Defender indefendibles

Ciudad de México /
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Los políticos viven, en buena medida, de su credibilidad. Conste, no digo sinceridad sino credibilidad. Tienen que procurar que su discurso sea verosímil aunque no sea verdadero. Los hay tan hábiles y carismáticos que, pese a mentir sistemáticamente, logran que el electorado asuma que dicen la verdad y ganan elecciones. Estos son los que más daño hacen. Pero yo siempre he abrigado la ilusión de que, tarde o temprano, los líderes engañadores son descubiertos y desechados por la sociedad. Hay casos venturosos que prueban que el engaño tiene fecha de caducidad, y a ellos me aferro.

Andrés Manuel López Obrador se ganó la confianza de millones de mexicanos por su constancia. Pregonó durante años la misma denuncia contra el orden establecido, gritó en la plaza pública las mismas diatribas contra la mafia del poder, y la podredumbre del sistema era tal que cada vez más gente le daba la razón. Al principio, mientras el régimen priista fue funcional, su arenga le dio una base de seguidores aguerrida pero minoritaria. Después, en los tiempos de la transición, la esperanza que despertó la alternancia redujo la inconformidad social y con ello impidió que su prédica cayera en tierra fértil. Finalmente, la corrupción del sexenio de Peña Nieto hizo que los enojados se volvieran mayoría en México y lo llevaran al poder. Yo he dicho que AMLO no adaptó su estrategia electoral a las circunstancias: las circunstancias se adaptaron a su estrategia electoral.

Una vez en el gobierno, apoyado en el capital de credibilidad que acumuló a lo largo de tres décadas, comenzó a engañar impunemente. A veces decía mentiras flagrantes, ostensibles, y sus prosélitos no le perdían la fe. Presentó impresentables: los absolvió de sus pecados y los reinsertó en la vida pública. A sus colaboradores corrompidos los exculpó con embustes. Su popularidad era tan grande que solo una minoría condenaba sus aberrantes reivindicaciones de funcionarios desprestigiados. Su habilidad y su carisma le permitían decir y hacer lo que le diera la gana sin pagar las consecuencias.

Traigo a colación todo esto porque Claudia Sheinbaum ha comenzado a recurrir a argumentos falaces para exonerar a los personajes más oscuros de la 4T. ¿Le durará la credibilidad los seis años de su gobierno, como a AMLO? ¿Cuántos indefendibles puede defender un(a) presidente(a) sin perder la confianza social? CSP defendió soterradamente a Adán Augusto y a Ojeda, por ejemplo, y ahora defiende abiertamente a Rocha y a Marina del Pilar, enlodados por indicios abundantes y, más aún, desacreditados por hechos inequívocos. Vamos, hasta militantes y simpatizantes del régimen los saben culpables y cuestionan la defensa que la presidenta hace de ellos. Aunque muchos mexicanos le dan crédito a CSP, su tasa de aprobación se ha visto ligera pero consistentemente mermada desde que empezó a gastar su reserva crediticia.

Dejo a otros el análisis costo-beneficio del derroche de capital político de una jefa de Estado en la defensa del fundador de su movimiento. Me limito a vaticinar que el efecto de esa defensoría de oficio será el aumento de la sensación de impunidad entre los representantes del oficialismo y, consecuentemente, de la corrupción oficial. Y algo más: que el teflón de CSP no resistirá tanto como el de AMLO.


  • Agustín Basave
  • Mexicano regio. Escritor, politólogo. Profesor de la @UDEM. Fanático del futbol (@Rayados) y del box (émulos de JC Chávez). / Escribe todos los lunes su columna El cajón del filoneísmo.
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