Por Luis Javier Plata Rosas
Ilustración: Oldemar González, cortesía de Nexos
Unas más y otros menos, por diferencias diversas (no sólo culturales), mujeres y hombres lloramos, al igual que cocodrilos y el resto de los vertebrados… si por llorar únicamente entendemos el derramar por las glándulas lacrimales una mezcla de agua, lípidos y mucosidad para limpiar y lubricar los ojos. Si con llorar incluimos la producción de lágrimas como respuesta a un estímulo emocional, acompañadas o no de berridos y otras vocalizaciones y de ciertas posturas corporales (esto último parte importante de una teoría reciente), se supone entonces que nuestra especie tiene la exclusividad de este llanto emocional, aunque Darwin mismo consideraba la posibilidad de que otras especies fuesen capaces de llorar de emoción. En La expresión de las emociones en el hombre y en los animales citaba, por ejemplo, al guardián de los elefantes indios del zoológico de Londres, quien “afirma positivamente que ha visto varias veces lágrimas rodar por el rostro de la vieja hembra, cuando estaba angustiada por la separación de su pequeño”.
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