheladas al habla de su primer recuerdo con ellas: durante una salida con una pareja, cuando buscaban hacer algo "divertido" en la ciudad.
Esa esencia intenta conservar Michelanga, que Emiliano no ve como un bar ni como una incitación al exceso, sino como “un lugar para compartir”.
La pandemia como punto de inflexión
Becerra y Sánchez eran estudiantes universitarios cuando comenzó la pandemia. De pronto se vieron inundados por gastos y deudas, mientras las posibilidades de chamba se reducían.
¿Cómo obtener dinero?, pensaron, y les brincó una idea: ofrecer micheladas a domicilio. Conocían la Ciudad de México y, tras un estudio de mercado "muy breve" para identificar sabores y preferencias, arrancaron el proyecto.
Pronto, Michelanga comenzó a satisfacer una necesidad circunstancial: “La gente tenía una necesidad de calmar su encierro; la gente acostumbrada a salir o ir a oficina no tenía nada qué hacer”.
El impulso fue la personalización, pues entonces las posibilidades de la michelada eran limitadas: podía ser básicamente cerveza con tamarindo y Tajín. Y ya.
“Todos tenemos gustos distintos y llegamos con la idea de que la gente pudiera elegir qué le gusta (…) Éramos como un carro de esquites: llevábamos todo en el carro y al llegar te la escarchábamos. Hasta llevábamos hielera”.
La marca se viralizó luego de que un video superó los dos millones de 'Me gusta' en Facebook; de ahí vinieron tiempos donde llegaron a recibir hasta 50 pedidos diarios.
Crear una categoría y después reinventarla
Aunque ese impacto inicial tenía fecha de caducidad: cuando la pandemia relajó sus restricciones, los hábitos de consumo cambiaron y disminuyeron los pedidos a domicilio.
Fue el momento en que a Becerra le vino una idea que aprendió en la universidad: es más sencillo convertirse en líder de una categoría cuando se crea. “Ya existían las micheladas, nosotros no las inventamos. Nosotros creamos el concepto a domicilio”.
Durante un periodo fueron los referentes, hasta que aparecieron otros negocios que copiaron el modelo. “Ahí tienes que ver que el segmento está muriendo y renovarte”.
La respuesta fue abrir un local, al que definió bien una fooder hace tiempo: Michelanga es “el Nutrisa de las micheladas”.
La michelada como experiencia
El tesón de sus responsables generó una evolución llevó a Michelanga hacia la gastronomía; bajo el concepto Titanes del Mar —con dos sedes: Narvarte y Río Blanco— la marca incorporó aguachiles, ceviches, cócteles, tostadas y tacos, buscando que la michelada fuera la joya de la experiencia.
Pero la expansión no se limitó a cuatro paredes: alcanzó festivales y espacios deportivos. Por ejemplo, este año la empresa llegó al Estadio Banorte y al Estadio Universitario durante los partidos de la Liga MX.
“Las redes son todo, un negocio que no está ahí no existe”, afirma al explicar cómo la presencia digital favoreció su acercamiento con la operadora del Estadio Banorte. “Fue un paso para consolidar la marca”.
Tras hablar de dichos logros, Emiliano señala a la "rectitud" como la clave de todo: “Hoy me preocupo que mi negocio venda más, pero no de que la alcaldía venga a verificar porque sé que todo está en regla”.
También destaca una visión empresarial ligada a la meritocracia, donde el trabajo constante y adicional marca diferencia: "Muchas veces tengo que trabajar los domingos, aunque lo tenía como un día familiar, porque quiero avanzar más e innovar".
“Aunque mentiría si digo que siempre lo tuve claro”, confiesa, pues han existido momentos de bajas ventas o ajustes que implican diversos esfuerzos. Pero son el precio a pagar, porque “las empresas que mueren es porque no innovan”.
De México hacia el mundo
Michelanga vislumbra su futuro en dos tiempos: crecer en Ciudad de México y luego abrirse camino en otro país.
Una meta que refuerza su confianza en el carácter de la bebida: a diferencia de otras bebidas que pueden estar limitadas por preferencias personales, Becerra encuentra que la michelada tiene una ventaja: es difícil que se rechace una cerveza, y más si está bien preparada.
“Es algo muy de la cultura mexicana que puede llegar a todo el mundo”.
hc