• Nueva York reinventa sus rascacielos y confirma su ambición por conquistar las alturas

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Entre memoria, innovación y riqueza, Manhattan conquista el cielo.

Edwin Heathcote
Ciudad de México /
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“La ciudad”, escribió E. B. White, “por primera vez en su larga historia, es destructible”. En este pasaje inquietantemente profético de Here Is New York (1948), continuaba: “Una sola formación de aviones, no más grande que una bandada de gansos en vuelo, puede acabar rápidamente con esta fantasía insular: incendiar las torres, derribar los puentes, convertir los pasajes subterráneos en cámaras mortales y reducir a cenizas a millones de personas. 

La noción de mortalidad forma ya parte de Nueva York: en el ruido de los aviones que sobrevuelan la ciudad y en los titulares negros de la última edición”.

En esos días, Nueva York era una ciudad vertical de optimismo arquitectónico, de fe en la tecnología (estructuras de acero, ascensores, aire acondicionado) y en su capacidad para definirse a través de la construcción. Sin embargo, tal como señaló el teórico cultural francés Paul Virilio en la década de 1990, la invención del avión trajo consigo simultáneamente la invención del accidente aéreo.

El Empire State Building se diseñó con una estación de atraque para dirigibles en su cúspide, pero cuando el piloto de un pequeño dirigible intentó atracar por primera vez, las turbulencias provocadas por los fuertes vientos resultaron ser excesivas. En 1945, un bombardero B-25 se estrelló contra la torre, causando la muerte de la tripulación y de once empleados de oficina que se encontraban en el interior. 

Convertido en un edificio emblemático tan pronto como terminó su construcción en 1931, el Empire State desempeñó un papel protagonista en la película King Kong (1933), en la que el gran simio era trasladado a la jungla de asfalto para escalar este nuevo símbolo.

Después del 11-S

En 2001, volvimos a quedar pegados a las pantallas, aunque por los peores motivos posibles, profundamente conmocionados mientras observábamos cómo las torres estallan en llamas y se desplomaban envueltas en nubes de polvo. En los días de aturdimiento y desconcierto que siguieron al 11 de septiembre, a cualquiera de nosotros le resultaba difícil pensar en el futuro o en la arquitectura.

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3 mil 900 mdd costó la Freedom Tower

Concebida como la pieza culminante de la reconstrucción del World Trade Center.

Pero, a medida que pasaban las semanas y los meses, empezamos a preguntarnos: ¿este fue el fin de los rascacielos? ¿Quién querría vivir ahora en la planta 90 de un edificio? El valor siempre había aumentado con la altura; de ahí el prestigio de los penthouses. ¿Todo esto quedó destruido en los 17 minutos que transcurrieron entre el impacto del primer y el segundo avión contra las torres Norte y Sur la mañana del 11 de septiembre?

También surgió un intenso debate sobre cómo rendir homenaje a las víctimas. ¿Las torres se deberían reconstruir de forma idéntica, como un gesto de desafío? ¿Se tenía que construir una torre nueva, más alta y mejor? ¿O dos? ¿O todo el sitio debería convertirse en un espacio conmemorativo, en un jardín? ¿Y qué pasaba con el resto de la ciudad? ¿Había llegado Manhattan a su fin? ¿Habían quedado obsoletas sus torres emblemáticas ante esta nueva forma de terror?

One World Trade Center Manhattan. Shutterstock.

Se tardó casi una década para que surgiera el primer rascacielos arquitectónicamente significativo del centro de la ciudad: el reluciente edificio de 76 pisos situado en el número 8 de Spruce Street, obra de Frank Gehry. 

Sus fachadas ondulantes de acero inoxidable parecían los ropajes de una escultura y daban lugar a una torre de gran atractivo visual y carácter reflectante, con niveles escalonados que evocaban los colosos del art déco neoyorquino y un revestimiento brillante que recordaba al edificio Chrysler. En su base se integraron un espacio público y una escuela pública. Parecía un intento generoso de relanzar el rascacielos en la era posterior al 11-S bajo un enfoque más cívico. Pero aquello no perduró.

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4 mil mdd vale la nueva sede de JPMorgan Chase

En 270 Park Avenue, uno de los gigantes más recientes de Midtown.

De hecho, ocurrió todo lo contrario. En lugar de optar por casas o condominios de baja altura después del 11-S, los superricos empezaron a acaparar penthouses y departamentos en las plantas superiores de torres que aún se tenían que construir. Si antes la riqueza se refugiaba discretamente en el Upper East Side, ahora se inscribía en el perfil urbano de la ciudad mediante la inconfundible aparición de esa hilera de torres esbeltas y altísimas, conocidas como Billionaires’ Row (la Fila de los Multimillonarios), situadas en el extremo sur de Central Park, en torno a la calle 57 Oeste.

Los desarrolladores y arquitectos crearon un nuevo arquetipo con estos rascacielos extremadamente estrechos y altos, conocidos como skinnys crapers, que a menudo albergan solo un departamento por piso, transformando radicalmente el perfil urbano de la ciudad. Los colosos de los grandes negocios habían cedido el dominio del horizonte a la riqueza privada.

Billionaire's Row New York. Shutterstock.

Esta evolución refleja la transferencia de dinero desde los magnates de la Edad Dorada en sus mansiones, pasando por el mundo corporativo estadunidense y sus torres art déco rebosantes de confianza, hasta la angustia despojada de ornamentos del modernismo tardío del World Trade Center, para desembocar finalmente en las estructuras esqueléticas y reveladoras de la desigualdad social que caracterizan a la llamada Billionaires’ Row. El nuevo perfil urbano trazaba un gráfico perfecto, similar a un electrocardiograma, que ilustraba el flujo de riqueza hacia 0.01 por ciento de la población.

El modernismo tardío

El gran capital seguía presente, fiel a la estética del modernismo tardío: edificios acristalados y banales, carentes de matices. La reconstrucción del sitio del World Trade Center avanzó con lentitud. La primera en levantarse fue la Torre 4, obra de Fumihiko Maki (2013), elegante y de líneas depuradas. La Torre 2 apenas empieza a emerger del suelo, 25 años después, concebida como la sede de American Express diseñada por Norman Foster.

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96 pisos alcanza el 432 Park Avenue

Uno de los skinny scrapers que redefinieron el skyline de Manhattan.

Si las Torres Gemelas se erigían como tótems de principios de la década de 1970, una época en la que la ciudad se precipitaba hacia la bancarrota, tanto financiera como arquitectónica, el nuevo conjunto constituye un monumento a la globalización corporativa contemporánea: un eje formado por desarrolladores y corporaciones que colaboran con entidades financieras para levantar torres de una insipidez y banalidad absolutas.

Sin embargo, a pesar de esa banalidad, la reconstrucción logró algo que el diseño original no consiguió. Lo que antes era un espacio inmobiliario desangelado y funcional, limitado al horario de oficina de nueve a cinco, cobró nueva vida gracias al turismo conmemorativo.

Nueva York convirtió la tragedia y la transformó en cultura. Fragmentos de acero retorcido de las antiguas torres descansan ahora en el Museo y Memorial del 11-S. Los cimientos de las Torres Gemelas fueron excavados y transformados en dos estanques con cascadas, donde el agua fluye con fuerza, como si el mar estuviera reclamando de nuevo el centro financiero. 

Diseñado por Michael Arad en perfecta integración con el espacio público circundante, el memorial destaca positivamente en una era de monumentos olvidables: es un espacio cautivador, inteligente, abstracto, respetuoso e impresionante.

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76 pisos elevan al 8 Spruce Street de Frank Gehry,

Uno de los primeros rascacielos emblemáticos del Downtown posterior al 11-S.

La Freedom Tower, concebida como la pieza culminante del complejo renovado y que se finalizó en 2014, resulta menos afortunada. Este edificio, que en su momento fue el rascacielos más caro del mundo, con un costo de 3 mil 900 millones de dólares (mdd), parece el telón de fondo de una ciudad genérica creada por inteligencia artificial (IA). La torre de esquinas achaflanadas, diseñada por SOM, es un recuerdo vacío del plan maestro original de Daniel Libeskind, caracterizado por sus formas angulosas y puntiagudas.

La nueva Era Dorada de los rascacielos

Mientras tanto, el centro perdió su esplendor. El gran capital abandonó Wall Street. Los rascacielos más selectos, como el monumental edificio Art Déco de One Wall Street, se convirtieron en residencias. El sector financiero se trasladó a Midtown. 

La energía vigorosa del centro se diluyó en una mera “atmósfera”, un intento vacilante de convertir el vecindario en un lugar de moda. Allí también surgieron nuevas torres, como la del número 130 de William Street, obra de David Adjaye, con sus arcos de aspecto siniestro y tan finos como el cartón: teatrales, pero impactantes. Ante este éxodo, el alcalde Michael Bloomberg comenzó a promocionar Nueva York en 2003 como un “producto de lujo”. Un bien de consumo, no una ciudad.

432 Park Avenue NY. Shutterstock.

En cuanto a la arquitectura, todavía quedaba algo de interés. Rafael Viñoly, quien perdió frente a Libeskind la competencia por el plan maestro del World Trade Center, materializó el 432 Park Avenue: una estructura de 96 pisos basada en una cuadrícula extruida de exquisita abstracción. Es una escultura hermosa, aunque supuestamente plagada de problemas, desde elevadores que fallan (incapaces de soportar la oscilación del edificio) hasta conductos de basura que, según los residentes, suenan como bombas al estallar. (La junta de propietarios del edificio emprendió acciones legales contra los desarrolladores del 432, quienes rechazan “con vehemencia” esas acusaciones).

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25 años tomó ver emerger la Torre 2 del World Trade

Center, proyectada como nueva sede de American Express.

Hudson Yards podría haber sido una inyección de dinamismo en el mundo de los rascacielos, pero no fue así. El intento más reciente, la sede de JPMorgan Chase en el 270 Park Avenue, obra de Norman Foster y valorada en 4 mil mdd, es un monstruo en Midtown: un enorme edificio de tonos bronce que sustituye a una estilizada torre de mediados de siglo, diseñada por Natalie de Blois (de SOM), una mujer arquitecta en una época en que eso era una rareza. Su perfil escalonado intenta evocar cierta elegancia art déco, pero su gran masa y volumen le restan gracia.

Manhattan sigue creciendo hacia arriba a pesar de todo. Las oleadas de desesperación y sufrimiento, de sentimentalismo y conmemoración que siguieron al 11-S apenas se tradujeron en unos cuantos cambios, con la excepción en una regulación más estricta sobre las vías de evacuación.

El crítico Michael Sorkin escribió en 1988: “El rascacielos neoyorquino surge en la intersección de la codicia y la cuadrícula urbana...y, sin embargo, la genialidad de Nueva York como ciudad de rascacielos no reside en ninguno de sus monumentos, sino en su conjunto”.

Tenía razón. Aunque sus rascacielos corporativos se vuelven cada vez más genéricos y sus torres residenciales ilustran gráficamente una desigualdad extrema, y aunque otras ciudades del mundo levantan más torres para parecerse a Manhattan, la ciudad permanece unida, sentimental y congénitamente, a su propia imagen: la de una urbe que siempre aspira a alcanzar el cielo.

AAL

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