El petróleo fue el termómetro del poder global a lo largo de las últimas décadas. Hoy, ese trono lo ocupan los llamados minerales críticos: litio, cobalto, níquel, grafito, tierras raras y otros elementos indispensables para fabricar teléfonos inteligentes, baterías, autos eléctricos, paneles solares, semiconductores y sistemas de defensa.
En esta nueva carrera global por los insumos y la supremacía económica del siglo XXI, Estados Unidos ha encendido las alarmas y ha comenzado a mover fichas para asegurar cadenas de suministro fuera de Asia, a través del friendshoring; es decir, con acuerdos entre países amigos, especialmente en América Latina. El detonante tiene nombre y apellido: China.
¿Qué pasa con los minerales críticos en EU?
“Durante el segundo mandato del presidente Donald Trump, los minerales críticos se han convertido en un elemento destacado de su política exterior, lo que refleja un esfuerzo más amplio por reducir la dependencia de Estados Unidos de proveedores adversarios, a la vez que se profundizan los lazos económicos y estratégicos con países aliados y socios”, afirma Gracelin Baskaran, directora del Programa de Seguridad de Minerales Críticos del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, por su sigla en inglés).
Hasta el momento, la administración Trump alcanzó acuerdos bilaterales para asegurar el acceso a los recursos minerales y fortalecer las cadenas de suministro con socios clave, como Ucrania, Arabia Saudita, Japón, Tailandia, la República Democrática del Congo y Malasia y, el más reciente, con México.
Durante los últimos 20 años, China construyó una posición dominante no solo en la extracción, sino sobre todo en el procesamiento y refinación de minerales críticos. En el caso de las tierras raras —un grupo de 17 elementos esenciales para tecnologías avanzadas— el país asiático controla cerca de 60 por ciento de la producción mundial y más del 85% de la capacidad de refinado.
Estados Unidos, por el contrario, externalizó buena parte de su cadena de suministro. Aunque posee reservas minerales, depende en gran medida de importaciones chinas o de países que refinan en el gigante asiático.
El riesgo quedó en evidencia durante la pandemia, cuando las interrupciones logísticas afectaron industrias estratégicas, y volvió a quedar claro con el aumento de tensiones comerciales y tecnológicas entre Washington y Pekín.
Pero eso empezó a cambiar con el actual gobierno republicano. El mes pasado, el presidente Trump firmó una orden ejecutiva para avanzar en la negociación de acuerdos comerciales para enfrentar lo que considera una amenaza a la seguridad nacional derivada de las importaciones de ciertos productos y derivados de minerales críticos procedentes de cualquier país.
La orden faculta al secretario de Comercio y al Representante Comercial de EU (USTR, por su sigla en inglés) a liderar estas negociaciones, que podrán incluir precios mínimos para el comercio de minerales críticos y otras medidas restrictivas al comercio, en el marco de la sección 232 de la legislación estadunidense, tradicionalmente utilizada para imponer aranceles por motivos de seguridad nacional.
Acuerdo con México: ¿En qué consiste?
Dos semanas después de la orden ejecutiva, el representante comercial de la Casa Blanca, Jamieson Greer, y el secretario mexicano de Economía, Marcelo Ebrard, anunciaron en Washington un Plan de Acción bilateral sobre minerales críticos.
Esto con el objetivo de fortalecer la resiliencia de sus cadenas de suministro frente a riesgos geopolíticos, distorsiones del mercado y posibles episodios de coerción económica.
El acuerdo reconoce que los minerales críticos se han convertido en activos estratégicos para las economías modernas. Ante ello, ambos países buscan construir cadenas de suministro diversificadas, resilientes y basadas en el mercado.
Durante los próximos 60 días, ambos gobiernos evaluarán la viabilidad de políticas comerciales coordinadas, incluyendo la posible creación de precios mínimos ajustados en frontera para ciertas importaciones de minerales críticos.
Estas medidas podrían integrarse posteriormente en un acuerdo plurilateral, junto con estándares regulatorios, cooperación técnica, incentivos a la inversión y mecanismos de respuesta rápida ante interrupciones del suministro.
El plan también contempla la identificación y priorización de proyectos estratégicos de minería, procesamiento y manufactura en Estados Unidos, México y terceros países, siempre bajo estándares internacionales de conducta empresarial responsable.
Asimismo, ambos gobiernos se comprometieron a compartir información geológica para aumentar la transparencia del mercado y facilitar el desarrollo de nuevos yacimientos.
México ocupa una posición singular. Aunque no es una potencia minera de litio comparable a Chile o Argentina, sí cuenta con yacimientos importantes —como el de Sonora— y, sobre todo, con una infraestructura industrial integrada a Estados Unidos gracias al T-MEC.
Además, México es líder en manufactura automotriz, un sector que se está electrificando rápidamente. Para Washington, asegurar minerales críticos en México no sólo significa acceso a recursos, sino también garantizar que las baterías y vehículos eléctricos producidos en Norteamérica cumplan con los requisitos de contenido regional y no dependan de China.
La nacionalización del litio por parte del gobierno mexicano y las restricciones a la inversión extranjera han llamado la atención de Washington.
Con su nuevo acuerdo con México, Estados Unidos parece dispuesto a apostar por esquemas de cooperación, transferencia tecnológica y financiamiento que permitan avanzar sin confrontación directa.
América Latina: el nuevo eje estratégico
América Latina en general concentra una parte sustancial de estos recursos. El llamado triángulo del litio, conformado por Argentina, Bolivia y Chile, alberga más del 50 por ciento de las reservas mundiales.
Brasil posee tierras raras, níquel y grafito; Perú y Colombia cuentan con cobre; y México es un actor clave por su cercanía geográfica y su integración industrial con Estados Unidos.
Para Washington, la región ofrece algo más que recursos: proximidad, afinidad comercial y menor riesgo geopolítico que Asia o África.
Expertos observan que la estrategia estadunidense no es simplemente extraer minerales, sino construir cadenas de suministro completas: minería, procesamiento, manufactura y reciclaje, idealmente dentro del hemisferio occidental. Esto reduce costos logísticos, fortalece alianzas regionales y debilita el monopolio chino.
“En cierto modo, Estados Unidos seguirá el ejemplo de China. Su dominio no surgió de forma aislada. Durante las últimas tres décadas, Pekín ha aprovechado a sus aliados para obtener minerales”, indica Baskaran.
“Si bien China produce sólo alrededor de 10% del litio, el cobalto y el cobre a nivel mundial, controla entre 40 y 90 por ciento de la capacidad mundial de procesamiento de estos materiales. Esta concentración refleja décadas de decisiones deliberadas en materia industrial, comercial y de política exterior, más que una simple dotación de recursos naturales”, precisó
Para competir con China, Washington opera a través de iniciativas como la Minerals Security Partnership, créditos del Banco Interamericano de Desarrollo y acuerdos bilaterales, a fin de incentivar proyectos mineros responsables, con estándares ambientales y laborales más altos que los asociados a la minería china.
¿Qué son los minerales críticos?
El Departamento de Energía de Estados Unidos define los minerales críticos como aquellos que son esenciales para la economía y la seguridad nacional, pero cuya cadena de suministro es vulnerable a interrupciones.
El litio alimenta las baterías de autos eléctricos; el cobalto estabiliza su funcionamiento; el níquel mejora su densidad energética; el grafito permite el almacenamiento; y las tierras raras son clave para imanes de alta potencia usados en turbinas eólicas, misiles y radares.
La carrera por los minerales críticos no suele ocupar titulares espectaculares, pero es una de las más importantes de la era moderna.
En ella se define quién liderará la transición energética, quién controlará las tecnologías del futuro y quién tendrá margen de maniobra geopolítica en las próximas décadas. América Latina —y México en particular— se han convertido en piezas centrales en esa carrera.
RM