La presidenta Sheinbaum se ha atrincherado. Varias adversidades, comenzando por la solicitud de extradición a Estados Unidos de Rubén Rocha, el estancamiento de la economía y las amenazas de la CNTE de cara a la Copa del Mundo, la han llevado a refugiarse en la trinchera de su militancia. Antes salía de ahí de cuando en cuando, hacía guiños a la disidencia, le hablaba a la sociedad entera. Ahora no. En lugar de procurar la construcción de un acuerdo que sume a todos para encarar las adversidades —no en la abstracción de una inasible unidad nacional sino en la especificidad de la defensa de la soberanía y el combate a la criminalidad— parece haber decidido encerrarse en un movimiento excluyente.
Es una reacción instintivamente populista. En este espacio he analizado las facetas vocacionales de la Presidenta, tratando de discernir si en su fuero interno pesa más el populismo que la racionalidad convencional. Una vez más le ha ganado su formación obradorista. Imagino las voces de su entorno que la alertan de una embestida de la derecha internacional, de la obligación a cerrar filas y el imperativo de movilizar su base social. No sé si les sea necesario argüir que no se puede contar con la oposición, porque la polarización es una profecía autocumplible y López Obrador contribuyó a degradarla. Lo cierto es que la reforma contra la injerencia extranjera en las elecciones, junto con el bono de permanencia voluntaria que afianza la captura del Tribunal Electoral, representa claramente un atrincheramiento. Los “puros” ponen candados para que los “reaccionarios apátridas” no puedan entrar nunca más al gobierno.
Penalizar injerencias sin deslinde conceptual es apostar por la discrecionalidad obediente del Tribunal guinda. Es blindar a Morena de la derrota en cualquier elección, pero no como freno a la intervención externa —ni hablar del dinero o la violencia del crimen organizado-— sino como subsidio para compensar su debilitamiento interno. He aquí la paradoja: para recuperar los puntos perdidos, Sheinbaum recurre al voto cautivo. No los busca en las franjas intermedias, en los switchers; opta por convencer a los convencidos. Solo existen, según el dictum populista, buenos propios y malos ajenos, y con la otredad no se dialoga.
Desde luego que hay que cuidar que Donald Trump no meta sus narices en la liza electoral mexicana, como lo ha hecho en otros países. Pero el remedio cuatrotero es peor que la enfermedad. Es porfiar en la construcción de un régimen de partido prácticamente único, como en el antiguo régimen, cuando el PRI organizaba, operaba y dirimía las elecciones. Pese a que sus militantes sensatos se percatan del error, como lo ha hecho Alfonso Ramírez Cuéllar, oficialmente la 4T prefiere enfrentar la crisis otorgando indulgencias plenarias a magistrados y lanzando excomuniones a opositores. Le urge azuzar el sentimiento antiyanqui y meter en el saco de traidores a la patria no sólo a la oposición sino también a la crítica. Y claro, para perpetuarse y arrellanarse en el poder dispone tapar cualquier resquicio democrático por donde se pueda colar la alternancia.
Lo que vemos hoy es anticipo. Es el mundo al revés del populismo, que cuando está sitiado prefiere echar fuera a los otros antes que persuadir a todos a salir juntos.