A las seis de la mañana, antes de que el transporte público comience a llenarse, Marta ya está despierta. Prepara el desayuno, alista uniformes, despierta a sus hijos y revisa que su madre —quien vive con diabetes— haya tomado el medicamento.
Cuando por fin sale rumbo al trabajo, ya ha cumplido una jornada invisible. Por la noche, al regresar, le espera otra. Marta no aparece en estadísticas empresariales ni recibe un salario por esas horas, pero su tiempo sostiene la vida de cuatro personas.
Su historia no es excepcional: es estructural
En México, 58.3 millones de personas son susceptibles de recibir cuidados en los hogares; de ellas, 75.1 por ciento de quienes los brindan son mujeres. La cifra revela una realidad persistente: el cuidado es indispensable para la vida, pero se distribuye de forma profundamente desigual.
Sandra Villalobos Nájera, investigadora del Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias de la Universidad Nacional Autónoma de México, lo resume con claridad: “El cuidado es una actividad fundamental sin la cual no podríamos sobrevivir, pero históricamente ha recaído sobre los cuerpos y el tiempo de las mujeres”.
El cuidado implica mucho más que alimentar o acompañar. Incluye gestionar citas médicas, organizar horarios, sostener emocionalmente a la familia y administrar recursos.
Es un trabajo complejo, continuo y esencial que, sin embargo, ha sido invisibilizado y romantizado bajo la idea de que “cuidar es natural” para las mujeres. “No podemos romantizarlo”, advierte Sandra Villalobos. “Mientras el cuidado sostiene la vida, muchas mujeres lo realizan en condiciones de desgaste físico y emocional”.
El problema no es cuidar, sino que la estructura social siga asignando esa responsabilidad casi exclusivamente a ellas.
Las cifras lo confirman. De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT) 2024, presentada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, las mujeres destinan 66.8 por ciento de su tiempo total de trabajo a labores no remuneradas —cuidados, tareas domésticas y trabajo comunitario—, mientras que los hombres dedican 33.2 por ciento.
En promedio, ellas trabajan 61.1 horas semanales, 3.1 horas más que los hombres. Sin embargo, la mayor parte de ese tiempo adicional corresponde a actividades no pagadas. Cada semana, las mujeres invierten 39.7 horas en trabajo no remunerado; los hombres, 18.2. La brecha es de 21.5 horas.
En términos cotidianos, eso significa que por cada hora que una mujer dedica al trabajo doméstico en su hogar, un hombre destina apenas 25 minutos.
EL DATO39.7 horas es el tiempo que las mujeres dedican
Cada semana al trabajo no remunerado; los hombres destinan 18.2. La brecha es de 21.5 horas.
El peso del cuidado
Las diferencias se profundizan en ciertos contextos. En estados como Oaxaca, la brecha en el tiempo total de trabajo alcanza 8.4 horas; en Guerrero y Nayarit, 7.1. Entre hablantes de lengua indígena, la distancia llega a 27.3 horas semanales, y en localidades menores de 10 mil habitantes, a 26.4.
El cuidado de niñas y niños continúa recayendo principalmente en las mujeres: dedican 9.4 horas más que los hombres al cuidado de menores de 0 a 5 años y 5.3 horas más a personas con enfermedad o discapacidad. Si se incluyen los llamados cuidados pasivos —estar pendientes, disponibles, alertas— la diferencia es aún mayor.
La desigualdad comienza temprano. Las adolescentes de 12 a 19 años destinan 1.6 horas más a la semana que los varones de su misma edad al estudio y responsabilidades asociadas, combinadas muchas veces con tareas domésticas.
Mientras tanto, los hombres registran mayor participación en deportes, entretenimiento y uso de medios y dispositivos. En el cuidado personal, ambos dedican tiempos similares a dormir y comer, pero ellos invierten más horas en descanso, recreación espiritual y cuidado de la salud.
Paradójicamente, 68.2 por ciento de los hombres y 62.4 por ciento de las mujeres afirman que les gustaría dedicar más tiempo al cuidado dentro del hogar. Sin embargo, 15.2 por ciento de las mujeres desean reducir el tiempo que destinan a tareas domésticas, frente a 6.4 por ciento de los hombres. El deseo de compartir existe, pero las prácticas aún no cambian al mismo ritmo.
En años recientes, el concepto de autocuidado se ha popularizado, aunque —señala Villalobos— muchas veces vaciado de su sentido colectivo. “El mercado lo ha convertido en un producto, cuando en realidad tiene que ver con la preservación de la vida, los derechos y la autonomía”. No se trata solo de dormir mejor o hacer ejercicio, sino de decidir sobre el propio tiempo y redistribuir responsabilidades.
El reconocimiento del cuidado como derecho humano, respaldado recientemente por la Corte Interamericana de Derechos Humanos, abre una puerta para avanzar en políticas públicas que promuevan corresponsabilidad. Pero el reto es cultural.
EL DATO75.1 por ciento de las personas que brindan cuidados
En los hogares en México son mujeres.
“Necesitamos construir relaciones de cuidado éticas, basadas en el respeto mutuo, que liberen a las mujeres del desgaste constante”, subraya la investigadora. Al final del día, cuando Marta apaga la luz, su jornada no figura en ningún recibo de nómina. Sin embargo, sin esas horas invisibles, la economía y la sociedad simplemente no funcionarían.
Cuidar es un acto de humanidad. Pero mientras siga siendo una carga desproporcionada para las mujeres, también será un espejo de la desigualdad en el país.
KRC