Por: Jesús Silva-Herzog Márquez
Ilustración: José María Martínez, cortesía de Nexos
Si la democracia liberal es un régimen necesitado de respaldos, no tiene más remedio que convocar a ese vicio menor. Todo político ha de retratarse con una luz favorable. Cuidará sus reflejos, moderará su lenguaje, tapará viejas antipatías y ensalzará sus motivaciones. Pactará con enemigos. La política de la persuasión requiere de esmeros que pueden verse como hipocresías. Hacerse aceptable para unos y otros requiere de una prudencia, un pulimiento que entra en fricción con impulsos espontáneos, con esa autenticidad que puede ser brutalmente ofensiva. La autenticidad que humilla, la sinceridad que rechaza cualquier acuerdo haría imposible la civilidad democrática.