Con la Iglesia has topado, AMLO

Ciudad de México /

A Andrés Manuel López Obrador le gusta mucho pelear y le gusta más ganar. Como opositor tuvo que soportar no pocas derrotas, pero como presidente se las está cobrando. Ya no busca quién se la hizo sino quién se la pague. Y casi siempre, desde que vive en Palacio Nacional, se sale con la suya.

Recientemente se ha topado, sin embargo, con un hueso duro de roer: la Iglesia católica. La gran mayoría de los mexicanos profesa esta fe y, por si fuera poco, AMLO se está peleando con el ala progresista del catolicismo mexicano, un rival ante el cual no le sirve de mucho refugiarse en el papa Francisco, su asidero católico.

Los prolegómenos de la enemistad se dieron con un laico. En su desencuentro con el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, la estratagema de AMLO de descalificar a sus críticos no en función de sus argumentos sino de sus credenciales falló con Javier Sicilia. Católico de izquierda, Javier encabezó a las víctimas de la violencia desde los tiempos de Calderón, y el único privilegio que ha perdido es el de abrazar a su hijo. Se trata de cristiano auténtico cuyo pacifismo —predica la paz sin hacer la guerra a quienes piensan distinto— desinfla la infatuación de superioridad moral obradorista.

Luego vino el enfrentamiento con la jerarquía eclesiástica. A los escarceos con algunos obispos siguió el choque con los jesuitas por el asesinato de dos de los suyos en Cerocahui. Me da la impresión de que AMLO no conocía bien a la Compañía de Jesús —a la que pertenece Francisco, por cierto— y menos a su Provincia mexicana, donde predomina desde hace décadas la opción preferencial por los pobres. Les disparó a sus representantes las descalificaciones que destina a cuantas personas osan cuestionarlo, pero le salió el tiro por la culata, pues lejos de defender el statu quo los jesuitas lo han desafiado. Quizá por eso los comunicados que han emitido sobre el caso Chihuahua han sido demoledores. El más reciente de ellos bien puede ser el epitafio de la 4T: la muerte del “Chueco” a manos de los criminales, sentencia, es “un fracaso del Estado Mexicano frente a sus deberes básicos”.

Pero ahí no terminan los problemas de AMLO con el clero. Monseñor Raúl Vera, también de izquierda, acaba de declarar que el Tren Maya es un “crimen terrible”, un ecocidio provocado por “la ceguera de la ambición”. Responderle con los adjetivos descalificativos de siempre será, como con la Compañía de Jesús, inútil por aberrante.

AMLO está en un callejón sin salida. Ya coqueteó una vez con la idea de llamar en su defensa a los evangélicos —llevando la polarización al ámbito religioso— y reculó, acaso por cálculos numéricos. Pero tampoco se puede esperar que ante don Raúl o el Pato Ávila asuma una humildad autocrítica que no está en su naturaleza. En esa pelea solo conseguirá enojarse, y mucho. Porque la Iglesia, esa parte de la Iglesia, lo punza con la realidad en ristre, y porque al hacerlo lejos del rencor revanchista y cerca de la piedad le restriega en la cara un cristianismo genuino que, por más que él presuma, no puede encarnar.

PD: Decir que Lázaro Cárdenas se equivocó al escoger a un moderado como su sucesor e insinuar que él no cometerá ese error es la manera de AMLO de imaginarse superior al General. La soberbia escala a la megalomanía.


  • Agustín Basave
  • Mexicano regio. Escritor, politólogo. Profesor de la @UDEM. Fanático del futbol (@Rayados) y del box (émulos de JC Chávez). / Escribe todos los lunes su columna El cajón del filoneísmo.
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