• El futuro de la doctrina Donroe: se tambalean los planes imperiales de Donald Trump

La doctrina Donroe busca devolver a Washington el control de América Latina y contener el avance chino. Pero entre las intervenciones y las derrotas electorales, el proyecto imperial de Trump tambalea.

Marco Teruggi
Ciudad de México /
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DOMINGA.– América Latina y el Caribe fue considerado un “patio trasero” por Estados Unidos durante décadas. La frase se popularizó en medios de comunicación y análisis políticos dedicados a entender las relaciones entre Washington y la región, marcadas por zanahorias y garrotes o créditos e intervenciones. Lo dijo por ejemplo con todas las letras John Kerry en 2013, entonces secretario de Estado, durante una audiencia del Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes: “El hemisferio occidental es nuestro patio trasero. Es de vital importancia para nosotros.”

Cuando Kerry pronunció esa frase Estados Unidos, gobernado por Barack Obama, ya había declarado el “giro hacia Asia”, es decir los focos puestos en la disputa con China, y Washington estaba metido en las guerras de Oriente Medio: venía de bombardear Libia y se enfrascaba en Siria contra Bashar Al-Ásad. América Latina aparecía lejos de las grandes prioridades estadounidenses, que se agarraba la cabeza viendo avanzar el poderío de Beijing, la ampliación del radio de acción internacional de Moscú, y posteriormente el acercamiento entre ambas potencias.

La situación dio un giro de 180 grados trece años después, con el regreso de Donald Trump para su segundo mandato: América Latina pasó al centro. 

Donald Trump comenzó su segundo mandato en enero del 2025, tras vencer a Kamala Harris en las elecciones presidenciales | Agencia AP/ Alex Brandon


Las primeras señales aparecieron desde fines de 2024 en medios especializados, como Foreign Affairs, advirtiendo que América Latina estaba “a punto de convertirse en una prioridad de la política exterior de Estados Unidos”. La primera confirmación de ese nuevo giro vino con el nombramiento de Marco Rubio como secretario de Estado, el primer hispanoamericano en ocupar ese cargo. No cualquiera, sino uno formado en la cantera política de Miami, donde confluyen anticomunistas, narcotraficantes, carros descapotables y golpistas latinoamericanos.

Cuando Trump se sentó en el sillón del Despacho Oval el 20 de enero de 2025, inició la carrera de Washington para la reconquista del continente. Fue oficialmente difundida el 5 de diciembre de ese año en la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos. Allí, en la sección llamada “Hemisferio Occidental: El Corolario Trump de la Doctrina Monroe”, quedó escrito que: “Tras años de desatención, Estados Unidos reafirmará y hará cumplir la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental, y para proteger nuestra patria y nuestro acceso a geografías clave en toda la región”.

Para ese momento el Comando Sur ya había bombardeado 22 embarcaciones en el mar Caribe y Pacífico con al menos 87 muertos, reactivado su base militar Roosevelt Roads en Puerto Rico, sus entrenamientos militares en Panamá, amenazado con aranceles a diestra y siniestra, y estaba a punto de realizar su primer bombardeo de una capital sudamericana, Caracas, el 3 de enero 2026.

Trump se sentía poderoso, embriagado de sí mismo: no sabía que exactamente diez meses después, el 3 de noviembre, tendría un nocaut electoral en su propio país, que no pudo frenar ni el petróleo venezolano exhibido como trofeo, ni la corte de presidentes latinoamericanos a su disposición. Si quieres hacer reír a Dios cuéntale tus planes imperiales.

El lema principal de la Doctrina Monroe es "América para los americanos" | Especial

Una pelea de imperios


Existe una máxima que afirma que la política es economía concentrada. Lo mismo puede aplicarse a la geopolítica, que muchas veces es una disputa entre imperios (o aspirantes a serlo) por áreas de influencia y sus recursos. Así era a inicios del siglo XIX, cuando en 1823 el presidente James Monroe declaró ante el Congreso que este continente era de uso exclusivo estadounidense, o de los “americanos” como afirmó. Su disputa era entonces contra los viejos imperios europeos: el español, el inglés y el francés, que acechaban con barcos y ejércitos en estas costas.

México, que había firmado su independencia sólo dos años antes, en 1821, comprendió rápidamente el significado de la doctrina Monroe con las invasiones estadounidenses: América para los americanos se traducía en el continente para las necesidades de Washington. Esa misma doctrina es la que ahora el gobierno de Trump revivió oficialmente, con el corolario y rebautizo de doctrina ‘Donroe’.

La amenaza no son ya los viejos imperios devenidos en actores secundarios y desorientados en la disputa global, sino la gran pesadilla de Washington: China, el imperio milenario que volvió a las canchas del mundo.

En ese teatro de pelea de titanes se enmarca la voluntad explícita de Estados Unidos de quedarse con el continente. Está escrito blanco sobre negro en la Estrategia: “Negaremos a los competidores no hemisféricos la capacidad de desplegar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales, en nuestro hemisferio”. Los “no hemisféricos” se refiere centralmente a China que en las últimas dos décadas se convirtió en un actor gravitante en el continente con créditos, obras de infraestructura, tecnología y compra de materias primas, al punto de convertirse en el principal socio comercial de países como Brasil, Perú, Chile o Uruguay. Eso, es decir tener a un competidor real en América Latina, nunca le había pasado a Estados Unidos en el siglo XX, a excepción de la experiencia cubana y su alianza con la Unión Soviética.

En cuanto al concepto de “nuestro hemisferio”, la imagen no deja lugar a la imaginación: supone que el continente les pertenece, desde Tierra del Fuego hasta Groenlandia, que descubrió este año el significado de la palabra imperio. Y lo que es de cada uno de los países latinoamericanos, su oro, su litio, su petróleo, o sus tierras raras, pasibles de ser tomados por Washington porque les son “estratégicamente vitales” en su competencia contra China. Nada nuevo bajo el sol: Trotski, el revolucionario ruso, decía que “los gobiernos cambian pero la policía permanece”, que traducido a este tema sería “los enemigos cambian pero el imperio permanece”.

La agresividad no suele ser sinónimo de fortaleza. En el repliegue hemisférico de Estados Unidos se encuentra un diagnóstico escondido: ya no tienen la fuerza suficiente para erigirse en grandes arquitectos o gendarmes del mundo. Tienen que negociar con grandes potencias como China, Rusia o la India, retroceder en regiones ante el avance de sus adversarios/enemigos, competir con chips de Beijing, sistemas antimisiles de Moscú, reconocer que todos los bombazos sobre Irán no fueron suficiente para doblegar al histórico enemigo de Medio Oriente.

Más aún: Trump se estrelló contra Teherán y en esa derrota está parte de la explicación de la paliza electoral del 3 de noviembre, como reconoció públicamente el propio vicepresidente J.D Vance. Estados Unidos ya no puede contra sus grandes enemigos. El mundo ya no es “azul como una naranja”, como decía el poeta Paul Éluard.

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El escudo de Trump

“Estamos en un proceso de transición geopolítica y de declive relativo de Estados Unidos, y lo que quiere Washington es una suerte de división del mundo por áreas de influencias. Entonces ellos dicen [que] el hemisferio occidental, todo el continente americano, de Groenlandia hasta Tierra del Fuego, es nuestro”, explica Leandro Morgenfeld, investigador y coautor del libro Nuestra América, Estados Unidos y China (CLACSO, 2025).
“Eso se empieza a ejecutar más radicalmente desde enero de este año, cuando se produce el secuestro de Nicolás Maduro. Pero también con la injerencia de Estados Unidos en distintos procesos electorales, como en el caso de Honduras, Colombia, Perú, en el caso de Brasil aunque no les haya ido bien, en el caso de las elecciones de medio término en Argentina el año pasado, por mencionar solo algunas de ellas”, afirma Morgenfeld.

Como toda (re)conquista demanda una cuota de violencia, Trump creó en marzo pasado el llamado Escudo de las Américas (Shield of the Americas). Lo presentó desde Florida como una alianza para enfrentar al crimen organizado en la región, en particular las Organizaciones Terroristas así designadas por la Casa Blanca. La ecuación fue sencilla: Estados Unidos señala a los enemigos, crea la doctrina, los países de la región adoptan esos lineamientos, incluida la compra de armamento y formación militar, desde generales hasta soldados. Un negocio redondo –para Trump– que firmaron 17 gobiernos.

La segunda reunión del Escudo de las Américas tuvo lugar en septiembre, en Nueva York. El secretario de Estado, Rubio, amplió allí el horizonte de la alianza: “No se trata sólo del crimen transnacional. Eso es ciertamente la piedra angular de lo que estamos haciendo juntos. También son las oportunidades de asociarnos en el frente económico y en el frente diplomático para hablar con una sola voz, al unísono, sobre los temas que nos unen”, afirmó.

El Escudo sería entonces tanto el brazo armado de la doctrina Donroe, como una diplomacia ideológica para la región: una alianza entre gobiernos de derecha capitaneada por el departamento de Estado, de Defensa y la Casa Blanca, para asegurar que nadie mande en este continente amén de Trump. Que las necesidades de Washington pasen a ser las de todos los demás gobiernos, convertidos en presidentes-administradores de los intereses estadounidenses en su países. O directamente gobernadores, como dijo Trump sobre Venezuela al volver a provocar sobre convertir el país sudamericano en el estado 51.

Trump necesita un continente que sólo sepa decir que sí, para intentar compensar un declive profundo que amenaza con convertirse en “decadencia”, como explica el historiador francés Emmanuel Todd en su libro La dislocación (Gallimard, 2026). La agresividad no sólo es debilidad, también es desespero.

El Escudo de las Américas fue impulsada por Estados Unidos, bajo el mandato de Donald Trump, para tratar temas de crimen organizado, migración y geopolítica | Casa Blanca

La doble derrota de Trump


Todo iba tan bien, pensaba Trump. Cada elección en América Latina desde su regreso a la Casa Blanca había concluido con el ascenso de un aliado suyo, como Rodrigo Paz en Bolivia, Nasry Asfura en Honduras, José Antonio Kast en Chile, Keiko Fujimori en Perú o Abelardo de la Espriella en Colombia. Hasta que el domingo 25 de octubre le llegó la peor de las noticias desde el sur del continente: Lula da Silva había logrado su reelección, superando por 4.4 millones de votos a Flávio Bolsonaro, el candidato respaldado por Washington.

Perder Brasil significó para Trump no lograr el remate final. Quedarse con el Palacio de Planalto era apoderarse políticamente de la principal economía latinoamericana, la puerta de entrada a los BRICS en el continente, y cerrar el amarre completo, dejando a México aislado como una isla a puertas de iniciar sus elecciones de 2027. Pero Lula pudo más, sumó diez millones de votos suplementarios entre la primera y segunda vuelta, y demostró que no existe injerencia perfecta, aun contando con la complicidad de actores tan poderosos como Meta, que inclinó la cancha hacia Flávio Bolsonaro.

La victoria progresista en Brasil fue la primera gran derrota trumpista en el continente. Un freno en seco en la estrategia de tomar el control, doctrina Donroe en mano, para convertir al patio trasero en patio delantero de uso exclusivo.

Contra todo pronóstico, Ignacio Lula da Silva triunfó en las elecciones presidenciales de Brasil | Agencia AP/ Natacha Pisarenko


Lo que Trump no sabía ese domingo con victoria lulista a ritmo de samba era que los resultados de Brasilia anticipaban lo que estaba por pasar en su propio país sólo diez días más tarde, el 3 de noviembre. Como si el resultado electoral brasileño tuviera efecto de contagio, y los vientos políticos hubieran dado un giro de 180 grados sin que él ni sus asesores –o aduladores– lo supieran.

Entonces llegó el cross a la mandíbula, las cuerdas y la caída: Trump y sus candidatos se derrumbaron ante los demócratas, que se quedaron con la mayoría en la cámara de Representantes, de Senadores, y le asestaron derrotas en algunos de sus bastiones más antiguos. Ni siquiera, por ejemplo, los 224 millones de dólares puestos por su aliado Elon Musk en Texas le sirvieron para retener ese histórico bastión republicano. Humillación, ola azul, paliza, descalabro, la lista de adjetivos e imágenes para describir lo que pasó es larga.

Las elecciones intermedias fungieron como un referéndum para el gobierno de Donald Trump | Agencia AP/ Yuki Iwamura


La pregunta que siguió era predecible: ¿su derrota frenará la agresividad hacia América Latina? ¿Los demócratas le pondrán palos en las ruedas en esa agenda? Es posible que el nuevo Congreso obligue ahora a Trump a rendir cuentas, como sobre el uso del petróleo venezolano, o el salvataje de 20 mil millones de dólares realizado a Javier Milei el año pasado, y éste deba disimular algunas de las injerencias. Pero la agenda hacia América Latina es más bipartidista que unilateral: “Existe un elemento de continuidad histórica, donde esta pretensión de dominio del continente, de fomentar la balcanización de la región para que no discutan todos los países juntos, o no avancen procesos de integración y coordinación política, tiene que ver con intereses permanentes”, explica Morgenfeld. Algunos asuntos en política internacional tienen modulaciones de formas, pero invariables de fondo.

Por ahora la estantería del gobierno estadounidense se tambalea. Trump pasó de winner a un activo con humos tóxicos, podría enfrentar un impeachment, y es probable que varios republicanos opten por alejarse por cálculos personales, como tal vez el propio Rubio, el principal cruzado contra el progresismo en el continente. América Latina mientras tanto podría tomar el impulso de Lula, de la victoria demócrata, y volver a colocar a presidentes que tengan sentido nacionalista y no una vocación de colonia.

GSC/ASG


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