• ¿Por qué Europa está tan obsesionada con la migración?

  • The New York Times

Más de seis semanas después de que decenas de miles de migrantes cruzaran al enclave español de Ceuta, el presidente del gobierno de España lucha por contener las consecuencias, pero es poco probable que el tema pierda fuerza pronto.

Anton Jäger
Europa /
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M+.- El historiador Eric Hobsbawm no era amigo del nacionalismo. Criado en una familia judía entre las ruinas de los imperios alemán y austrohúngaro, sentía una desconfianza instintiva ante toda reivindicación de pertenencia nacional. Sin embargo, a medida que una oleada de nuevos partidos nacionalistas entraba en los parlamentos europeos a principios de la década de 1990, con afirmaciones de que la migración constituía una amenaza mortal para sus comunidades, ofreció una interpretación sorprendente.

El atractivo de la política antimigratoria, especuló, radicaba no tanto en un sentimiento de orgullo nacional como en su capacidad para cubrir un vacío en el corazón de la autocomprensión europea.

“No quedaba otra forma de definir la identidad de un grupo —escribió— que definiendo a los que estaban fuera de él”.

Esas palabras tienen una extraña resonancia para la Europa actual. Más de seis semanas después de que decenas de miles de migrantes cruzaran al enclave español de Ceuta, con la esperanza de pasar a la Europa continental, la migración aún domina la conversación del continente. En las capitales europeas, una reacción común ha sido reprender a España —cuya política migratoria relativamente permisiva es considerada responsable de la llegada masiva— y prometer fronteras menos permeables.

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Europa atribuye a la migración la mayoría de sus problemas

El furor claramente va más allá de los migrantes. Aunque las encuestas indican que el electorado europeo se preocupa profundamente por la migración y desea que se aborde, dichas preocupaciones superan la realidad objetiva. En cambio, el tema se ha convertido en un prisma a través del cual se ven todos los males del continente, un caleidoscopio conveniente del descontento.

Los problemas de esa visión del mundo son innumerables. Sin embargo, hay una razón más profunda, más allá de la continua llegada de migrantes, para la obsesión de todo el continente con los extranjeros: Europa no sabe lo qué es.

En los debates europeos, la migración no se plantea como un conflicto que hay que gestionar; ahora se le considera responsable de toda una gama de problemas, desde servicios sociales deficientes hasta el estancamiento salarial y la delincuencia.

Migrantes intentando llegar a Europa por mar | Foto: AP

Para el político neerlandés de extrema derecha Geert Wilders, la crisis de vivienda del país y los niveles de deuda se explican mejor por la afluencia de extranjeros. Ese pensamiento ya no se limita a los extremos.

En Alemania, por ejemplo, el gobierno de coalición del canciller Friedrich Merz ha atribuido el estado ruinoso de muchas de las ciudades del país a los recién llegados.

Los intentos de verificar la veracidad de tales afirmaciones —sostener que los efectos de la inmigración son ambiguos, o advertir que un continente que envejece necesita nuevos residentes para sostenerse— pasan por alto lo esencial.

Las investigaciones indican que los bastiones más seguros de la extrema derecha se encuentran en regiones con relativamente pocos migrantes, como en el estado alemán de Sajonia-Anhalt, donde el partido Alternativa para Alemania acaba de obtener una victoria aplastante.

Un hogar europeo, clave en el sentido de identidad

Las ansiedades de los europeos sobre la migración parecen flotar cada vez más libremente, una heurística a través de la cual pueden dar sentido a las crisis traslapadas del continente. Este modo de pensar seguirá ocupando la mente europea en el futuro previsible.

La primera razón es externa. Las consecuencias de la desigualdad global ya eran sumamente evidentes en la época de Hobsbawm.

En los 90 notó cómo Europa estaba “rodeada de países pobres con vastos ejércitos de jóvenes, que clamaban por los empleos modestos en el mundo rico que hacen a hombres y mujeres ricos para los estándares de El Salvador o Marruecos”.

Su conclusión fue profética: “Estas fricciones serán un factor primordial en la política, nacional o global, de las próximas décadas”.

De hecho, estas tensiones no han hecho más que acentuarse. Aunque técnicamente la desigualdad global se redujo en los últimos 30 años, este descenso puede atribuirse en gran medida a un solo país: China.

En general, la brecha en los niveles de vida entre Occidente y el resto aún es vertiginosamente amplia, una realidad innegable de la política global exacerbada por conflictos regionales. Además, esta brecha ha adquirido una nueva y alarmante visibilidad en las pantallas de los teléfonos inteligentes, ahora ampliamente disponibles en todo el mundo en desarrollo.

La segunda razón es interna. Concebida como un mercado común antes de asemejarse a un Estado, la Unión Europea siempre ha tenido dificultades para articular lo que representaba.

A fines de la década de 1990, el problema se hizo patente en el diseño de los billetes que conformarían la nueva moneda de la Unión Europea. Al final, el euro lució formas abstractas como arcos y acueductos, en lugar de personajes reconocibles del patrimonio europeo. Para algunos académicos, esto indicaba que la Unión era, por encima de todo, una confederación de consumidores.

En los últimos años, la UE ha emprendido una búsqueda para definir su “hogar europeo compartido”, como lo expresa Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. Junto con cátedras en estudios de la UE, el brazo ejecutivo del bloque ahora financia iniciativas destinadas a elevar el sentido de identidad de los europeos.

Una fue una campaña muy publicitada de la comisión llamada “Protegemos lo que importa”. Allí, se instó a los ciudadanos a apreciar los principios fundacionales de la unión, como la “libertad de expresión”, la “ciencia libre” y la “libertad de prensa”. Incluso los billetes están listos para una renovación.

Estos esfuerzos resultan indudablemente atractivos para algunos en las asediadas zonas fronterizas del continente, como Ucrania y Georgia, donde los ciudadanos más jóvenes y con mayor nivel educativo todavía perciben una gran promesa en la afiliación europea. Sin embargo, no está claro cuánto pueden lograr tales campañas.

Una serie de crisis —económicas, pero también culturales y sociales— ha hecho que el argumento a favor de la unidad sea más desafiante. Al mismo tiempo, la transformación de muchos países europeos en economías de servicios impulsadas por el turismo no ha hecho sino agravar la desorientación.

Tiendas de campaña en la playa de Trampolín tras los cruces masivos desde Marruecos a Ceuta. | Foto: Reuters

Esta incertidumbre sobre el carácter y el futuro del continente resulta sorprendentemente —y tal vez irónicamente— perceptible en la extrema derecha. Uno de los lugares favoritos de Wilders en los Países Bajos es el bosque de cuento de hadas 'Efteling', situado en el sur del país. El parque temático, que tiene gnomos, dragones y otras figuras de cuentos infantiles, no es un ejemplo de folclore local, sino un mundo imaginario totalmente ajeno a la historia. La afición de la extrema derecha por El Señor de los Anillos sugiere la misma relación fantástica con la realidad.

Tal vez no debería esperarse coherencia política de un conjunto diverso de 450 millones de personas sin un Estado unitario ni un idioma en común. Sin embargo, el nacionalismo a nivel de los Estados miembros no es menos frágil y, a su vez, depende del fantasma de la migración. Incapaz de desbancar de manera sistémica el poder de Bruselas, la extrema derecha europea se aferra a tácticas antimigrantes para mantener una postura de oposición donde ya no existe tal. Al fin y al cabo, el centro y la extrema derecha han forjado un consenso en torno a un control fronterizo estricto y los intentos de deportación.

El resultado es un tanto enigmático; la migración es atacada desde prácticamente todos los frentes como una amenaza para la identidad de Europa. Sin embargo, en el siglo XXI, no está claro cuál es exactamente.

Al ya no ser la sede de imperios de alcance global, y mucho menos un poder hegemónico mundial, el continente se percibe como prestigioso y provincial a la vez: una potencia cultural que sufre una marginación geopolítica. El europeísmo cívico, a pesar de los mejores esfuerzos de la comisión, resultará un antídoto débil para dichos males. En cambio, le corresponde a la migración llenar el vacío en el centro de la autoimagen de Europa.


MD

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