Por José Antonio Aguilar Rivera
Ilustración: Belén García Monroy
Algunos buscan, sin duda, ilustración, un conocimiento más profundo de un tema o una disciplina. Más frecuentemente son codiciados porque confieren prestigio a quienes los ostentan. Ser “doctor” abre puertas distintas a las del aula. Destacan, en particular, quienes emplean esos títulos como bonitos adornos de una carrera política. Usan la toga como pashmina. Los viste, aunque su trabajo cotidiano no requiera de los conocimientos ni habilidades que exige un doctorado. En otros países son un certificado de incompetencia: quien haya prosperado en la torre de marfil seguramente será un inepto para la política real. El doctorado resta, no suma, en las carreras políticas. El prestigio se debe, en parte, a la tecnocracia.