En una de las zonas más emblemáticas de Río de Janeiro, junto al Morro da Urca, la Praia Vermelha y el teleférico del Pan de Azúcar, la escuela pública Espacio de Desarrollo Infantil Gabriela Mistral (Espaço de Desenvolvimento Infantil Gabriela Mistral) se consolida como un ejemplo de educación integral en la primera infancia.
Inaugurada en 1958 y adaptada en un edificio que anteriormente funcionó como balneario, hoy atiende a cerca de 90 niñas y niños de entre 4 y 5 años.
Educación que conecta con la naturaleza
Aquí, el aprendizaje no se limita al aula ya que los estudiantes participan activamente en actividades vinculadas con la tierra, el cultivo y el conocimiento de los alimentos.
Tocan, observan y reconocen los procesos naturales, guiados por educadoras que integran saberes contemporáneos con conocimientos tradicionales.
En un pequeño huerto, los niños rodean la tierra removida. Una educadora se agacha, toma hojas, para que las identifiquen, coman e incluso siembren la semilla.
“Ellos necesitan vivir la experiencia, no solo escucharla. Aquí aprenden tocando, oliendo, preguntando”, explica una de las educadoras mientras acompaña la actividad.
“Este espacio conecta al niño con su entorno. Entiende de dónde viene lo que come y eso cambia su relación con la alimentación”, señala Laura Ribeiro, educadora socioambiental.
En las paredes cuelgan trabajos hechos a mano: dibujos, historias, nombres. No hay uniformidad, hay identidad. Cada pieza tiene trazo propio.
Alimentación escolar basada en hábitos saludables
En el comedor, el ambiente mantiene la misma lógica. Los niños se sientan en mesas pequeñas, sin prisa. Comen. Prueban. Algunos levantan la cuchara con curiosidad, otros observan antes de decidir.
El menú del día está escrito en un pizarrón: pasta, frijoles, pollo y verduras. Preparaciones simples, sin productos industrializados visibles.
“No ofrecemos ultraprocesados. La idea es formar hábitos desde pequeños, con alimentos reales”, explica Aline Borges, presidenta del Instituto Municipal de Vigilancia Sanitaria.
En la cocina, el movimiento es constante. Personal con cofia prepara y distribuye los alimentos. No hay empaques llamativos ni productos azucarados.
“Todo está planeado. Hay una estructura técnica detrás para asegurar que los niños coman variado, equilibrado y adecuado a su edad”, detalla Renata Alonso, responsable de la planificación alimentaria.
Una política pública con gran alcance en Río de Janeiro
El modelo no es aislado. Forma parte de una política pública que en Río de Janeiro distribuye diariamente alrededor de 1.2 millones de raciones en escuelas públicas, con una inversión cercana a 400 millones de reales al año.
“La implementación diaria tiene desafíos, pero el objetivo es claro: garantizar alimentación saludable como parte del derecho a la educación”, afirma Marluce Fortunato, encargada de ejecutar el programa.
De vuelta al exterior, los niños regresan a la tierra. No hay transición marcada entre aula, huerto y comedor. Todo forma parte del mismo proceso.
“Buscamos que el aprendizaje tenga sentido para ellos, que lo puedan relacionar con su vida cotidiana”, resume la directora Renata Neves al cierre del recorrido.
Un modelo educativo ejemplar
La escuela Gabriela Mistral destaca como un espacio donde la alimentación, la educación y la cultura se articulan de manera cotidiana.
Las actividades relacionadas con plantas, semillas y prácticas tradicionales fortalecen el vínculo entre los niños y su entorno.
Este centro educativo refleja cómo una política pública puede traducirse en acciones concretas dentro del aula y en la vida diaria de los estudiantes. La combinación de nutrición, aprendizaje activo y reconocimiento cultural posiciona a esta escuela como un referente en la formación de la primera infancia en contextos urbanos.
LGG