• Bailar K-pop frente a Fidel. Las ARMYs cubanas no se quedan fuera del mundo

Ver a BTS en Cuba implica logística, ingenio y resistencia. Entre VPN, apagones y memorias USB, un grupo de fans burla el bloqueo para no quedar fuera del fenómeno global.

La Habana, Cuba /

DOMINGA.– Faltan diez segundos. Sobre una pared de bloques de concreto, cuelgan dos televisores de unas sesenta pulgadas que marcan la cuenta regresiva. Nueve, ocho, siete. A un costado del patio, ruge un ventilador industrial. El aire que lanza espanta el bochorno pero tiene en movimiento perpetuo el pelo de las muchachas sentadas en la primera fila.

Nia no quita la vista de encima de las pantallas. En realidad se llama Tania pero en el mundo del K-pop –el género musical coreano de artistas altos, piel perfecta y coreografías perfectas– los nombres de nacimiento no se usan. Aquí ella es Nia, fundadora del club de fans y motor del K-pop en Cuba.

Es una ARMY que supervisa cada pormenor y para quien los siete integrantes de la banda BTS son, en sus propias palabras, “sus niños”. Esta comunidad organizada sencillamente no existiría sin Nia. Un rato antes, mientras acomodaba los cables y probaba la conexión y el sonido, me había confesado su edad con una sonrisa: “Pon que tengo más de treinta”.

Jóvenes cubanas se reúnen para ver el regreso de BTS a los escenarios | Estefanía Veloz


Estamos en el patio del Joven Club de Computación y Electrónica, en la calle N, entre la 21 y 23. Es el Vedado, un barrio de La Habana lleno de casonas señoriales que el salitre ha ido descascarando y una vida que se derrama sobre las banquetas. Para una mexicana, es una suerte de la Roma y Condesa juntas. En las esquinas, hay jóvenes en patineta que se sientan a platicar, a besarse o a jugar. A pocos metros, el Cine Yara –abierto en 1947 como la joya de un complejo de radio y televisión antes de ser nacionalizado– sigue siendo la pantalla principal de la ciudad y sede del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano. Justo allí, la calle 23 baja en una pendiente que termina en el muro del Malecón. A la vuelta del club, en el Pabellón Cuba, la banda irlandesa Kneecap ofreció un día antes un concierto que terminó a oscuras.

Así es la vida ahora en el país: entre la incertidumbre sobre cuánto más apretarán las políticas de Donald Trump y la única certeza de que la luz se va a ir tarde o temprano. Adentro, sin embargo, el mundo se reduce al brillo de las pantallas. Al menos hoy, hay corriente.

Nia organizó esta proyección para ver el concierto del reencuentro de BTS, la banda surcoreana que se convirtió en el fenómeno pop más grande del planeta. El show, transmitido globalmente por Netflix el 21 de marzo desde la plaza Gwanghwamun en Seúl, marca el regreso de sus siete integrantes tras la pausa que se tomaron por el servicio militar obligatorio. En Corea del Sur, debido a que el país sigue técnicamente en guerra con el Norte, la ley exige que todos los hombres aptos sirvan en el ejército; una obligación de la que ni siquiera estas estrellas mundiales pudieron escapar.

Es la primera vez que los BTS vuelven a cantar juntos como civiles. Nia no es coreana, es cubana y en esta isla del Caribe, a 12 mil 655 kilómetros de Seúl, se les renombra como sus ídolos.

Contra toda incertidumbre, Nia organizó la proyección para el primer concierto que BTS dio tras el servicio militar | Estefanía Veloz

Tener Netflix en Cuba es un ejercicio de supervivencia

En Cuba, acceder a la plataforma de Netflix es un ejercicio de supervivencia tecnológica. El embargo de Estados Unidos impone un muro de tres capas: primero, las leyes de sanciones prohíben a las empresas estadounidenses vender servicios digitales a la isla; segundo, el sistema financiero está cortado, por lo que ninguna tarjeta bancaria cubana funciona para pagar la suscripción; y tercero, Netflix aplica un geobloqueo que detecta y expulsa cualquier conexión que provenga de una IP en La Habana.

Para ser parte de los 18 millones de espectadores globales, Nia usa desde el barrio Miramar una VPN, un software que redirige la conexión a través de un servidor en otro país para engañar a Netflix, de modo que el sitio pueda creer que la señal sale de Madrid, Oslo o Ciudad de México. Si la conexión de datos falla o la VPN se desconecta, el show termina.

Seis, cinco, cuatro. El evento ocurre en el patio de un Joven Club de Computación y Electrónica, una institución pública, una red de centros tecnológicos estatales fundada por Fidel Castro en 1987 con el objetivo de informatizar a la sociedad. Por eso la foto del barbudo sigue ahí, colgada en la pared de bloques, como si vigilara sólo por hoy este patio que tiene unas cuantas figuras de cartón de tamaño real de los BTS flanqueando el espacio.

Hay exactamente 120 sillas ocupadas; las contaron una por una al acomodarlas. Hay mucho ruido. Huele a humedad y a “rositas de maíz”, como llaman los cubanos a las palomitas.

Tres, dos, uno. Nia pregunta a gritos si están listas. Ciento veinte voces le responden que sí. El centro de Seúl aparece en La Habana a través de las pantallas, mientras el ventilador sigue espantando el bochorno. Suena la primera canción, “Body to Body”, un tema que habla de derribar barreras. El coro dice: “I need some body to body”. En cuanto empieza la música, el patio entero canta. No hay nadie ahí que no se sepa esta letra de memoria de los ídolos del K-pop.

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Ser una ARMY del K-pop en Cuba

Afuera la ciudad sigue su curso lento. Es domingo y las calles del Vedado están casi vacías por la falta de combustible. Algunas escuelas sólo abren tres días a la semana: no hay cómo transportar a los alumnos. Adentro, a espaldas de esa calle, están las ARMYs reunidas. No son sólo fans: son una organización capaz de colapsar servidores y doblar brazos corporativos.

Lo demostraron en México a inicios de 2026, cuando se enfrentaron a Ticketmaster y Ocesa por la venta opaca de 150 mil boletos que se agotaron en minutos, logrando que la Procuraduría Federal del Consumidor interviniera para exigir mapas de precios y frenar la reventa. Esa es la fe de las que hoy cantan en un idioma que no es el suyo, desde una isla que no tiene gasolina.

En Cuba, ser fan funciona de otra manera. Mientras en México el apoyo se mide en reproducciones de Spotify y tendencias en redes, aquí las ARMYs se enfrentan a los cortes de luz y a un internet que se paga por minutos. Su organización es más física que virtual: se pasan memorias USB con videos y presentaciones que consiguen a través del Paquete Semanal (que permite a los cubanos disfrutar sin suscripciones de producciones audiovisuales). Para votar en premios o bajar un estreno, se juntan en los parques a compartir la conexión Wi-Fi. Es una comunidad que se sostiene en lo tangible, compartiendo archivos de mano en mano para no quedar fuera de la conversación.

A un costado del patio, las vendedoras de Enchantry acomodan sus productos. Son un negocio de ropa gótica en la isla que terminó fabricando merch de BTS para no quebrar. Una playera con el rostro de Jungkook cuesta entre mil 500 y 3 mil 500 pesos cubanos. En el mercado informal, donde el dólar ya ronda los 550 pesos, aquellos precios equivalen a unos diez dólares. En Cuba, el salario mínimo es de 2 mil 100 pesos.

Mercancía de BTS que el negocio Enchantry comenzó a vender para no quedar en la quiebra | Estefanía Veloz


El K-pop también se baila.
Técnicamente, es una mezcla de hip-hop, danza urbana y pop, pero con una exigencia innegociable: la sincronía exacta. Quienes lo practican deben moverse en bloque, cambiar de posición rápidamente para turnarse el centro del escenario y marcar gestos de manos muy específicos, diseñados para volverse virales en internet. Todo esto mientras sonríen y mueven los labios al ritmo de la letra en coreano.

Al fondo del patio, LTX se prepara. No son una banda musical, no hay guitarras, baterías ni micrófonos reales. Los fanáticos del K-pop forman dance covers: grupos tributo que encarnan la imagen y el movimiento de sus ídolos sin tocar un solo instrumento.

Fabián, el fundador cubano de 21 años, lleva el pelo largo y teñido de gris, con una bandana, una playera de BTS y piercings. Usa guantes sin dedos. Junto a él están Yaset y David, los dos más nuevos del club de fans. Fabián sabe lo que es el éxito. Años atrás tuvo otra banda con la que ganó el concurso nacional de coreografías K-pop que organiza la Embajada de Corea del Sur en La Habana. Ese premio fue su billete de avión a Seúl. Aquel grupo terminó separándose pero Fabián mantuvo vivo el proyecto de LTX.

Ahora, con esta nueva alineación de tres, su meta es ganar la próxima eliminatoria de 2026 para volver a viajar. Me habla de los rascacielos de Seúl y de un internet que nunca se corta. Su baile hoy, frente a la foto de Fidel y las figuras de cartón, es un intento de regresar a ese mundo.

Un concurso de K-Pop permitió a Fabian conocer Corea del Sur: una nación con rasca cielos y un internet que no se corta | Estefanía Veloz

El anhelo de que BTS pise Cuba algún día

Suena “Butter”, un sencillo en inglés lanzado por BTS en 2021 que rompió el récord mundial al superar los 108 millones de reproducciones en YouTube durante sus primeras veinticuatro horas. El patio se vuelve un coro. Como la canción es en inglés y no en coreano, me descubro siguiendo la letra con las ARMYs: “Sweet like butter, like a criminal undercover”. Pero no es suficiente.

Nia observa la escena desde una esquina. En nuestra charla previa me confesó su mayor anhelo –que es, en realidad, el sueño colectivo del movimiento ARMY en Cuba–: que la banda algún día pise la isla. Es una comunidad que respira a través de grupos de Facebook como “BTS Cuba”, perfiles de Instagram, como @army_cuba_official, y canales de Telegram en los que se organizan para estos eventos.

Pero mantener esa devoción digital encendida cuesta caro: para existir en internet, estas fans compran paquetes de megas a precios prohibitivos y graban sus propios retos de baile para TikTok conectados a la red inestable de los parques públicos. Fidel Castro prefería el piano de Bola de Nieve o la trova, música que se escucha sentado y en silencio. Pero en este patio, el ritmo es una ráfaga de pop coreano.

Al terminar el show, todas caminarán por calles oscuras para volver a casas que llevan 48 horas sin luz. Por ahora, Seúl sonó en La Habana y el hombre de la foto fue el único que no se movió mientras el resto bailaba.

GSC/ASG

  • Estefanía Veloz

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