DOMINGA.– Dicen que Nueva York es una ciudad que le entra a uno por los ojos. A mí me entró por la nariz. Porque antes de ver el Empire State Building, antes de escuchar a Alicia Keys y a Jay Z cantándole todo el día a la ciudad, antes de comer hamburguesa o halal, antes de caminar por Central Park o por la vereda donde mataron a John Lennon, antes de todo, Nueva York huele.
El Metro en agosto, por ejemplo, huele a orina antigua y al metal caliente que libera el roce de los frenos contra las ruedas de acero. Las chispas producen un aroma a cable eléctrico quemado que se instala en la ropa y en el pelo. Es el olor que arrastra esta ciudad que se mueve por debajo de sí misma con sus propias leyendas: como la estación fantasma de City Hall, cerrada desde 1945 porque su andén curvo no pudo adaptarse a los nuevos trenes; los trabajadores sin cabeza que vagan por las vías; y los caimanes, que se dice que alguna época la gente compraba crías como mascotas pero, al crecer, los arrojaban por el inodoro, poblando las cañerías del Metro.
En la calle, arriba de ese infierno subterráneo, está el olor del vapor. Ese vapor blanco y apestoso que brota de las alcantarillas, tan cinematográfico, tan irreal, que parece salido de un capítulo de Las Tortugas Ninja. No es humo. Es el vapor de las tuberías del siglo XIX que todavía calientan a la ciudad. Ese vapor comparte olores con el drenaje que recibe los excrementos de 8.5 millones de habitantes. Y está también el olor de Dead Horse Bay en verano, que es el olor de todas las cosas que una ciudad deshecha y no sabe dónde tirar.
Los puestos callejeros de halal llegaron a Manhattan en la década de 1990. The Halal Guys, el más famoso, empezó como un carrito en el Midtown antes de transformarse para satisfacer a los taxistas musulmanes que necesitaban comer bien y barato. Hoy es el olor de la ciudad: arroz amarillo, cebolla caramelizada, cordero o pollo y una salsa blanca que nadie ha podido replicar.
Está el olor de los bagels recién horneados en un local en Wall Street, o sea, el olor de la levadura caliente; también el olor de la lluvia sobre el asfalto de Queens que, según el mito, huele diferente al de Brooklyn, como si cada borough (distrito) tuviera su propio petricor; está el olor de Chinatown, el olor a pescado fresco, a pato asado y ajo; el de la carne frita saliendo del Gotham Burger Social Club; y el olor a jabón y a suavizante de telas en las lavanderías en el Midtown. Y luego, por encima de todos esos olores, imponiéndose con naturalidad, está el olor de la mariguana quemada, un aroma que aún en marzo de 2021 era motivo de arresto.
La mariguana que ya no se fuma en secreto
El olor de la mariguana quemada es difícil de describir para quien no lo conoce y perfectamente inútil para quien sí. Digamos que es denso, rancio y dulce al mismo tiempo, como si alguien hubiera mezclado tierra mojada, madera y miel y le hubiera prendido fuego. Nueva York, que todo lo convierte en mercado, ha construido en torno a ese olor una economía entera: según la Oficina de Gestión de Cannabis de Nueva York, las ventas legales superaron los mil 500 millones de dólares en 2025 con más de 360 millones de dólares en impuestos.
Hasta el cierre de 2025 había 556 dispensarios y más de 2 mil 300 licencias en la cadena de suministro: cultivo, procesamiento y distribución. Según reportes oficiales, 54% de la totalidad de las licencias han sido “otorgadas a solicitantes de equidad social y económica”. El resto está en manos de la gran industria. Se calcula que este mercado ha generado al menos 30 mil empleos.
El olor a mariguana quemada no llegó con la legalización. Llevaba décadas en los parques y azoteas. Pero ahora ya no se fuma en secreto. Aunque sólo se permite el consumo de cannabis en residencias privadas, ahora se fuma en el Central Park con la tranquilidad de quien saca a pasear al perro. Se fuma en el puente de Brooklyn. Se fuma en la Estatua de la Libertad. Se fuma en el Metro. Se fuma afuera del aeropuerto y en el Washington Square Park. Se fuma en el Prospect Park mientras los niños juegan y nadie levanta la voz porque, técnicamente, todos tienen derechos.
En Times Square, el presidente de la alianza de comerciantes Tom Harris instaló letreros que decían, con un juego de palabras: “Let’s be blunt: no smoking in the plazas (Seamos claros: no fumar en las plazas)”. Nadie le hizo caso. Escandalizado, un columnista del Wall Street Journal escribió un texto titulado “New York Smells Like a Declining City (Nueva York huele como una ciudad en decadencia)”.
Para muchos residentes, especialmente los mayores o quienes tienen condiciones respiratorias, el olor del humo es una intrusión. Diferentes reportajes que leí antes, durante y después de mi visita, dan cuenta de que en edificios donde las paredes son delgadas, el olor atraviesa puertas y ventanas. Por lo mismo, las quejas y reuniones de vecinos se han multiplicado tras la legalización de la mariguana. Para comunidades que fueron históricamente perseguidas por consumirla, en cambio, ese olor representa algo diferente: alivio e identidad. Fumar mariguana en un parque sin miedo a ser detenido es un acto cargado de significado político.
Durante generaciones el olor a mariguana fue sinónimo de peligro o desobediencia. La NYCLU documentó que, entre 1997 y 2007, la policía neoyorkina arrestó y encarceló a casi 375 mil personas por poseer pequeñas cantidades de mariguana, un incremento de diez veces respecto a la década anterior marcado por disparidades raciales alarmantes. El texto de la propia ley que legalizó el cannabis en 2021 reconoce esa deuda: en la ciudad de Nueva York, los afroamericanos eran arrestados por cargos menores de mariguana ocho veces más que las personas blancas no hispanas, mientras que a los latinos se les detenía cinco veces más.
La legalización intentó reparar algo de eso y los primeros permisos para dispensarios fueron otorgados, por ley, a personas con condenas previas por cannabis. Una forma de devolver el negocio a quienes lo habían pagado con tiempo en prisión. La idea era justa; la ejecución fue, como casi todo en Nueva York, un caos: los dispensarios legales tardaron en abrir, los ilegales proliferaron con velocidad y, por un tiempo, la ciudad tuvo dos mercados paralelos, uno con etiqueta del Estado y otro con la etiqueta de siempre, la de la confianza.
Un reportaje de The New York Times, de octubre de 2024, asegura que “el cannabis moderno”, mucho más potente que décadas atrás, está generando preocupación entre médicos e investigadores por el aumento de dependencia, problemas de salud mental y hospitalizaciones. El texto recoge testimonios de quienes consumieron mariguana por motivos recreativos o terapéuticos y terminaron desarrollando una relación compulsiva con la droga.
Especialistas explican que los productos actuales con altos niveles de THC pueden aumentar el riesgo de psicosis, ansiedad y síndrome de hiperémesis cannabinoide, además de afectar la memoria y la motivación en algunos usuarios. El artículo concluye que, aunque la legalización redujo los daños del sistema penal, el rápido crecimiento del mercado y la potencia del cannabis han superado la capacidad del sistema médico y regulatorio para comprender y manejar sus riesgos.
En un editorial publicado el 9 de febrero de 2026, el mismo Times sostiene que, aunque el periódico apoyó la legalización, “la evidencia acumulada muestra que el experimento ha tenido más consecuencias negativas de lo previsto”. Apuntó que el consumo ha crecido mucho más de lo esperado: cerca de 18 millones de estadounidenses consumen mariguana casi a diario, frente a unos 6 millones en 2012. El aumento viene acompañado de más casos de adicción, hospitalizaciones por problemas relacionados y trastornos como paranoia o vómitos crónicos. El editorial no propone volver a la prohibición, pero sí “regular con mayor severidad la industria”.
El diario apoyó la legalización, documentó sus daños y ahora pide que se apliquen impuestos federales y controles más estrictos. Así funciona el periodismo liberal: primero el entusiasmo, luego la alarma.
No había otro lugar donde King Kong muriera con grandeza
La vez que conocí Nueva York, no la vi por primera vez. O sea, caminé con la perturbadora sensación de haber estado antes ahí. Reconocí el perfil del Skyline, la silueta urbana más famosa del mundo, compuesta por la densa concentración de rascacielos en Manhattan. Reconocí la niebla sobre el Hudson. Reconocí las escaleras metálicas de incendios colgadas en las fachadas de ladrillo y los semáforos que cuelgan sobre las intersecciones. Reconocí el puente de Brooklyn, el Times Square, Broadway, las tiendas de Quinta Avenida. Todo me fue familiar.
Todo lo había visto antes. Y, sin embargo, nunca había estado ahí, en cuerpo. Había estado, digámoslo así, en pantalla. Por algo Nueva York es la segunda ciudad más filmada del mundo, después de Los Ángeles. Sólo que a diferencia de ésta, que necesita estudios para fingir que es otra ciudad, Nueva York no necesita nada de eso. Se filma a sí misma. Lleva casi un siglo siendo su propio set, su propio escenario, su propio actor de reparto. King Kong lo entendió antes que nadie.
Kong debutó en Nueva York en 1933, poniendo al Empire State Building en el centro de uno de los momentos más célebres del cine. No fue casual. En ese año, el Empire State, inaugurado dos años antes, era la estructura más alta del planeta –381 metros de altura– y simbolizaba la ambición convertida en acero y piedra caliza, una ironía perfecta para una bestia traída de la selva que trataba de escapar de la civilización. La Torre Eiffel o El Coliseo romano le habrían quedado chico a Kong. Nueva York tenía los edificios necesarios para que un gorila de poco más de siete metros encontrara su tragedia. Le dije a mi esposa que ahora entendía por qué Kong murió en Nueva York: porque no había otro lugar donde pudiera morir con grandeza.
Desde aquellos años, la ciudad y el cine han desarrollado una codependencia que ya no tiene cura. El Flatiron Building, ese triángulo de hierro y piedra que parece proa de barco, es la sede del periódico Daily Bugle en el cómic de Spider-Man (¿dónde más podría vivir Peter Parker, sino en una ciudad con suficientes rascacielos para columpiarse entre ellos?). El edificio Brooklyn Battery Tunnel Ventilation, con su cara de búnker art déco, es la oficina de los agentes de Men in Black. El icónico Macy’s en Herald Square es el plató de Miracle on 34th Street. El Hotel Continental es el refugio seguro para asesinos profesionales donde está prohibido “hacer negocios” (matar) en John Wick; sin embargo, el edificio utilizado para la fachada exterior es el Beaver Building, ubicado en la esquina de Wall Street y Pearl Street.
En el distrito financiero, al pie de Federal Hall, Batman y Bane se enfrentan a puñetazos en el cierre de The Dark Knight Rises. En la esquina de Washington Street y Water Street, frente al Manhattan Bridge, el joven Noodles de Once Upon a Time in America contempla el río al atardecer, con esa melancolía de quien ya sabe cómo va a terminar la historia. El lobby del Daily News Building en Midtown East, es el set donde Clark Kent y Lois Lane inventan el periodismo de superhéroes.
La New York Public Library, esa catedral laica con leones de piedra en la entrada, es la que recibe a los cazafantasmas cuando todavía no están muy preparados para lo paranormal. El lujoso Plaza, de 1907, es el hotel donde se hospeda Macaulay Culkin en Home Alone 2. En los andenes de la majestuosa Grand Central es donde Benny Blanco mata a Carlito Brigante. El Hotel Empire es famoso por ser propiedad de Chuck Bass en la serie Gossip Girl. La tienda Tiffany es la joyería que la actriz Audrey Hepburn observa mientras desayuna comida callejera en Breakfast at Tiffany’s. En el 226 East de la 13th Street ocurre el tiroteo final de Taxi Driver.
En el 1150 de Anderson Avenue, en el Bronx, están las escaleras del Joker que, desde el estreno de la película en 2019, se han convertido en sitio de peregrinaje. La gente va y baila. Reproduce el momento. Se fotografía remedando la locura de un personaje en una escalera real. El cine actúa en reversa: ya no la ciudad inspira la ficción, es la ficción la que coloniza la ciudad y la hace suya.
Cada esquina tiene su película. Cada edificio tiene su escena. Ver Nueva York por primera vez en persona es un ejercicio de verificación. El ojo recorre las fachadas buscando los encuadres conocidos, comprobando que los edificios tengan las proporciones exactas que la pantalla promete o que la luz de la tarde tenga ese tono dorado único que los cinefotógrafos persiguen durante décadas.
La vista en Nueva York no descansa. Hay demasiado. La ciudad fue diseñada para saturar el ojo con capas: las calles, las fachadas, los grafitis, los anuncios, los edificios detrás de los edificios, los aviones cruzando entre los rascacielos, el río al fondo de cada calle que corre de este a oeste, las luces que iluminan a una ciudad que no cabe en un solo plano visual. Y Kong lo sabía. Por eso subió al Empire State. Porque, desde su cima, la ciudad es vista tal cómo es.
Yo vaporicé wax de Gorilla Glue antes de subir los 102 pisos para ver la ciudad como un dios. Al final, junto a mi esposa, lo vi como gorila enamorado y mariguano.
El carrito de hot dogs está en cada esquina, junto a cada museo
1. El Departamento de Salud neoyorkino inspecciona cada año a unos 28 mil restaurantes. Ese número sólo contempla los sitios que tienen licencia; o sea, que pagan impuestos. No incluye el carrito de la esquina, la abuela que vende empanadas desde el tercer piso ni el restaurante que funciona en la trastienda de una lavandería. La cifra real es más grande y no tiene un número preciso. Según la asociación de restauranteros local, es una ciudad que se alimenta de salir a comer. Es su estilo de vida y su manera de socialización.
2. El origen de todo es, en cierto modo, el bagel. La comunidad judía ashkenazi lo trajo en el siglo XIX y lo dejó como herencia permanente. Es denso, ligeramente dulce, con esa corteza que cruje. Salió de los guetos del Lower East Side, el epicentro de las primeras panaderías artesanales, y terminó en los aeropuertos del mundo, desmejorado en cada escala. A mí no me gustan pero conozco a quienes creen que la versión original con queso crema y salmón ahumado es una de las comidas más perfectas que ha producido Nueva York. Más de un neoyorkino asegura que no hay manera de mejorarlo, que sólo existen maneras de estropearlo.
3. El desayuno neoyorkino de lunes a viernes es el BEC: bacon, egg and cheese. La yema rota del huevo sobre el queso fundido, el tocino crujiente y el pan que aguanta sin deshacerse. Pura arquitectura culinaria. El BEC no tiene restaurante: tiene delivery, tiene tienda de conveniencia, tiene carrito. Lo despachan en treinta segundos envuelto en papel de aluminio para mantenerlo caliente hasta el Metro, donde la mitad de Nueva York lo desayuna de pie, con una mano en el pasamanos.
4. Técnicamente no tiene hora para ser comido, pero en Nueva York, donde fue inventado, el hot dog está disponible todo el día. El carrito está en cada esquina, frente a cada parque, junto a cada museo. El vendedor opera con una escenografía de movimientos que consiste en sustraer el pan del vapor, sacar la salchicha del agua caliente y ponerle encima la mostaza en espiral. No hay manera de arruinar un hot dog neoyorkino. No es retro ni artesanal ni ha sido revisitado por ningún chef michelín. Es lo que desde 1860 se come en Nueva York.
5. Un hombre, de origen árabe, maneja una plancha donde el cordero o el pollo se cortan en tiras y se sirven sobre arroz amarillo con ensalada y la salsa blanca que es una mezcla de mayonesa y yogurt pero que, en la práctica, mi esposa dice que es el condimento más adictivo que ha producido el siglo. Más que el azúcar o el glutamato monosódico. La fila al mediodía en el carrito de halal de la 53 con la Sexta Avenida puede tener una veintena de personas de traje esperando con paciencia.
6. La pizza neoyorkina es una herejía napolitana: una porción ocupa dos manos y es fina en el centro y más gruesa en los bordes, con una masa que tiene la textura correcta para doblarse sin romperse. La salsa es simple porque el queso es el protagonista. Se come de pie, en la calle, frente a la caja de la pizzería, sin plato. Ningún neoyorkino fotografía la pizza. Primero se la come, doblada por la mitad, con esa técnica que ejecutan de manera instintiva desde niños, con el aceite escurriéndose hacia los nudillos y el queso estirándose hasta lo imposible.
7. Hay un plato que Nueva York no quiere compartir con el turismo: el chopped cheese. Leí que nació en las bodegas de Harlem, en esas tiendas independientes donde el dueño conoce a todos los clientes y hasta el gato duerme junto a la caja registradora. Es carne molida frita sobre la plancha con queso americano, cebolla y lo que haya a la mano, servido en un pan con lechuga, tomate y condimentos. Es el primo pobre de la hamburguesa. El chopped cheese es lo que come la ciudad real. El bagel, la pizza, el hot dog, los otros íconos callejeros, ya son patrimonio mundial. El chopped cheese todavía pertenece a Nueva York.
8. Chinatown es un barrio con los pescados vivos en cubetas exhibidas en la banqueta y con los patos laqueados colgando en los aparadores. Una guía gastronómica dice que “la sopa de dumpling, el char siu bao o el congee son la comida china en Nueva York que lleva décadas alimentando a mucha gente, rápido y barato”. Pero la cocina china no es una, sino muchas: cantonesa, szechuanesa, hunanese, shanghainesa, fujianese. Cada una con sus sabores. Comer en todos los restaurantes chinos de la ciudad tomaría años.
9. El sushi neoyorkino va del omakase de 200 o 400 dólares por persona en el Midtown, donde el cliente confía plenamente en el chef y deja a su elección el menú, hasta el sushi barato del East Village donde los platos dan vueltas como planetas minúsculos y uno los atrapa. El sushi neoyorkino no es el sushi japonés: la ciudad lo estudió y luego le añadió ingredientes que ningún maestro de Osaka aprobaría: el aguacate, la mayonesa de sriracha y el salmón importado de Chile. Eso hace Nueva York con todo lo que adopta.
10. La hamburguesa neoyorkina existe en tres formatos: la de cadena, sin ninguna espectacularidad; la del gastropub, la llamada artesanal, que se sirve con queso azul y cebolla caramelizada por 25 dólares; y la del dinner de madrugada que se fríe sobre plancha de acero con una cantidad de aceite que, si bien todo cardiólogo reprobaría, a las tres de la mañana parece una fuerte dosis de proteína.
11. El taco neoyorkino tiene demasiado relleno, la tortilla equivocada y una salsa que alguien cocinó mirando fotos. Sus mejores taquerías no están en Manhattan. Están en los barrios donde viven los mexicanos, donde vive la memoria del sabor original. Nueva York tiene una deuda con el taco que reconoce a regañadientes.
El jazz, el rock, la salsa y el Frank Sinatra de Nueva York
A. Nueva York no tiene silencio. Tiene breves interrupciones donde el ruido siguiente se está preparando. En eso se parece a la esquina donde vivo en la Ciudad de México. Investigadores de la Escuela de Salud Pública Mailman midieron los niveles de ruido en el Metro y encontraron que con treinta minutos de exposición diaria a los niveles más altos de decibeles del Metro –más de 100, parecido al que emite una motosierra– hay riesgo real de pérdida auditiva. Qué paradoja: la mayoría de los neoyorkinos viajan con los audífonos tratando de tapar el ruido con más ruido.
B. Desde la apertura de la primera línea del Metro, en 1904, se prohibió tocar música en vagones o andenes. Hasta 1985, que el mandato fue declarado inconstitucional tras el caso del músico Roger Manning, que estableció que tocar música ahí no es una violación automática de la ley de “conducta desordenada”, permitiendo un espacio para el arte. Hoy más de 350 artistas y grupos participan en el programa MTA Music. Los artistas son seleccionados en audiciones ante un jurado. Además, cualquier músico tiene derecho a tocar en el Metro de Nueva York siempre que siga las reglas de conducta. Se contabilizan unas 10 mil actuaciones al año.
Lo que significa que en cualquier andén, a cualquier hora, puede aparecer un cuarteto de jazz, un violinista clásico, un percusionista de batería de cubos, un tenor practicando arias o una famosa banda haciéndose publicidad. Y vaya que aparecen: U2, por ejemplo, protagonizó un show sorpresa, en mayo de 2015, en la estación de la calle 42 de Manhattan. Otro caso sucedió en enero de 2025: el animador Jimmy Fallon llevó al Metro a Bad Bunny, quien sorprendió a los pasajeros en la estación Rockefeller Center, en la Sexta Avenida, cantando “Nuevayol”.
C. El 11 de agosto de 1973, en una fiesta de regreso a clases para adolescentes en el salón recreativo de un edificio en el oeste del Bronx, nació el hip hop, un género que escuchan unos 80 millones de estadounidenses al mes. Cindy Campbell organizó la fiesta en un salón que rentó por 25 dólares para recolectar dinero con el que pudiera comprar ropa escolar. El DJ fue su hermano: Clive, también jamaiquino, conocido como DJ Kool Herc.
Según leí, la innovación de Clive llegó cuando notó que la gente esperaba los drum breaks –prolongar la percusión pura– para hacer sus mejores pasos. Decidió entonces usar sus dos tornamesas para hacer transiciones suaves entre discos, extendiendo indefinidamente ese break que la multitud quería escuchar. Lo llamó el Merry-Go-Round. Hoy se llama breakbeat y es la base técnica de casi toda la música electrónica y el hip hop que le siguió. La entrada a aquella fiesta costó 25 centavos para mujeres y 50 centavos para hombres. Hoy el mercado global del hip hop vale alrededor de 45 mil millones de dólares.
D. El jazz llegó a Nueva York desde Nueva Orleans, subió por el Mississippi y encontró en Harlem la incubadora perfecta. De ahí salieron Duke Ellington, nacido en Washington, pero Cotton Club fue su escenario; Miles Davis, quien grabó discos en Blue Note, el club de jazz más famoso de Nueva York; Charlie Parker, quien pese a haber nacido en Kansas City, en Harlem fue donde forjó el bebop junto a Dizzy Gillespie; Thelonious Monk consolidó su reputación como el pianista del mítico Minton’s Playhouse; Ella Fitzgerald comenzó su carrera en el Apollo Theater de Harlem; o John Coltrane, nacido en Carolina del Nortem tocó extensamente en Harlem. Porque nunca está de más repetirlo, fue la capital mundial del jazz entre 1920 y 1950.
E. Hilly Kristal abrió el bar CBGB el 10 de diciembre de 1973 en el 315 de Bowery, debajo de un hotel de paso para alcohólicos y veteranos de Vietnam, en uno de los bloques más deteriorados de Manhattan, con la intención de programar country, bluegrass y blues. Las siglas CBGB lo dicen: Country, Bluegrass y Blues. Lo que llegó fue otra cosa. El colapso literal del Mercer Arts Center en 1973 había dejado sin escenario a decenas de bandas jóvenes y sin sello, y migraron al único bar donde Kristal les permitía tocar música propia. La regla era sencilla y revolucionaria: nada de covers. Solo canciones originales.
En agosto de 1974 subieron al escenario cuatro chicos vistiendo jeans rotos y chamarras de piel. Se llamaban The Ramones. Joey, Johnny, Dee Dee y Tommy Ramone tocaron en el CBGB más de setenta veces. También participaron Blondie, Talking Heads y los Misfits. El CBGB cerró en octubre de 2006, cuando el casero le ganó la batalla a Kristal en medio de la gentrificación del barrio. El último concierto lo dio Patti Smith. Kristal murió de cáncer en 2007. El edificio fue declarado sitio histórico en 2013. Hoy en ese local hay una tienda de ropa de lujo que vende playeras a 100 dólares con el logo del CBGB. Yo compré en Brooklyn una camiseta más barata: la de Ramones y la uso de pijama.
F. Steve Rubell e Ian Schrager convirtieron un antiguo estudio de televisión de la CBS en la calle 54 West y lo llamaron Studio 54. Desde la noche inaugural con Cher, Bianca Jagger, Andy Warhol y Liza Minnelli como invitados, el club se convirtió en el lugar donde la élite de Nueva York “iba a jugar”. Rubell decidía personalmente quién entraba. A veces rechazaba a alguien por la camisa que traía puesta; a veces dejaba entrar a desconocidos guapos junto a celebridades, porque entendía que la diversión estaba en la mezcla. El club ganó siete millones de dólares en su primer año. En 1979, dos años después de su inauguración, la fiesta terminó: Rubell y Schrager fueron arrestados por evasión fiscal y enviados a prisión.
G. En el 84 de King Street, en Hudson Square, el Paradise Garage abrió sus puertas en enero de 1978. No había alcohol. No había comida. No había cadenero ni celebridades. El Paradise Garage fue construido específicamente para un DJ afroamericano: Larry Levan. Su público era gay, punk, afro y latino. Levan tocaba a The Clash junto a Donna Summer, a Kraftwerk junto al góspel de Chicago. Experimentaba con cajas de ritmos y sintetizadores en una era en que eso no se hacía.
Sus sesiones de los sábados se llamaban “Saturday Mass” y eran veneradas como actos religiosos. El club funcionó de 1977 a 1987. Cerró semanas después de que su dueño, Michael Brody, muriera de complicaciones relacionadas con VIH. Adicto a la heroína, Levan murió en 1992, a los 38 años. Frankie Knuckles, su amigo y colega, quien aprendió junto a él, llevó ese sonido a Chicago, donde mutó en house music. El house se convirtió en techno. El techno en trance. Y el trance en todo lo que hoy suena en cualquier festival del mundo.
H. Frank Sinatra, nacido en Nueva Jersey, grabó “New York, New York” en 1979. La canción fue compuesta para la película homónima de Martin Scorsese, protagonizada por Liza Minnelli y Robert De Niro. Sus compositores, John Kander y Fred Ebb, la escribieron en 45 minutos, encerrados en un departamento, después de que De Niro le dijera a Scorsese que el tema original era demasiado débil. Fue la versión de Sinatra la que la convirtió en ícono: transformó lo que era un número cinematográfico en un himno cultural que trascendió su origen. Sinatra la cantó en vivo por primera vez en el Radio City Music Hall en 1978 y con ella cerró todos sus conciertos hasta 1995, su última actuación pública. Desde 1980, la canción suena en el Yankee Stadium al final de cada juego.
I. Leí en la revista Billboard que “Empire State of Mind”, fue compuesta originalmente por la dupla Angela Hunte y Janet Sewell-Ulepic, nativas de Brooklyn, durante un viaje a Londres en 2009. “Sintiéndose nostálgicas, se dijeron: ‘Nos quejamos tanto de Nueva York, de las calles atestadas, las multitudes, los empujones, el subterráneo, pero ahora mismo cambiaría cualquier cosa por eso’. Antes de dejar su hotel esa noche, sabían que compondrían una canción sobre su ciudad”.
La canción llegó a Jay Z a través de la compañía discográfica Roc Nation. Jay Z tenía en mente a Mary J. Blige para las voces femeninas, “pero cuando escuchó el loop de piano decidió que Alicia Keys era la indicada”. La primera interpretación en vivo de Jay-Z y Keys juntos fue en la ceremonia del MTV Video Music Awards de 2009, donde cerraron el espectáculo. “Empire State of Mind”, al igual que el olor de la mariguana quemada, está en todas partes: en el barco que recorre la bahía de Manhattan, en el Times Square, en el Metro, en los dispensarios, en la Estatua de la Libertad, en las cafeterías. Seguro que hasta en Marte deben escucharla.
J. Quien le dio nombre y forma comercial al son, el mambo, la guaracha y la cumbia fue un dominicano llamado Johnny Pacheco. En 1964, él y su socio Jerry Masucci, un abogado italiano de Brooklyn que había vivido en Cuba, fundaron Fania Records con un presupuesto de cinco mil dólares, en una oficina del tamaño de un clóset, vendiendo discos en la cajuela de un auto en barrios latinos.
Para mediados de la década de 1970, Fania producía casi 80% de los discos de salsa que se vendían en Estados Unidos. La noche en que la salsa se convirtió en fenómeno fue el 23 de agosto de 1973. Fania reunió a todo su elenco en el Yankee Stadium. Asistieron unas 45 mil personas, muchas de ellas migrantes de toda América Latina. La multitud se metió al campo y el concierto tuvo que detenerse antes de terminar. Alguien lo llamó el Woodstock de la salsa.
Cinco años después llegó Siembra, la colaboración de 1978 entre Rubén Blades y el fallecido Willie Colón que se convirtió en el disco más vendido de toda la historia del sello. “Pedro Navaja” y “Plástico” no hablaban de amor ni de fiesta. Hablaban de la vida dura, del migrante invisible, de la trampa del consumismo. Nueva York exportó ese sonido hacia el sur: desde el Gran Combo de Puerto Rico hasta Fruko y sus Tesos en Colombia y Grupo Niche en Cali, músicos y audiencias de toda América Latina abrazaron el término salsa para sus propios sonidos. Lo que nació como la música de los que no tenían nada terminó siendo la música de un continente. Willie Colón lo resumió mejor que nadie: “La salsa no es un ritmo. Es un concepto. Es la reconciliación de todo lo que somos”.
La ciudad donde nadie se mira y tampoco se toca
Los neoyorquinos han perfeccionado el arte de habitar el mismo espacio con un desconocido sin reconocer su existencia: mirada fija en el teléfono, cuerpo ladeado y la espalda convertida en escudo diplomático. El antropólogo Edward Hall lo llamó proxémica: cómo los seres humanos organizan el espacio entre sí según la cultura a la que pertenecen. Definió cuatro zonas: íntima, personal, social, pública, y determinó que la violación de cada una produce una ansiedad proporcional a su cercanía.
Nueva York viola todas las zonas simultáneamente pero finge que no pasa nada. Manhattan es la zona urbana más densa de todo Estados Unidos —supera las 70 mil personas por milla cuadrada en algunos barrios— y donde, paradójicamente, el contacto entre extraños está más cuidadosamente prohibido.
En el Metro, la ciencia ha medido que, cuando alguien se sienta directamente junto a un desconocido, el cortisol sube, el rendimiento cognitivo baja y el cuerpo entero activa sus defensas como si hubiera detectado una amenaza. Es la invasión del espacio inmediato, ese centímetro de aire que cada persona considera suyo aunque no lo haya pagado. Los vagones van llenos de gente cansada que prefiere ir parada antes de sentarse junto a alguien que no conoce. En el Metro de la Ciudad de México, que bien conozco, los cuerpos se acomodan, se dejan llevar entre la multitud; en el de Nueva York se ignoran como se ignoran en la calle.
En esas mismas esquinas donde nadie se mira, el fotógrafo Richard Renaldi lleva años con su proyecto Touching Strangers, pidiéndole a dos desconocidos que posen como si se amaran. Que se abracen. Que apoyen la cabeza en el hombro del otro. Lo que ocurre en los primeros segundos es siempre el mismo catálogo de la incomodidad: risas intranquilas, miradas hurañas, cuerpos que no saben dónde poner las manos. Lo que sucede después es algo que Renaldi llama “una ternura que sorprende a ambas partes”. Nueva York, en ese instante, parece otro lugar.
Una amiga que vivió en Nueva York me dijo que no olvidara decir que existen las personas que sujetan la puerta del vagón para que alcance el pasajero que viene corriendo y que existen los gestos de pasar el MetroCard a alguien que no tiene fondos, sin esperar las gracias. La ciudad tocándose a través de la única manera que se permite: rápida, sin que nadie tenga que reconocer que es un ser humano.
El porro de Nueva York
El primer porro lo compré en Manhattan a diez dólares. Me pareció un exceso por la calidad de la flor: poca aceitosa y con mucha rama. El segundo porro costó ocho dólares más caro, pues era puro CBD, el cannabinoide no psicoactivo de la mariguana. Para ser honesto, fue la primera vez que me parecieron bastante caras las propiedades analgésicas, antiinflamatorias y ansioliticas de la planta.
El tercer y cuarto y sucesivos porros los adquirí en un puesto callejero de Brooklyn a cinco dólares. Flor fresca, cogollos sin semilla, ponedora. El hombre que atendía era un afro que sabía cómo sacarles dinero a los demás: también vendía hongos, LSD y otros psicodélicos. Me dijo que su éxito era vender a precios de Brooklyn y no a precios de Manhattan. Fue caminando y fumando por Brooklyn cuando me acordé de la Roma Norte, la colonia donde vivo desde hace más de veinte años: vieja, sucia y llena de gringos como Brooklyn.
Hay barrios que el mundo descubre y arruina y luego añora. Como Brooklyn. Como la Roma Norte. Los dos huelen igual: a café gourmet, a perro con pañoleta, a bicicleta. Y, desde hace algunos años, a porro. Hay una palabra en inglés para lo que le pasó a Brooklyn y a la Roma Norte: gentrification.
GSC / MMM