DOMINGA.– Lucía calculó cuánto dura el pollo en el refrigerador sin luz eléctrica. Si la tumban por menos de ocho horas, no pasa nada, pero si llega a doce toca revisarlo. Si pasa de ahí, uff, casi se va a podrir. Hace unos días se encontró la bolsa descongelada, chorreando sarcoplasma. Le apuntó con la linterna del móvil, olió el pollo, todavía servía. Lo cocinó rápido en la hornilla de gas, sola en la oscuridad del quinto piso de su edificio de Jesús María, un barrio pobre de La Habana Vieja.
También calculó que la mejor forma de guardar agua fría es congelar pomos de plástico hasta que parezcan ladrillos de iglú. Y que lo mejor es no acumular nada en el refrigerador, lo cual es una loquera. Su bloque (el bloque 3, que suena a barrio pero es un circuito eléctrico) lleva varias semanas con más de 16 horas diarias de apagón, sin un horario específico. En teoría, los apagones en Cuba funcionan por bloques.
La Unión Eléctrica (UNE) dividió cada provincia para que todas se apaguen y se prendan como las guirnaldas, con la misma lógica. La Habana quedó dividida en seis. Cada una de esas zonas o bloques agrupa circuitos de distintos municipios. El bloque 3, el de Lucía, incluye calles de La Habana Vieja, El Vedado y Guanabacoa. La idea es que los apagones roten. Cada bloque dura cierta cantidad de horas sin corriente y después se restablece mientras le toca al siguiente. La triste lógica de un triste sistema que reparte turnos para la tristeza.
En la práctica, esa planificación dejó de existir hace meses. Cuando el déficit de generación es demasiado, el sistema colapsa y ocurre lo que la UNE llama un “disparo automático por frecuencia”. Entonces se apagan circuitos enteros sin avisar, sin orden, sin importar qué bloque tenía turno ni cuánto tiempo llevaba sin luz. Los circuitos de emergencia, que supuestamente nunca se apagan porque están conectados a hospitales, en algún momento también empezaron a parpadear.
Venezuela dejó de enviar petróleo a Cuba tras la captura de Nicolás Maduro en enero pasado. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firmó una orden poco después para que ningún país lo hiciera. Desde entonces la tabla de horarios que publica la UNE sigue circulando en redes sociales. Pero la gente con la que he hablado dice que la tabla y los horarios no sirven para nada.
Lucía lo entendió leyendo el canal de Telegram de la Empresa Eléctrica de La Habana, donde se publica cada corte, avería o restablecimiento, a cualquier hora del día o de la noche, con emojis de rayos y checkmarks verdes. El canal tiene más de un cuarto de millón de suscriptores. Unas 270 mil personas leen los mismos mensajes y ni una que diga que entiende cuándo le toca que le pongan la luz.
Así que la vida de los cubanos se reorganizó alrededor de los apagones como antes lo hacían con los horarios de trabajo. Cuando hay luz, Lucía corre a hacer todo lo que no puede hacer en la oscuridad: carga el teléfono y el ventilador de batería de litio que la salva del calor extremo, llena los pomos, cocina, lava ropa.
Milton hace lo mismo por su lado. Se consiguió un panelito solar que le da para enchufar un ventilador. Cada mañana, cuando sale el sol, aunque no haya luz eléctrica, carga el panel. También aprovecha la luz del sol (porque cocina con gas, pero qué difícil es pelar un ajo en la penumbra) para hacer su comida y la de sus perros, que es casi la misma. “El litro de aceite está a mil 800 pesos [cubanos]. Pero conseguir 500 pesos está duro. Uno se despierta, respira y ya gastó 3 mil pesos”, dijo en una nota de voz.
Milton McDonald tiene 33 años y es rapero. Vive en El Vedado, cerca del malecón y de la embajada de Estados Unidos, en una cuadra donde, según cree, los apagones duran más que en cualquier parte. Llegó a esa conclusión luego de subirse a la azotea de una amiga y ver la ciudad entera desde arriba. La única cuadra oscura era la suya, como una mancha de petróleo en el agua.
Las noches en velas como en la Edad Media
Dice Milton que sus dos o tres horas con luz al día a veces le tocan continuas y a veces repartidas en fragmentos. Cuando hay, se apura a tratar de hacer todo lo que hace un ser humano de este siglo, incluido postear algo en Instagram, que es parte de su carrera en la música. Pero cuando no hay, sale a casa de un amigo que vive en una zona de hospitales, a donde va todo su grupo como los bichos de luz y se ponen a discutir de política, de lo que va a pasar y lo que no. Lo demás es huir de la vida real tomándose un café en algún bar que rente sus propios generadores.
Hasta que a Milton lo coge la madrugada y regresa a casa, que sigue a oscuras. “A esa hora es literalmente dormir si el calor y los mosquitos lo permiten. Si no, pegar la noche con el día. La mayoría de la gente que conozco está pinchando [trabajando] con dos o tres horas de sueño”.
Milton genera casi todo su arte en el teléfono y sin batería no puede trabajar. Pero el problema, dice, no es sólo técnico. “Es que son tantas las preocupaciones que cuando uno se sienta a escribir algo, lo único que le sale es falla”.
La última canción que grabó, “Chile habanero”, habla sobre todo de la tristeza. Cuando yo salí de Cuba, hace menos de cuatro años, ya hacía rato que me había dado cuenta de que el cubano promedio no se ríe. Ya entonces la amargura tapaba las calles como una neblina a través de la cual había que estar vivo.
“Cuando ya llevas tres días sin que haya un singao momento en que llegues a tu casa y tengas electricidad, te rompes por dentro”, me dijo Lucía. Ahora sus noches son con velas, como en la Edad Media. “Y eso es tétrico”, dijo. “Obvio que es tétrico, pero no sé, no hay manera de que no lo sea”.
Lucía, con 29 años y su diploma de periodista, extraña leerse un libro. A su hermana, que vive en Pinar del Río, la provincia más occidental de la isla, le va peor. Históricamente en Cuba, como en la mayoría de los países, la capital respira un poco mejor que el resto de las provincias. En Pinar del Río los apagones cotidianos llegan a 30 horas. “Allá la gente no tiene ni energía para tocar calderos”, dice Lucía.
Su hermana tiene un refrigerador chino de los que repartió masivamente Fidel Castro hace más de 20 años, con la llamada Revolución Energética, unos aparatos blancos de dos puertas que hacen escarcha y estalactitas. “Esos son los peores para los apagones largos”, dice Lucía. “Guardan el frío por muy poco tiempo”.
Tampoco tiene gas porque en Cuba ahora mismo es otro asunto grave. Su producción lleva años a la baja por falta de financiamiento y ahora la crisis del petróleo terminó de empeorar la situación. Por eso cada vez es más frecuente ver cubanos cocinando con leña. La hermana de Lucía cocina con un fogón de mecha que funciona con petróleo (spoiler: no hay petróleo).
La noche que empezaron los calderos
Hacer ruido golpeando una cuchara con un caldero es una forma de protesta que ha ido extendiéndose por toda la isla. No es la única pero parece que es la más común.
El país lleva más de dos semanas de protestas continuas. Cubalex, organización de asesoría legal, informó que comenzaron el 6 de marzo. Hasta el día 18, se habían registrado al menos 156 incidentes y 47 personas detenidas, en provincias como Ciego de Ávila, Santiago de Cuba y Mayabeque. “Lo que comenzó como cacerolazos en la noche se ha extendido progresivamente a otras formas de expresión pública”, explicó Diario de Cuba, que ha estado monitoreando los sucesos.
Lucía escuchó los cacerolazos por primera vez un viernes por la noche. Su hermana estaba con ella, de visita. Llevaban horas sin luz, sentadas en el calor, esperando. Entonces llegó el ruido metálico desde lejos. Se fue pegando de balcón a balcón, cruzando la calle, avanzando por ella. Lucía agarró el caldero de hervir agua, bajaron los cinco pisos. El resto de su edificio no se movió. Fueron ellas solas, “como unas jóvenes confundidas”, cuenta. “En el primer piso del edificio de enfrente una familia también tocaba calderos, pero sonaban hasta cariñosos”.
Ese día la luz regresó rápido. Pero ya eso no da resultado. Los calderos no son pozos de petróleo. Milton dice, desde El Vedado, que “los calderos suenan en dos o tres casas, bim-bam-bam, pero cuando te diste cuenta de que nadie te apoyó, terminaste. Y de gritar no se grita nada. Esto es muy interno”.
Cuando las protestas del 11 de julio de 2021, las más grandes en la isla en décadas, la policía fue a sacar a Milton de su trabajo. Lo llevaron a la unidad de Zapata y C y ahí lo retuvieron por ocho horas, aunque sus formas de manifestarse siempre han sido el rap, la tarima y las redes.
Un viernes por la noche subió a la azotea, conectó el teléfono a una bocina, buscó cacerolazos en YouTube y los puso a todo volumen. La calle seguía quieta y oscura. En el balcón de enfrente, estaba la pancarta del Comité de Defensa de la Revolución. Más allá, las postas de la policía. Más allá, la reja de la embajada estadounidense, iluminada como siempre.
“Lo que yo no podía creer”, me dijo, “es que el cubano pudiera cambiar el miedo, el secretismo y el hablar bajito. Pero parece que sí está cambiando”.
Mientras, esa misma noche, la Empresa Eléctrica de La Habana seguía publicando en Telegram. Eran las 12:07 de la madrugada, así que acababa de empezar el sábado 14 de marzo. El bloque 1 empezaba a restablecerse. Ocho minutos después, el bloque 5 entró en afectación de emergencia. A la 1:47 cayó otro “disparo automático por frecuencia” sobre varios circuitos de diferentes municipios. A las 2:02 se apagó el bloque 6. A las 3:41, se restableció el bloque 3. A las 3:54, se volvió a apagar el bloque 1. Así toda la noche.
Los comentarios:
—¿Para qué año el bloque 1?
—Todas las noches los mismos bloques a las mismas horas.
—Necesito dormir.
La operadora virtual respondía lo mismo a todo: “No tenemos un tiempo específico. Se restablecerá en cuanto las condiciones lo permitan”.
Al mismo tiempo, en Morón, un pueblo de Ciego de Ávila, decenas de cubanos marcharon por las calles. Gritaban “Libertad”, “No tenemos miedo”. “¡Vamos, mi gente! Morón y Ciego de Ávila tirados para la calle”, dijo alguien que transmitía en directo. La marcha llegó hasta la sede del Partido Comunista. Los manifestantes entraron al edificio, sacaron parte del mobiliario y le prendieron candela en la calle. La foto de tres muchachos con antorchas y pañuelos en la cara se hizo viral. Un joven resultó herido. Los medios independientes dijeron que al parecer lo habían herido de un balazo. Los vecinos trataron de ayudarlo. En las imágenes se ve que intentan llevarlo quizás a un hospital. Poco después cortaron el internet en Morón.
Al día siguiente el periódico provincial describió la protesta como “hechos vandálicos”. Perfiles afines a la Revolución afirmaron en las redes sociales que los manifestantes habían sido convencidos desde afuera con promesas de motos eléctricas y raciones de carne. El gobierno local convocó a un acto de reafirmación revolucionaria con discursos y canciones patrióticas.
El presidente Miguel Díaz-Canel escribió en X que “las quejas y los reclamos” eran “legítimas, siempre que se actúe con civismo y respeto al orden público”. Culpó otra vez a Estados Unidos y agregó que “para el vandalismo y la violencia no habrá impunidad”. A esa hora ya le habían devuelto la luz a Morón.
Washington y La Habana negocian
Para entender por qué desde hace meses no entra un barco con combustible a Cuba hay que explicar lo que pasó en Caracas el 3 de enero pasado, cuando los Delta Force estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro. Desde ese momento, Washington bloqueó el suministro de petróleo venezolano destinado a la isla, que durante años llegó a cubrir hasta 90% del consumo energético cubano.
El 29 de enero, Donald Trump firmó una orden ejecutiva declarando a Cuba como una amenaza para la seguridad nacional y amenazando con imponer aranceles a cualquier país que le vendiera crudo. El 13 de marzo, Miguel Díaz-Canel dio una conferencia de prensa de una hora y media por televisión. Dijo que hace tres meses que no entra un barco con combustible a la isla. También anunció oficialmente que el gobierno cubano estaba teniendo negociaciones con Washington.
Casualmente, el día anterior, La Habana había anunciado que liberaría en los próximos días a “51 personas sancionadas a privación de libertad”, lo cual se atribuyó a gestiones con el Vaticano y a que se acerca la Semana Santa.
Trump, en los últimos días, ha repetido que la isla está al borde del colapso, sin dinero y sin combustible. Incluso, mientras posaba con Lionel Messi en la Casa Blanca a inicios de marzo, le dijo al dueño del club Inter Miami que pronto “estarían celebrando lo que está sucediendo en Cuba”.
Díaz-Canel respondió que la culpa es del bloqueo. Pero también las termoeléctricas son armazones obsoletos que se averían cada dos por tres o que hay que sacar de circulación para darles mantenimiento. La UNE intenta explicar con notas informativas diarias que casi nadie entiende. El 16 de marzo, a las 6 de la mañana, publicaron que la disponibilidad eléctrica era de 1.140 MW y la demanda de 2.347 MW, con 1.220 MW afectados. Pero la gente con la que hablo no tiene ganas de ponerse a pensar qué significan 2.347 MW. Están más ocupados pensando en inventos para que no se les pudra la comida.
Esa es la gente que sufre mientras Washington y La Habana negocian.
Eso lo sabe Lucía subiendo sus cinco pisos a oscuras. Lo sabe su hermana con su hornilla de mecha en Pinar del Río. “Desde afuera se está romantizando esto. Los periodistas que reportan para medios extranjeros también”, dice Lucía. “Lo que hay en La Habana no es un estallido. Es algo más parecido a un agotamiento que, de pronto, hace ruido pero que vuelve al silencio. La gente sabe que más allá de la protesta no hay nada concreto”.
El sexto apagón general en un año y medio
El lunes 16 de marzo, a la 1:40 de la tarde, el Sistema Eléctrico Nacional (SEN) sufrió una desconexión total. El país entero, de punta a punta, se quedó sin corriente por sexta vez en cuestión de un año y medio. El primero de esta serie ocurrió el 18 de octubre de 2024, tres meses antes de que Trump volviera a la Casa Blanca.
Ese día Milton estaba en su casa viendo un resumen del Clásico Mundial de Beisbol. Tenía batería, tenía señal, tenía luz, tenía suerte. Y de momento, “bim-bam, tumbaron la luz”. Había escuchado un chisme circulando desde días antes de que el SEN estaba a punto de caerse.
Lo confirmó el Telegram de la Empresa Eléctrica. Desconexión total. La UNE publicó en Facebook que se habían activado los protocolos de restablecimiento. El Ministerio de Energía y Minas dijo que se investigaban las causas. Antes de la caída, nueve de las 16 unidades de generación termoeléctrica del país ya no estaban operativas por averías o mantenimiento. La UNE aseguró que no tenía reportes de averías en ninguna de las unidades que estaban funcionando en el momento de la desconexión. Es decir, el sistema colapsó sin que nadie pudiera explicar por qué.
La última vez que hablé con Milton llevaba casi 30 horas sin corriente. Me contó que en algunos barrios de la ciudad, “los más propensos a que la gente proteste”, ya la habían reconectado. Pero casi todos seguían a oscuras. La mayoría de los negocios con generador propio tampoco tuvieron cómo sostenerse. Milton caminó por la calle y los encontró cerrados con candado. Los pocos que quedaban abiertos estaban guardando el combustible del generador para la noche, así que vendían lo que podían “con el espíritu de las neveras”, que significa estirar lo que queda el mayor tiempo posible antes de que se pierda.
Sin Fidel, sin petróleo de Maduro: en los cajeros de Cuba no hay dinero
Lucía se enteró en su centro de trabajo. Cuando volvió la luz en su barrio, la gente gritó de felicidad. Prendieron los motores de agua, salieron al Prado, limpiaron los portales. Esa pequeña vida que comienza cada vez que vuelve la luz y que dura lo que dure la electricidad. “Mucha gente ya no tiene ni fuerza para protestar”, dice.
El 21 de marzo, cinco días después del apagón general, la UNE anunció que a las 6:32 p.m. había ocurrido otra desconexión total, la séptima en año y medio. Mis amigos me escribieron por WhatsApp, que carga más fácilmente que cualquier página web, para que averiguara qué había pasado. La explicación oficial fue que el apagón había sido provocado por “una oscilación”, lo que sea que eso signifique. “El problema de origen sería la salida repentina de la unidad 6 de la CTE Nuevitas”, dijo la UNE. “Me entero ahora contigo. Como ya estamos acostumbrados a que nunca haya luz, no me había enterado”, me dijo una amiga.
Hace una semana se hizo viral la foto de un periódico viejo, el Granma del 16 de julio de 1985. En primera plana, con la caricatura de un hombre caminando en la oscuridad con una vela, el titular dice: “Los apagones: un problema temporal”.
Cuarenta y un años después, la Empresa Eléctrica publica 47 mensajes en Telegram en una sola madrugada. Trump dice que va a tener el honor de tomar la isla y Díaz-Canel le responde que, si lo intenta, va a encontrar una “resistencia inexpugnable”.
La gente no protesta porque crea que es un “problema temporal”. Protesta porque la desesperación de no saber qué va a comer mañana asusta más que la amenaza de un político estadounidense.
GSC