La cuestión de la mexicanidad, su génesis identitaria y sus derivaciones normativas, me ha fascinado desde hace medio siglo. Le he dedicado dos libros, México mestizo y Mexicanidad y esquizofrenia, y mi interés no se ha quedado en la reflexión académica. En la Cámara de Diputados (LV Legislatura) debatí a favor de la reforma al artículo 82 constitucional que eliminaba el requisito de ser hijo de mexicanos por nacimiento para ser presidente, y luego (LXIII Legislatura) presenté una iniciativa para que quienes en nuestro país optaran por la naturalización no fueran obligados a renunciar a su nacionalidad original, la cual se aprobó pero quedó congelada en el Senado.
No creo en el nativismo. Quien nace y crece en México de padre y/o madre nacidos en el extranjero no puede ser considerado un ciudadano de segunda; muchos de los héroes de la Independencia y la Reforma fueron criollos —hijos de españoles— y su patriotismo fue proverbial, mientras que Victoriano Huerta fue hijo de mexicanos por nacimiento y su genética indígena no le impidió convertirse en traidor a la patria. Por otro lado, quien se naturaliza no debe ser orillado a renegar de sus orígenes; los seres humanos tenemos identidades múltiples, y en este mundo de porosidades crecientes tener dos pasaportes no es pecado sino expresión lógica de movilidad e interacción global. Por lo demás, es un error desalentar a nuestros paisanos nacidos en Estados Unidos a adquirir la nacionalidad mexicana forzándoles que renuncien a la estadounidense, así sea en el papel.
¿Quién encarna la mexicanidad? Estoy convencido de que el quid del asunto es el “arcano problema de amor” del que hablaba Antonio Caso. Yo lo interpreto así: alguien que no nació aquí y sin embargo se asimila, entroniza a México en su corazón y lo hace su patria es más mexicano que una persona nacida en nuestro territorio que lo desprecia. Lo difícil, claro, es desarrollar un “mexicanómetro”. Va un ejemplo baladí: creyente como soy en que la mexicanidad es cultural y no congénita, yo convocaría a la selección de futbol a los jugadores naturalizados que se forman aquí y quieren a México —como Sinha o Quiñones, v.gr.—, pero no a los que se mexicanizan para jugar un Mundial porque el país donde nacieron no los llama. Bien. ¿Y cómo se discierne eso? Ni hablar del ámbito de las disposiciones electorales: ¿cómo se legisla un detector de patriotismo?
Ahora bien, a mi juicio es razonable exigir exclusividad a quien ocupe la Presidencia de la República. Nada de malo tiene que un ciudadano particular tenga doble nacionalidad, porque el cariño a dos países no le impide cumplir sus deberes cívicos, pero un presidente, por la trascendencia de su responsabilidad, no debe tener más interés nacional que el de México. El problema de la reciente propuesta presidencial en este sentido es que todo indica que se trata de una reforma ad hominem para impedir la candidatura de ciertos personajes non gratos al régimen y, como tal, invoca vicios de origen que afectan la generalidad y la irretroactividad de la ley.
En fin, nunca está demás debatir en torno a la mexicanidad. Es un tema que los mexicanos hemos tenido atragantado durante muchos años, como a nuestra historia toda, y mucho bien nos haría comprenderlo y digerirlo.